|
|||||||
|
|
|
|||||
|
|
|||||||
Búsqueda interna en Escritos Críticos
El bombardeo de los símbolos / IV
Hace diez años el programa Gran Hermano comenzaba a acaparar los horarios centrales de la televisión en Argentina y Uruguay. El éxito de la propuesta —como casi siempre, copiada del centro Norte del mundo—, no sólo radicaba en el sueño de ser exitoso por inacción, sino en la creciente cultura del voyeur castrado que poco a poco se ha radicalizado. Desde el confortable turista del primer mundo que se interesa por conocer in situ la miseria ajena hasta programas de televisión de todo tipo donde alguien se muere de hambre en serio, o un aventurero se propone morirse de hambre en broma durante treinta días en una aldea de Tanzania, hasta el muchacho que va buscando las emociones de la guerra mientras registra con su cámara y cuenta en su blog la magnífica experiencia de la muerte ajena.
Desde los antiguos egipcios hasta nuestros días, la moda fue siempre la estrategia de las clases altas para distinguirse de la chusma. Como la chusma siempre ha sido chusma no tanto por su pobreza sino por su ansiedad por parecerse a las clases dominantes, trataba de copiar el estilo de los nobles y ricos hasta que éstos no tenían más remedio que volver a cambiar de estilo. Décadas atrás, se cultivó una especie de voyeurismo de clase: la clase obrera miraba y copiaba los pequeños vicios —ya que no los grandes— de las clases exitosas, de la farándula y la antigua realeza europea. Para reponerse y olvidarse de su agotadora jornada, los productores consumen todo aquello que los consumidores producen.
Pero la frivolidad se ha democratizado y ahora también resulta interesante introducir una cámara en una favela de Río o en los suburbios de Medellín. Para quienes no soportan emociones tan fuertes está el voyeurismo sobre un grupo de jóvenes ociosos de la clase media, como Gran Hermano, o sobre la vida de un hombre pobre que se hizo rico vendiendo discos o tomates, lo que ejemplifica las bondades democráticas del sistema dominante. El sistema capitalista —seguramente no el peor de los sistema que han sido en la historia— no requiere de grandes teóricos; le basta con la simplicidad de un caso exitoso entre un millón de “todavía sin llegar” que cuente su asombrosa historia coronada por la demagógica moraleja de “querer es poder”. Las explicaciones complejas no tienen lugar porque van destinadas a los voyeurs del éxito; a los excitados, no a los exitosos. Nada mejor que el fracaso para ansiar el éxito y confirmar la sabiduría de Niurka Marcos y el Show de Cristina aleccionando a sus espectadores desde Miami: “hay que ser positivos. Yo soy positiva. Es por eso que algunos tenemos todo lo que tenemos y otros no tienen nada”. Factores extra-anímicos —como por ejemplo el hecho de que los inmigrantes cubanos que llegan a América de forma ilegal reciben estatus legal mientras el resto no puede aspirar a otra cosa que mantener su condición de eternos fugitivos— son meros detalles propios de mentes pesimistas.
Como las imágenes no bastan, es necesario que el protagonista de vertiginosas aventuras, como lo es la inacción perpetua de Gran Hermano, exprese cada uno de sus sentimientos y explique quién es. Los otros son siempre una buena excusa para hablar de uno mismo. En los confesionarios cada uno lucha por ser reconocido como auténtico, aunque en ningún otro lugar se finge más que en la confesión mediática. “Pienso que voy a ganar porque siempre he sido yo misma”. “Gané porque en todo momento fui auténtico, luché a muerte por ser yo mismo y mostrarme tal cual soy”.
Recientemente, en el concurso Nuestra Belleza Latina realizado por la cadena Univisión en Miami, las candidatas confirmaron la regla. Hasta el hastío. “Pienso que mi mayor virtud ha sido ser yo misma, nunca cambiar y defender siempre lo más auténtico que llevo dentro”. “Yo voy a ganar la competencia porque siempre he sido yo misma. Ese ha sido mi objetivo siempre y la gente lo reconoce y aprecia”. “Yo me muestro como soy, siempre he mostrado mi yo más auténtico”. “Mi hija ha sido reconocida por ser siempre ella misma. Sólo le pido eso, que siga siendo así de auténtica”, etc.
Al mismo tiempo que cada bella concursante lucha por la originalidad que las destaque del resto, por la lógica del concurso y de la cultura mediática, deben evitar esta rara virtud humana. Basta con verlas caminando o de pié, sonriendo y haciendo equilibrio con la eterna pierna derecha por delante de la izquierda, variación del canon egipcio impuesto por los faraones muertos.
Por “mujer latina” siempre se asume un tipo definido no por la mirada de América Latina sino por la mirada de Estados Unidos, por todo aquello que diferencia a nosotros de ellos. En América latina no hay latinos, ni hispanos más allá de una definición etimológica, casi siempre producto de equívocos históricos. Latino en Perú o Argentina es un falso cognado de latino en Estados Unidos. La diferencia semántica es la misma que existe entre molestar en español y (to) molest, en inglés, que significa “abusar o violar”.
Si las americanas son rubias o son casiamericanas, la Belleza Latina debe excluir a las Marilyn Monroe, aunque en Montevideo o Buenos Aires estas sean un tipo tan común como en Utah o Nebraska. No obstante, esta diferencia no debe ser tan grande como para alejarla del canon de la típica barbie de piel bronceada. Ni las rubias del Cono Sur ni las indias de Mesoamérica y de los Andes. Tanto los rostros indígenas como los afroamericanos se juzgarán más hermosos cuanto menos sean “ellos mismos”, lo que se deduce de la obsesiva necesidad de estirar motas, aclarar rulos y afinar labios y narices.
Salvo raras excepciones, todas las concursantes se parecen como las Marilyn de Andy Warhol o la serie de barbie dolls, lo que lleva a los jurados a otra originalidad:
Animador: No quisiera estar en el lugar del jurado…
Jurado: Así es, eliminar a una fue una decisión muy, muy difícil.
Es lógico. Aparte de que todas cumplen con el canon al que responden nuestros deseos estéticos y sexuales —producto hormonal en complicidad con nuestros prejuicios y fijaciones infantiles—, una se parece a la otra al tiempo que repiten la misma ansiedad de ser “una misma, auténtica”.
Si todos somos producto de copias, herencias y reciclajes, un concurso de belleza es la exacerbación de un canon social específico, en este caso el de la “belleza latina” que excluye el deseo por la belleza de la mujer caucásica, travistiendo una en otra. Nadie puede ganar fuera de estos límites estéticos, no obstante otra vez: “mi mayor mérito es haber sido siempre yo misma, auténtica, sin importar lo que digan o hagan las demás”.
Sin embargo, en un realiy show donde el trabajo es destacarse sin inventar nada nuevo, el mérito se reduce a la difícil tarea de ser uno mismo, sin perder la originalidad y sin dejar de ser una copia o una parodia de los demás. Seguramente la alevosa fantasía de ser “uno mismo” y de morirse por lo que dicen los demás no nació con esta cultura del yo alienado, pero es allí donde se consolidó como paradigma ético.
¿No aceptarán nunca que ese “yo auténtico”, ese “ser yo mismo” no es otra cosa que la sumatoria de copias, de retazos de otros, producto inequívoco de una cultura que fabrica fracturas ideológicas, psicológicas, éticas, estéticas y económicas? ¿O acaso esa forma de caminar con los pies cambiados, con el derecho a la izquierda y el izquierdo a la derecha son invenciones originales de cada uno? ¿Esa forma de reír, de peinarse, de pararse, de hablar, esa forma de blanquearse con frecuencia, de parecerse a Marilyn Monroe o a Ricky Martin, esa forma de cada uno es original de cada uno o meras repeticiones, desesperados travestismos del carácter?
Por otra parte, aún asumiendo que existe una esencia del ego, pura e incontaminada, surgida en el momento del parto o formada en la infancia, ¿por qué esa exaltación ética de “ser uno mismo sin cambiar jamás”? ¿Será que no hay nada para mejorar? ¿No será que hacen falta algunas mejoras a semejante palacio?
Podemos aceptar que una dosis de frivolidad es necesaria en la vida de cualquiera. Pero cuando se convierte en el único pan de cada día, es lícito sospechar.
Jorge
Majfud
Junio
2008,
El
bombardeo de los símbolos (II)
“Es tan fecunda la sagrada Escritura, que sin demasía, ni proligidad, sobre vna cláusula se puede hazer vn libro, no dos capítulos”.
Francisco de Quevedo. Política de Dios, Govierno de Christo (1626).
Parte
II: Política de Dios
Nunca ha sido fácil reconocer que Jesús fue condenado a muerte por razones políticas. Jesús se encarnó con muchas dimensiones humanas, pero según la tradición religiosa nada tuvo que ver con una de las condiciones más humanas que podía vestir el hijo de Dios. Sin embargo, ni Jesús ni la iglesia oficial de Constantino carecieron de esta dimensión, aunque fuesen dos políticas opuestas la mayor parte del tiempo. La Roma de Pilatos no tenía ningún interés religioso en la ejecución y se cuidó de confundir un delito político con un delito moral, al ajusticiar al revoltoso junto con otros reos comunes o al equipararlo con otro subversivo menos peligroso de la época, de nombre Barrabás. Es cierto que, según los pocos Evangelios que se salvaron del emperador Constantino, la clase religiosa judía de la época avaló y promovió esta decisión, pero esto tampoco carecía de motivaciones políticas: aún oprimidos como nación, los administradores de la Ley no querían perder los mezquinos privilegios de clase que garantizaba el Imperio romano, estrategia que repitieron con rigor todos los imperios de la historia.
Las clases nobles siempre fueron internacionales: entre ellas hicieron la guerra y el amor, sin importar la cultura, la religión ni el idioma. Pero siempre se cuidaron de no mezclarse con sus propios pueblos, que les proveían de alimentos y carne de cañón para la guerra, inevitablemente sazonada con el conmovedor sentimiento de la propaganda patriótica cuando no del sacrificio religioso. Excepto en los cuentos de hadas donde encontramos algunas excepciones, como valerosos campesinos que llegan a ganarse a la princesa en una contienda entre machos. Pero en ningún caso se trata de contestatarios sino precisamente en restauradores de los privilegios del rey o de la aristocracia.
Ahora, si consideramos que el cristianismo moderno se funda en el año 325, con la eliminación arbitraria de decenas de evangelios tachados de apócrifos, no es raro pensar que todos aquellos textos que mencionaban la rebelión de Jesús y otros grupos subversivos contra Roma hayan sido pudorosamente silenciados. De la misma forma, de la responsabilidad del imperio romano por el magnicidio se pasó a la culpa del pueblo judío hasta el éxito político, económico y militar de Israel en el siglo XX, donde el mismo asumido se convirtió en un tabú políticamente incorrecto. (El antisemitismo, que era una virtud ética en la Europa del Renacimiento, siempre estuvo en contra de los principios del humanismo profesado por católicos y ateos —como el principio de igualdad y el derecho a la diferencia— pero no pasó decisivamente a la clandestinidad sino hasta el fin de la Segunda Guerra.) Al fin y al cabo la Iglesia que decidió de forma mística la validez de sólo cuatro Evangelios fue la misma que había recibido la legitimación y oficialización del poder doce años antes, por parte del emperador. Constantino no sólo puso su nombre a la capital del mundo, antes Bizancio, sino que puso también su firma en la nueva religión oficial del imperio, de la cual entendía poco o nada pero fue capaz de decidir la teología final de la Iglesia según sus intereses políticos de unificación. El Imperio ya no perseguía ni tiraba cristianos a los leones y había que olvidar y culpar a algún otro. Sobre todo olvidar el factor político del Hijo de Dios que, paradójicamente, no fue ajeno a nada humano.
La tradición teológica y el discurso eclesiástico nunca vieron el factor político detrás de sus acciones, detrás de su propia historia. Pero esta dimensión se puede ver desde muchos puntos de vista en la revolución provocada por el Mesías, incluso desde la misma teología. La superación del nacionalismo anterior del Padre no deja de ser un ejemplo. Pero la ceguera política fue por muchos tiempos una contagiosa de visión de clase. Cuando el pensamiento europeo, especialmente desde el marxismo, advirtió esta dimensión ideológica del discurso hegemónico y de la dinámica de la historia, el sermón tradicional atribuyó la capacidad de ser político e ideológico a todo lo que fuese pensado y producido fuera de los espesos muros de las iglesias. Se pretendió que la política incompatible con la religión o, al menos, se podía expurgarla de un claustro, de un convento o de una ermita mientras el clero se ocupaba de ella.
El sermón religioso tradicional continúa siendo incapaz de ver esta realidad más allá del individuo, razón por la cual cualquier referencia a la historia, a la sociedad como algo más que un conjunto de almas aisladas hace sonar todas las alarmas dialécticas. Para éstos, una sociedad es el cúmulo de individuos, una especie de Sociedad Anónima, por momentos autista. La salvación es un problema individual, al extremo que un hombre o una mujer puede alcanzar el Paraíso y ser feliz aunque su amada de toda la vida haya sido derivada al infierno por atea o por discrepar con el canon religioso.
Por otra parte, entiendo que hoy en día es la Iglesia Católica una de las iglesias que más ha cambiado desde el Vaticano II de 1962. No gracias al Vaticano sino a pesar de él. A pesar de la reacción conservadora de Juan Pablo II y del persistente rechazo teológico del entonces cardenal Joseph Ratzinger en los años ’80, la iglesia o las iglesias católicas cada día se identifican más con los valores de los teólogos de la liberación. La historia se repite: los cambios surgen de los derrotados, desde la clandestinidad, desde los márgenes del poder político. Aunque con un lenguaje siempre conservador, sus valores, sobre todo en América Latina, continúan alejándose progresivamente de aquella práctica tradicional que consistía en legitimar y apoyar las clases oligárquicas cuando no explícitamente bendecían las dictaduras militares, nacidas de los propios intereses agrícolaganaderos de las clases dominantes. El olor a antigüedad que se respira en las pequeñas iglesias católicas poco a poco pasa de representar la opresión a las minorías para convertirse en refugio político-espiritual de esas minorías. La razón estriba en que la intolerancia político-religiosa se ha asentado en las sectas protestantes que rodean los centros del poder mundial, hoy en declive pero aún con la fuerza suficiente para dictar por la fuerza de sus músculos la “moral correcta” y la política de los héroes tipo Rambo. El narcótico salvador de los televangelistas ha tomado definitivamente el rol político que alguna vez tuvieron los sermones católicos de la Edad Media y hasta bien avanzado el siglo XX, cuando se confundía el mártir celestial con el soldado que caía defendiendo al imperio al tiempo que se acusaba de político o de marxista a quien se atrevía a cuestionar esta relación incestuosa.
Jorge
Majfud
Mayo
2008.
[French]
Le
bombardement des symboles
Par
Jorge Majfud
Traduit
de l’espagnol par Estelle et Carlos Debiasi
I :
L'échec du marxisme
Récemment
un groupe de chercheurs espagnols est arrivé à la conclusion que l'extinction
des hommes de Neandertal, il y a plus de vingt mille ans - ces gnomes et nains
à long nez qui pullulent dans les contes traditionnels de l'Europe - a découlé
d'une infériorité fondamentale par rapport aux hommes de Cromagnon. Selon José
Carrión de l'Université de Murcia nos prédécesseurs homo sapiens possédaient
une plus grande capacité symbolique, tandis que les Neandertals étaient plus réalistes
et par conséquent inférieurs comme société. Personne ne croit aujourd'hui
aux mythes de nos grands-parents, cependant leur utilité est semblable à celle
du géocentrisme ptoléméen qui à son époque a servi à prédire des éclipses.
Selon
une vision primitive darwinienne - propre aux néo conservateurs antidarwiniens -,
le monde continue d'être une concurrence entre Neandertals et Cromagnons. Seul
sert de gagner, parce que "nos valeurs" sont supérieures, puisque ce
sont "des valeurs de Dieu". Nous autres nous pensons le contraire :
ce type de dynamique pourrait ne pas mener au succès des cromagnons mais à
l'extinction des deux rivaux sous la logique arbitraire de Superman, selon
laquelle "les bons ce sont nous et c'est pourquoi nous devons anéantir les
méchants". Il y a une différence avec notre époque : nous ne sommes
pas totalement dans cette préhistoire et, si nous souscrivons a minima à un
progrès possible de l'histoire selon les valeurs de l'humanisme, nous pouvons
interpréter que ces lois darwiniennes ne s'appliquent pas brutalement à l'espèce
humaine ou à la culture de coopération et de solidarité mais fait partie de
la même sélection naturelle qui a dépassé l'époque des cavernes.
Cependant
quelques principes de cette époque restent encore valables. Par exemple, la
force que confère une croyance solide, qu'importe sa véracité. Ainsi se sont
levés tous les empires comme l'empire Romain, arabe et les empires Européens
et américains qui en ont découlés. Plusieurs d'entre eux devaient théologiquement
se tromper, mais tous ont eu du succès grâce à un type de fanatisme
messianique. Aussi ont-ils coulé.
Si
les mythes ancien totémiques ont favorisé quelques tribus par rapport aux
autres, les mythes modernes sociaux discriminent d'une forme plus complexe en
favorisant des classes sociales, des groupes ou des sectes financières, des intérêts
nationaux et parfois raciaux, etc.
Voyons
un exemple contemporain. Il n'y a pas longtemps quelqu'un signalait avec une
assurance inébranlable l'échec du marxisme dans le monde.
—Pourquoi
pensez-vous que le marxisme a échoué ? Ai-je demandé.
—Il
suffit de voir ce qui est arrivé en Union soviétique et dans les pays
socialistes et avec des terroristes comme Che Guevara.
Ce
monsieur n'avait jamais lu un seul texte de Marx ou de ses disciples, mais il
avait beaucoup regardé la télévision et, surtout, il avait reçu quelques
cours sur "la lutte antisubversive", de même qu'il était affublé
d'une douzaine de lieux communs assaisonnés avec l'éloquence de la répétition.
—En
réalité, sortir un pays analphabète de la périphérie et le transformer en
quelques décennies en puissance mondiale n'est pas un grand échec - ai-je
commenté par esprit de contradiction, malgré mon mépris profond pour l'époque
de Staline et ses conséquences.
—Par
exemple, la lutte de classes est un acte criminel.
—Tout
à fait d'un accord. Surtout parce qu'elle existe. Bien que maintenant il ne
s'agisse pas des princesses de sang bleu et de paysans criminels avec un visage
de crapaud.
Bien
sûr, voir l'Union Soviétique comme le marxisme mis en pratique est un abus
dans tous les sens. Si Marx avait vécu à l'époque et sur cette terre, il
aurait aussi été un exilé en Angleterre. Non parce que l'Angleterre était un
empire bon mais parce que c'était un empire arrogant, comme tout empire, qui ne
s'est senti jamais menacé par les intellectuels. Ce qui était un avantage
considérable pour quelqu'un qui devait écrire une analyse historique comme Le
Capital pour être lu et discuté durant les siècles à venir, même après
l'Union Soviétique et l'Empire Britannique aient disparu.
Mais
encore si nous assumions que le marxisme a échoué comme organisation politique
cela ne veut pas dire que le marxisme ait échoué comme courant de pensée et
d'action sociale. Paradoxalement, là où il est plus le vivant aujourd'hui
c'est dans les universités étasuniens, où, d'une forme ou dune autre, il
utilise comme l'un des instruments d'analyse les plus récurrents de la réalité.
De cette réalité que les réalistes neandertals ne veulent pas voir. Et voilà
que l'on ne peut pas dire que ces centres vivent dans les nuages parce que, ils
sont mesurés selon les valeurs traditionnelles des "pragmatiques hommes
d'affaires", ce sont ces universités à travers leurs différentes
sections les centres économiques qui directement ou non laissent aux pays des
revenus astronomiques, sans compter chacune des inventions, systèmes et
instruments contemporains qui s'utilisent dans les coins les plus lointains de
la planète, pour le bien et le mal.
En
laissant d'un côté ce détail, il suffirait de se situer au XVIIIe siècle ou
au XIXe pour se rendre compte que ce qu'ils nomment "le marxisme" n'a
pas échoué mais tout le contraire. (Il est clair que le marxisme a inspiré
des barbaries. Mais les barbares et les génocides s'inspirent de toute chose.
Si non, demandez à n'importe quelle religion si dans son histoire elle n'a pas
des tonnes de poursuivis, torturés et massacrés au nom du Dieu et la Morale).
Sans l'héritage du marxisme, la pensée actuelle, l'antimarxiste, se trouverait
nue et perdue dans le monde du XXIe siècle. Et pas seulement la pensée. Une
bonne partie des réussites et de la reconnaissance des égalités des oppressés
- de l'humanité oppressée - a été accélérée par ce courant radical,
depuis les luttes sociales réussies au XIXe siècle pour les droits des
ouvriers, pour le combat de l'esclavage en Amérique et celui des paysans dans
les fabriques vénéneuses de la Révolution Industrielle en Europe, pour les
droits égalitaires de la femme jusqu'à la rébellion des peuples colonisés au
XXe siècle. Toutes les réformes et revendications qui ont été menées avec
un succès relatif et toujours précaire au XXIe siècle jusqu'à oublier qu'à
un moment elles ont été combattues comme émanant du Démon ou de subversifs
ressentis, souvent condamnées comme cette "voix du peuple" faisant
partie du sermon au service de l'intérêt d'une minorité au pouvoir.
Quelques
intellectuels de droite ont publié que tous ces progrès humanistes ont été
obtenus grâce au "bon cœur" d'hommes et de femmes de foi religieuse.
Cependant, leurs églises et institutions non seulement ont historiquement été
là, condamnant ces luttes de libération comme "une corruption immorale du
progrès", justifiant des répressions et des massacres pendant les temps
de barbarie mais de plus leurs sphères d'action avaient presque toujours leurs
centres dans le pouvoir même, non pour le critiquer mais pour le légitimer. Ce
qui n'est pas une condition naturelle d'aucune église en particulier, mais l'un
de ces fléaux que les humains transmettent dans toute autre sphère sociale,
comme le révèlent, le peu d'Évangiles qui nous sont restés.
D'un
autre côté, le rejet épidermique de la tradition de la pensée marxiste ne découle
pas non plus uniquement de l'apparent athéisme, puisque les Théologiens de la
libération ont démontré que l'on peut croire au Dieu, être chrétien et en même
temps souscrire avec cohérence à une pensée marxiste ou, au moins, une pensée
progressiste de l'histoire. En fait nous pouvons comprendre le christianisme
primitif comme l'humanisme radical, opposé aux structures hiérarchiques et
politiques du christianisme postérieur, surgi sous la bénédiction et à la
mesure politique de l'empereur Constantino.
Jusqu'à
maintenant, le christianisme né d'un condamné subversif mort, portait trois siècles
d'échecs et de poursuite de la part de l'Empire. Mais aussi trois de ses
meilleurs siècles, avant le succès spectaculaire politique de l'année 313.
II:
Politique de Dieu
"Es
tan fecunda la sagrada Escritura,
que sin demasía, ni proligidad, sobre vna cláusula se puede hazer vn libro, no
dos capítulos".
Francisco
de Quevedo.
Política de Dios, Govierno de Christo (1626).
Cela
n'a jamais été facile de reconnaître que Jesus a été condamné à mort pour
des raisons politiques. Jésus s'est incarné avec beaucoup de dimensions
humaines, mais selon la tradition religieuse rien à voir avec l'une des
conditions les plus humaines qui pouvait habiller le fils de Dieu. Cependant, ni
Jésus ni l'église officielle de Constantin ont manqué de cette dimension,
bien que ce fut deux politiques opposées la plupart de temps. La Rome de
Pilates n'avait pas d'intérêt religieux dans l'exécution et s'est occupé de
confondre un délit politique avec un délit moral, après avoir exécuté le
turbulent avec d'autres inculpés ? détenus communs ou après l'avoir
comparé avec l'autre subversif moins dangereux de l'époque, du nom de Barrabás.
Il est certain que, selon les peu d'Évangiles qui ont échappé à l'empereur
Constantin, l' ordre religieux juif de l'époque a avalisé et a provoqué cette
décision, mais elle ne manquait pas non plus de motivations politiques :
encore oppressés comme nation, les administrateurs de la Loi ne voulaient pas
perdre les privilèges mesquins de classe que garantissait l'Empire romain,
stratégie que tous les empires de l'histoire ont répétée avec rigueur.
Les
classes nobles ont toujours été internationales : entre elles, elles ont
fait la guerre et l'amour, sans importer la culture, la religion ni la langue.
Mais elles ont toujours fait attention à ne pas se mélanger avec leur propre
peuple, qui leur fournissait des aliments et de la chair à canon pour la
guerre, inévitablement assaisonnée du sentiment émouvant de la propagande
patriotique quand ce n'était pas du sacrifice religieux. Excepté dans les
contes de fées où nous trouvons quelques exceptions, comme les paysans
valeureux qui arrivent à séduire leur princesse dans un conflit entre mâles.
Mais dans aucun cas il s'agit de contestataires mais précisément de
restaurateurs des privilèges du roi ou de l'aristocratie.
Maintenant,
si nous considérons que le christianisme moderne se fonde en l'année 325, avec
l'élimination arbitraire de dizaines d'Évangiles barrés d'apocryphes, il
n'est pas incongru de penser que tous ces textes qui mentionnaient la rébellion
de Jésus et d'autres groupes subversifs contre Rome ont été pudiquement passés
sous silence. De même, la responsabilité de l'empire romain sur le magnicide
est passé de la faute du peuple juif jusqu'au succès politique, économique et
militaire d'Israël au XXe siècle, où le même concept assumé est devenu un
tabou politiquement incorrect. (L'antisémitisme, qui était une vertu éthique
dans l'Europe de la Renaissance, a toujours été contre les principes de
l'humanisme professés par les catholiques et les athées - comme le principe d'égalité
et le droit à la différence - mais n'est pas passé d'une manière décisive
à la clandestinité si ce n'est à la fin de la Deuxième Guerre.) Finalement
cette Église qui a décidé d'une forme mystique la validité de seuls quatre
Évangiles ce fut la même qui avait été légitimée et officialisée douze
ans avant par le pouvoir de l'empereur. Constantin n'a pas seulement mis son nom
sur la capitale du monde, précédemment Byzance, mais a aussi mis sa signature
sur la nouvelle religion officielle de l'empire, à laquelle il ne comprenait
peu ou pas grand chose, mais il a été capable de choisir la théologie finale
de l'Église comme ses intérêts politiques d'unification. L'Empire ne
poursuivait déjà plus, ni jetait les chrétiens aux lions et il fallait
oublier et accuser quelqu'un d'autre. Surtout oublier le facteur politique du
Fils de Dieu qui, paradoxalement, ne fut étranger à rien d'humain.
La
tradition théologique et le discours ecclésiastique n'ont jamais vu le facteur
politique derrière leurs actions, derrière leur propre histoire. Mais cette
dimension peut être perçue à travers de nombreux points de vue dans la révolution
provoquée par le Messie, y compris depuis la théologie même. Le dépassement
du précédent nationalisme du Père ne cesse d'être un exemple. Mais la cécité
politique fut de tous les temps une vision de classe contagieuse. Quand la pensée
européenne, spécialement depuis le marxisme, a remarqué cette dimension idéologique
du discours hégémonique et de la dynamique de l'histoire, le sermon
traditionnel a attribué la capacité d'être politique et idéologique à tout
ce qui était pensé et produit en dehors des murs épais des églises. On a prétendu
que la politique était incompatible avec la religion ou, tout au moins, qu'on
pouvait l'expurger d'un cloître, d'un couvent ou d'un ermitage bien que le
clergé s'occupait d'elle.
Le
sermon religieux traditionnel continue d'être incapable de voir cette réalité
au-delà de l'individu, raison pour laquelle toute référence à l'histoire, à
la société comme quelque chose de plus que l'ensemble d'âmes isolées déclanche
toutes les alarmes dialectiques. Pour ceux-ci, une société est un tas
d'individus, une espèce de Société Anonyme, par moment autist. Le salut est
un problème individuel, à tel point qu'un homme ou une femme peut atteindre le
Paradis et être heureux bien que sa bienaimée de toute la vie ait été envoyée
à l'enfer pour être athée ou diverger avec les canons de la religion.
D'autre
part, je comprends qu'aujourd'hui c'est l'Église Catholique l'une des églises
qui a le plus changé depuis le Vatican II de 1962. Non grâce au Vatican mais
malgré lui. Malgré la réaction conservatrice de Jean Paul II et le rejet théologique
persistant du cardinal de l'époque Joseph Ratzinger dans les années 80, l'église
ou les églises catholiques chaque jour se sont de plus en plus identifiées aux
valeurs des théologiens de la libération. L'histoire se répète : les
changements surgissent des vaincus, depuis la clandestinité, depuis les marges
du pouvoir politique. Bien qu'avec un langage toujours conservateur, leurs
valeurs, surtout en Amérique Latine, continuent de s'éloigner progressivement
de cette pratique traditionnelle qui consistait à légitimer et à appuyer les
classes oligarchiques quand elles ne bénissaient pas explicitement les
dictatures militaires, nées des propres intérêts agricoles des classes
dominantes. Le parfum de l'antiquité qu'on respire dans les petites églises
catholiques peu à peu passe d'une représentation de l'oppression aux minorités
à un refuge politique - spirituel de ces minorités. La raison repose sur le
fait que l'intolérance politique- religieuse s'est déposée dans les sectes
protestantes qui entourent les centres du pouvoir mondial, aujourd'hui en déclin
mais encore avec une force suffisante pour dicter par la force de ses muscles la
"morale correcte" et la politique des héros type Rambo. Le narcotique
salvateur des télé-évangelistes a certainement pris le rôle politique
des sermons catholiques du Moyen Âge et jusqu'à une période bien avancée du
XXe siècle, quand on confondait le martyr céleste avec le soldat qui tombait
en défendant l'empire au moment où on accusait de politique ou de marxiste
celui qui osait controverser cette relation incestueuse.
Jorge
Majfud,
[Portuguese]
O
bombardeio dos símbolos
por Jorge
Majfud
Traduzido por Omar
L. de Barros Filho
O fracasso do marxismo (I)
Recentemente,
um grupo de pesquisadores espanhóis concluiu que a extinção dos neandertais há
mais de vinte mil anos – estes gnomos e anõezinhos narigudos que pululam nos
contos tradicionais da Europa – deveu-se a uma inferioridade fundamental em
relação aos cromagnons. Segundo José Carrión, da Universidade de Murcia,
nossos antepassados homo sapiens possuíam uma maior capacidade simbólica,
enquanto que os neandertais eram mais realistas e, portanto, inferiores como
sociedade. Hoje ninguém acreditaria nos mitos daqueles nossos avós, não
obstante sua utilidade se pareça com a do geocentrismo ptolomaico que, em sua
época, serviu para predizer eclipses.
De
acordo com uma primitiva visão darwiniana – própria dos neoconservadores
antidarwinianos –, o mundo segue sendo uma competição entre neandertais e
cromagnons. Somente ganhar vale, porque “nossos valores” são superiores, já
que são “os valores de Deus”. Outros pensam o contrário: este tipo de dinâmica
não poderia levar ao êxito dos cromagnons, mas, sim, à extinção de ambos
contendores, sob a lógica arbitrária de Superman, segundo a qual “os bons
somos nós e por isso devemos aniquilar os maus”.
Há
uma diferença com nossos tempos: não estamos totalmente naquela pré-história
e, se subscrevemos minimamente um possível progresso da história, segundo os
valores do humanismo, podemos interpretar que estas leis darwinianas não se
aplicam a frio na espécie humana ou a cultura de cooperação e solidariedade
é parte da própria seleção natural que superou o estado cavernícola.
Entretanto,
ainda restam em pé alguns princípios daquela época. Por exemplo, a fortaleza
que confere uma crença sólida, sem importar sua veracidade. Assim foram
erguidos todos os impérios como o romano, o islâmico e os que vieram a seguir,
europeus e americanos. Entre eles algum teria que estar teologicamente
equivocado, mas todos tiveram sucesso graças a algum tipo de fanatismo messiânico.
Também assim afundaram.
Se
os antigos mitos totêmicos favoreceram algumas tribos sobre as outras, os
modernos mitos sociais discriminam de forma mais complexa, favorecendo classes
sociais, grupos ou seitas financeiras, interesses nacionais e, às vezes,
raciais etc.
Vejamos
um exemplo contemporâneo. Não faz muito tempo alguém me apontava com inabalável
obviedade a derrota do marxismo no mundo.
–
Por que pensa você que o marxismo fracassou? – perguntei.
–
Basta ver o que ocorreu na União Soviética e nos países socialistas e com
terroristas como Che Guevara.
Este
senhor nunca havia lido um só texto de Marx ou de seus seguidores, mas havia
visto muita televisão e, sobretudo, recebera alguns cursos sobre “luta anti-subversiva”,
estando, portanto, municiado com uma dezena de lugares comuns temperados com a
eloqüência da repetição.
–
Na realidade, arrancar um país analfabeto da periferia e convertê-lo por várias
décadas em potência mundial não parece um grande fracasso – comentei por
pura birra, apesar de meu profundo desprezo pelos tempos de Stalin e seus conseqüentes.
–
A luta de classes, por exemplo, é um ato criminoso.
–
Completamente de acordo. Sobretudo porque existe. Ainda que agora não se trate
de princesas de sangue azul e camponeses criminosos com cara de sapo.
Claro
que ver a União Soviética como o marxismo posto em prática é uma
arbitrariedade com próprios e alheios. Se Marx, então, houvesse vivido lá
naquela terra, igualmente teria sido exilado na Inglaterra. Não porque a
Inglaterra fosse um império bondoso, senão porque era um império arrogante,
como todo império, que nunca se sentiu ameaçado pelos intelectuais. O que era
uma considerável vantagem para alguém que devia escrever uma análise histórica
como O Capital para ser lido e discutido pelos séculos vindouros, ainda quando
a União Soviética ou o Império Britânico houvessem desaparecido.
Mas
ainda se assumíssemos que o marxismo fracassou como organização política,
isso não quer dizer que o marxismo tenha falido como corrente de pensamento e
de ação social. Puro paradoxo, é nas universidades norte-americanas onde o
marxismo está mais vivo e, de uma forma ou de outra é usado como um dos mais
recorrentes instrumentos de análise da realidade. Esta realidade que os
realistas neandertais não querem ver. E não se pode dizer que esses centros
vivem nas nuvens porque, mesmo medido de acordo com os valores tradicionais dos
“pragmáticos homens de negócios”, são essas universidades, através de
seus diferentes títulos, os centros econômicos que direta e indiretamente
legam ao país astronômicos ganhos econômicos, sem contar cada um dos inventos,
sistemas e instrumentos contemporâneos que são utilizados nos lugares mais
remotos do planeta, para o bem e para o mal.
Deixando
de lado este detalhe, bastaria situar-se no século XVIII ou no XIX para
perceber que isso que chamam “marxismo” não fracassou, muito pelo contrário.
(Claro que o marxismo inspirou barbaridades. Mas os bárbaros e genocidas buscam
inspiração em qualquer coisa. Senão, perguntem a qualquer religião se em sua
história não há toneladas de perseguidos, torturados e massacrados em nome de
Deus e da Moral.)
Sem
a herança do marxismo, o pensamento atual, inclusive o antimarxista, estaria nu
e perdido no mundo do século XXI. E não só o pensamento. Uma boa parte dos
sucessos e do reconhecimento das igualdades dos oprimidos – da humanidade
oprimida – foram acelerados por esta corrente radical, desde as exitosas lutas
sociais no século XIX pelos direitos dos trabalhadores, pelo combate à
escravidão na América e a dos camponeses nas venenosas fábricas da Revolução
Industrial na Europa, pelos direitos igualitários da mulher até a rebelião
dos povos colonizados no século XX. Todas as revisões e reivindicações foram
continuadas com relativo alcance e sempre precário no século XXI, até ser
esquecido que, em seu momento, foram combatidas como próprias do Demônio ou de
subversivos ressentidos, não poucas vezes condenados por essa “voz do povo”
criada pelo sermão na medida do interesse de uma minoria no poder.
Alguns
intelectuais de direita divulgaram que todos esses progressos humanistas foram
alcançados graças ao “bom coração” dos homens e mulheres de fé
religiosa. Não obstante, suas igrejas e instituições não só estiveram
historicamente ali, condenando essas lutas de libertação como “corrupções
imorais do progresso”, justificando repressões e matanças durante os tempos
de barbárie, já que suas esferas de ação quase sempre tinham seus centros no
próprio poder, não para criticá-lo e, sim, para legitimá-lo. O qual não é
uma condição natural de nenhuma igreja em particular, mas uma destas pragas
que os humanos transmitem em qualquer outra esfera social, tal como o revelam os
poucos Evangelhos que nos restaram.
Por
outro lado, o rechaço epidérmico à tradição do pensamento marxista tampouco
se deve unicamente a um aparente ateísmo, já que os Teólogos da Libertação
demonstraram que se pode crer em Deus, ser cristão e ao mesmo tempo subscrever
com coerência um pensamento marxista ou, ao menos, progressista da história.
De fato, podemos entender o cristianismo primitivo como um humanismo radical,
oposto às estruturas hierárquicas e políticas do cristianismo posterior,
surgido sob a bênção e a medida política do imperador Constantino.
Até
este momento, o cristianismo nascido de um subversivo condenado à morte, trazia
três séculos de derrotas e perseguição por parte do Império. Mas também três
de seus melhores séculos, antes do espetacular êxito político do ano 313.
Política de Deus (II)
“É tão fecunda a sagrada Escritura, que, sem demasia, nem prolixidade,
sobre uma cláusula se pode fazer um livro, não dois capítulos”.
Francisco de Quevedo. Política de
Dios, Govierno de Christo (1626).
Nunca
foi fácil reconhecer que Jesus foi condenado à morte por razões políticas.
Jesus encarnou muitas dimensões humanas mas, segundo a tradição religiosa,
nada teve a ver com uma das condições mais humanas que podia vestir o filho de
Deus. Entretanto, nem Jesus nem a igreja oficial de Constantino careceram dessa
dimensão, embora fossem duas políticas opostas na maior parte do tempo. A Roma
de Pilatos não tinha nenhum interesse religioso na execução, e cuidou de
confundir um delito político com um delito moral, ao justiçar o revoltoso
junto com outros réus comuns, ou ao equipará-lo com outro subversivo menos
perigoso da época, de nome Barrabás.
É
certo que, segundo os poucos Evangelhos que se salvaram do imperador Constantino,
a classe religiosa judia da época avalizou e promoveu essa decisão, mas isto
tampouco carecia de motivações políticas: ainda oprimidos como nação, os
administradores da Lei não queriam perder os mesquinhos privilégios de classe
que o Império romano garantia, estratégia que todos os impérios da história
repetiram com rigor.
As
classes nobres sempre foram internacionais: entre elas fizeram a guerra e o amor,
sem importar a cultura, a religião nem o idioma. Mas sempre se precaveram de não
se misturar com seus próprios povos, que lhes proviam de alimentos e carne de
canhão para a guerra, inevitavelmente temperada com o comovedor sentimento da
propaganda patriótica, quando não do sacrifício religioso. Exceto nos contos
de fadas, onde encontramos algumas exceções, como os valorosos camponeses que
chegam a ganhar a princesa em uma contenda entre machos. Mas, em nenhum caso,
trata-se de contestadores senão, precisamente, de restauradores dos privilégios
do rei ou da aristocracia.
Agora,
se consideramos que o cristianismo moderno é fundado no ano 325, com a eliminação
arbitrária de dezenas de evangelhos tachados de apócrifos, não é raro pensar
que todos aqueles textos que mencionavam a rebelião de Jesus e outros grupos
subversivos contra Roma hajam sido pudicamente silenciados. Da mesma forma, da
responsabilidade do império romano pelo magnicídio, passou-se à culpa do povo
judeu até o êxito político, econômico e militar de Israel, no século XX,
onde o próprio, assumido, converteu-se em um tabu politicamente incorreto. (O
anti-semitismo, que era uma virtude ética na Europa do Renascimento, sempre
esteve contra os princípios do humanismo professado por católicos e ateus –
como o princípio da igualdade e o direito à diferença – mas não passou
decisivamente à clandestinidade, a não ser até o fim da Segunda Guerra.)
No
final, a Igreja, que decidiu de forma mística a validade de só quatro
Evangelhos, foi a mesma que havia recebido a legitimação e oficialização do
poder 12 anos antes, de parte do imperador. Constantino não só colocou seu
nome na capital do mundo, antes Bizâncio, mas apôs também sua assinatura na
nova religião oficial do império, da qual entendia pouco ou nada, embora fosse
capaz de decidir a teologia final da Igreja conforme seus interesses políticos
de unificação. O Império já não perseguia nem jogava cristãos aos leões,
e havia que esquecer e culpar algum outro. Sobretudo, esquecer o fator político
do Filho de Deus que, paradoxalmente, não foi alheio a nada humano.
A
tradição teológica e o discurso eclesiástico nunca viram o fator político
atrás de suas ações, atrás de sua própria história. Mas esta dimensão
pode ser observada de muitos pontos de vista na revolução provocada pelo
Messias, inclusive desde a própria teologia. A superação do nacionalismo
anterior do Pai não deixa de ser um exemplo. Porém, a cegueira política
representou por muito tempo uma contagiosa visão de classe.
Quando
o pensamento europeu, especialmente desde o marxismo, assinalou esta dimensão
ideológica do discurso hegemônico e da dinâmica da história, o sermão
tradicional atribuiu a capacidade de ser político e ideológico a tudo o que
fosse pensado e produzido fora dos espessos muros das igrejas. Pretendeu-se que
a política fosse incompatível com a religião ou, ao menos, que era possível
expurgá-la de um claustro, de um convento ou de uma ermida enquanto o clero se
ocupava dela.
O
sermão religioso tradicional continua sendo incapaz de ver esta realidade mais
além do indivíduo, razão pela qual qualquer referência à história, à
sociedade como algo mais que um conjunto de almas isoladas, faz soar todos os
alarmas dialéticos. Para estes, uma sociedade é o acúmulo de indivíduos, uma
espécie de Sociedade Anônima, autista, por momentos. A salvação é um
problema individual, ao extremo que um homem ou uma mulher possa alcançar o
Paraíso e ser feliz ainda que sua amada de toda a vida haja sido lançada ao
inferno por atéia ou por discrepar do cânon religioso.
Por
outro lado, entendo que, hoje em dia, é a Igreja Católica uma das igrejas que
mais mudou, desde o Vaticano II de 1962. Não graças ao Vaticano, senão apesar
dele. Apesar da reação conservadora de João Paulo II e do persistente rechaço
teológico do então cardeal Joseph Ratzinger, nos anos 80, à igreja ou às
igrejas católicas que a cada dia se identificam mais com os valores dos teólogos
da libertação.
A
história se repete: as mudanças surgem dos derrotados, desde a clandestinidade,
das margens do poder político. Embora com uma linguagem sempre conservadora,
seus valores, sobretudo na América Latina, continuam distanciando-se
progressivamente daquela prática tradicional que consistia em legitimar e
apoiar as classes oligárquicas, quando não explicitamente abençoavam as
ditaduras militares, nascidas dos próprios interesses agropecuários das
classes dominantes.
O
odor da antigüidade que se respira nas pequenas igrejas católicas pouco a
pouco deixa de representar a opressão às minorias para converter-se em refúgio
político-espiritual dessas minorias. A razão apóia que a intolerância político-religiosa
tenha se assentado nas seitas protestantes, que rodeiam os centros do poder
mundial, hoje em declive, mas ainda com vigor suficiente para ditar, pela força
de seus músculos, a “moral correta” e a política dos heróis do tipo
Rambo. O narcótico salvador dos televangelistas assumiu definitivamente o papel
político que, certa vez, tiveram os sermões católicos da Idade Média, e até
bem depois no século XX, quando se confundia o mártir celestial com o soldado
que caía defendendo o império, ao mesmo tempo em que se acusava de político
ou de marxista a quem se atrevesse a questionar essa relação incestuosa.
Superman, a Mulher Maravilha e as campanhas eleitorais (III)
Não
é casualidade que a forma tradicional de ver e construir a realidade através
de agrupamento de indivíduos, de bons contra maus, própria do telesermão
religioso e dos comics de super-heróis, seja idêntica à promovida pelos
tradicionais meios massivos de difusão. Uma câmera de televisão não pode
abarcar lógicas abstratas, nem realidades além de indivíduos ou pequenos
grupos. Não pode, não interessa e, freqüentemente, não convém.
Embora
mil imagens nunca poderão substituir uma só palavra, no discurso social, como
na iconoclasta Idade Média, uma só imagem segue valendo por mil palavras.
Ainda que o poder siga educando e formando, na tradicional cultura letrada, as
sociedades que ainda não deixaram seu histórico papel de massa produtora são
educadas, principalmente, na cultura da imagem, do fragmento. As grandes
revistas como Times costumam colocar rostos individuais em suas capas, não idéias.
Também as grandes redes de televisão e as principais páginas dos jornais diários
mais lidos acentuam essa característica de uma forma inequívoca, sobretudo
quando algum miserável escândalo sexual serve de alimento semanal para a
valorização própria e a condenação alheia. Durante meses, anos, cada análise
se desprende a partir de duas fraturas: (1) as palavras e (2) os indivíduos.
Assim,
também as eleições nacionais parecem um concurso de Miss Universo, onde o
candidato é posto sob uma lupa para revelar suas emoções, seus pequenos vícios,
debilidades e até seu estado de saúde. Nos Estados Unidos todos conheciam as
críticas do ex-soldado John Kerry à guerra do Vietnã. Mas, em 2004, poucas
semanas antes das eleições, ele perdeu a presidência porque um grupo de
veteranos combatentes afirmou que o candidato, na realidade, havia sido um mau
companheiro. Além de feio, um menino mau. Faltou acusá-lo de não seguir as
regras dos escoteiros. De suas idéias ou do debate ideológico daquele momento
ninguém lembra. Na campanha de 2008, os candidatos seguem falando na primeira
pessoa e buscam desesperadamente demonstrar seus “valores”.
De
fato, a ansiedade é não contradizer o discurso social, construído em base a
slogans repetidos, ao mesmo tempo que outra tradição é integrada: satisfazer
a ansiedade do novo e da mudança sem mudar e sem propor nunca nada novo. Embora
a palavra change (mudança) faça parte de cada lema da atual campanha
eleitoral, dedica-se mais tempo em deixar claro que o indivíduo que propõe a
mudança – o programa do partido não importa – possui valores conservadores
e não operará nenhuma variação radical na sociedade.
O
método consiste em que cada candidato fale de seus sentimentos religiosos, de
seus pequenos pecados já superados – elemento imprescindível de humanização
entre tanta perfeição –, de seus hábitos de bons pais ou boas mães, de sua
capacidade de se emocionar e chorar de vez em quando, da firmeza de seu
temperamento às três da madrugada. Todos homens e mulheres prontos para salvar
o país e a humanidade, como Superman ou Wonder Woman – enfim a igualdade de
sexos –, pela força do braço justiceiro dele e do “laço da verdade”
dela que, como um narcótico ou choque elétrico, impõe ao vilão a virtude da
obediência e o vômito da verdade diante da irresistível beleza feminina.
Como
na psicanálise primitiva, a verdade revela-se no tropeço semântico. Razão
pela qual, todos os dias, espera-se algum lapso deste ou daquele candidato.
Apenas produzido, põe-se em marcha a gigantesca maquinaria da análise política
e, assim, deixa-se correr uma ou duas semanas mais entre acalorados debates
sobre semântica. Essas análises são sempre previsíveis e nunca radicais. E
uma análise que não é radical não aporta nenhuma mudança, da mesma forma
que um político radical não produz nenhum câmbio. Acima de tudo porque rara
vez chega ao poder. Este, talvez, seja o ponto central incompreendido pelos
“pastores da libertação” de Barack Obama.
O
atual molde analítico dos mass media é o seguinte: o candidato X disse
essa palavra, e durante a semana discute-se o que quis dizer, mascarado em uma
linguagem paralela sobre “um profundo debate de idéias e valores”. Quando a
opinião midiática interpreta algo diferente dos valores dominantes, ou o
“politicamente correto”, o candidato X convoca as câmeras de televisão
para pedir desculpas públicas – demonstrando seu bom coração –, ou se
justifica explicando que a referida palavra fora retirada de contexto, pelo qual
onde dizia “claro” na verdade queria dizer “escuro”, que, embora
parecesse criticar a Vaca Sagrada, na realidade a defendia, porque sempre esteve
comprometido de coração com a tal Vaca. Algum, inclusive, recorre às lágrimas
para demonstrar “seu lado humano”. Este recurso amealhou excelentes
resultados em favor de Hillary Clinton em ao menos dois estados, mas, depois,
teve um efeito contrário, quando se suspeitou que o abuso do truque revelava
uma fraqueza demasiado feminina em tempos de guerra.
Ao
colocar o indivíduo e cada uma de suas palavras sob uma lupa cósmica, qualquer
crítica global ou estrutural desaparece. O que é conseqüente com as duas últimas
gerações: uma habituada à publicidade fragmentada da televisão; a outra ao
texto hiperfragmentado dos celulares. Esta não é uma observação totalmente
pessimista, mas somente um olhar sobre a difícil transição que vive a
humanidade rumo a uma liberação que seja mais efetiva do que sua própria
narcotização.
Podemos
assumir que o indivíduo existe desde o momento em que exerce um mínimo de
liberdade, uma liberdade sempre condicionada por um mundo material e por uma
cultura. Esta seria a melhor perspectiva do existencialismo, difícil, senão
impossível de rebater. Mas o indivíduo define-se pelos outros, por seus
contemporâneos e por milhares de anos e milhões de mortos que vivem de alguma
forma nele. Negar qualquer tipo de liberdade no indivíduo é próprio do
pensamento anti-humanista e de grande parte da tradição religiosa. Afirmar e
promover a idéia de que só existem indivíduos independentes, interagindo com
um mundo que não está dentro de si, não é uma herança do humanismo, mas
outra antiga arbitrariedade que também forma parte do insuspeitado legado que
todos interiormente carregamos, como indivíduos e como sociedade. E a cultura
em todas suas categorias – desde a telenovela, os comics até a política
menor – encarrega-se de promover esta idéia como se fosse uma condição
natural do mundo dos seres humanos. Indivíduos, palavras, pouco mais.
Ser nós mesmos: voyeurs, bem-sucedidos e excitados (IV)
Há
dez anos, o programa Big Brother* começava a monopolizar os principais
horários da televisão na Argentina e Uruguai. O êxito da proposta não só
radicava no sonho de ser bem-sucedido por inação, mas na crescente cultura do voyeur
castrado que, pouco a pouco, se radicalizou. Desde o confortável turista do
primeiro mundo que se interessa em conhecer in situ a miséria alheia a
programas de televisão de todo tipo, onde alguém morre de fome de verdade, ou
um aventureiro se propõe a morrer de fome de brincadeira durante 30 dias em uma
aldeia da Tanzânia, até o rapaz que sai à procura das emoções da guerra,
enquanto grava com sua câmera e conta em seu blog a magnífica experiência
da morte alheia.
Dos
antigos egípcios até nossos dias, a moda foi sempre a estratégia das classes
altas para se distinguir da chusma. Como a chusma sempre foi chusma, não tanto
por sua pobreza mas por sua ansiedade em parecer com as classes dominantes,
tratava-se de copiar o estilo dos nobres e ricos até que estes não tivessem
outro remédio que voltar a mudar de estilo. Décadas atrás, cultivou-se uma
espécie de voyeurismo de classe: a classe operária olhava e copiava os
pequenos vícios – já que não os grandes – das classes bem-sucedidas, da
ciranda e da antiga realeza européia. Para repor e esquecer de sua esgotante
jornada, os produtores consomem tudo aquilo que os consumidores produzem.
Mas
a frivolidade democratizou-se e agora também tornou-se interessante introduzir
uma câmera em uma favela do Rio de Janeiro ou nos subúrbios de Medellín. Para
aqueles que não suportam emoções tão fortes, há o voyeurismo sobre um grupo
de jovens ociosos da classe média, como o Big Brother, ou sobre a vida
de um homem pobre que se fez rico vendendo discos ou tomates, o que exemplifica
as bondades democráticas do sistema dominante.
O
sistema capitalista não requer grandes teóricos; é suficiente, com a
simplicidade de um caso exitoso entre um milhão dos que “ainda não chegaram
lá”, que conte sua assombrosa história coroada pela demagógica moral de
“querer é poder”. As explicações complexas não têm lugar porque são
destinadas aos voyeurs do sucesso; aos excitados, não aos bem-sucedidos.
Nada melhor que o fracasso para ansiar pelo êxito e confirmar a sabedoria de
Niurka Marcos e o Show de Cristina ensinando a seus espectadores desde
Miami: “é preciso ser positivos. Eu sou positiva. É por isso que alguns têm
tudo o que temos e outros não têm nada”. Fatores extra-anímicos – como,
por exemplo, o fato de que os imigrantes cubanos que chegam à América de forma
ilegal recebem status legal, enquanto o resto não pode aspirar outra coisa que
manter sua condição de eternos fugitivos – são meros detalhes próprios de
mentes pessimistas.
Como
as imagens não bastam, é necessário que o protagonista de vertiginosas
aventuras, como é a inação perpétua do Big Brother, expresse cada um
de seus sentimentos e explique quem é. Os outros sempre são uma boa
desculpa para falar de si próprio. Nos confessionários, cada um luta para ser
reconhecido como autêntico, embora em nenhum outro lugar finja-se mais
que na confissão midiática. “Penso que vou ganhar porque sempre fui eu mesma”.
“Ganhei porque fui autêntico todo o tempo, lutei até a morte para ser eu
mesmo e mostrar o jeito que sou”.
Recentemente,
no concurso Nuestra Belleza Latina realizado pela rede Univisión, em
Miami, as candidatas confirmaram a regra. Até o fastio. “Penso que minha
maior virtude foi ser eu mesma, nunca mudar e defender sempre o mais autêntico
que levo no íntimo”. “Eu vou ganhar o concurso porque sempre fui eu mesma.
Este sempre foi meu objetivo e as pessoas reconhecem e gostam”. “Eu me
mostro como sou, sempre revelei meu eu mais verdadeiro”. “Minha filha foi
reconhecida por ser sempre ela própria. Só peço isso, que siga sendo autêntica”
etc.
Ao
mesmo tempo que cada bela concorrente luta pela originalidade que a destaque do
resto, pela lógica do concurso e da cultura midiática, devem evitar essa rara
virtude humana. Basta observá-las caminhando ou em pé, sorrindo e equilibrando-se
com a eterna perna direita à frente da esquerda, variação do cânone egípcio
imposto pelos faraós mortos.
Se
as americanas são ruivas ou são quase americanas, a Belleza Latina deve
excluir as Marilyn Monroe, ainda que em Montevidéu ou Buenos Aires essas sejam
um tipo tão comum como em Utah ou Nebraska. Entretanto, esta diferença não
deve ser tão grande que a distancie do cânone da típica Barbie de pele
bronzeada, nem das ruivas do Cone Sul, nem das índias da América Central e dos
Andes. Tanto os rostos indígenas como os afro-americanos se julgarão mais
belos quanto menos sejam “eles mesmos”, o que se deduz da obsessiva
necessidade de eliminar pintas, clarear mechas e afinar lábios e narizes.
Salvo
raras exceções, todas as concorrentes parecem com as Marilyn de Andy Warhol ou
a série de Barbie dolls, o que leva os jurados a outra originalidade:
Animador:
– Não gostaria de estar no lugar do júri...
Jurado:
– É sim, a eliminação foi uma decisão muito, muito difícil.
É
lógico. À parte de que todas cumprem com o ritual que responde aos nossos
desejos estéticos e sexuais – produto hormonal em cumplicidade com nossos
preconceitos e fixações infantis –, uma se parece com a outra, ao mesmo
tempo que repetem a mesma ansiedade de serem elas próprias, “autênticas”.
Se
todos somos produto de cópias, heranças e reciclagens, um concurso de beleza
é a exacerbação de uma regra social específica, neste caso o da “beleza
latina”, que exclui o desejo pela beleza da mulher caucasiana, travestindo uma
em outra. Ninguém pode ganhar fora destes limites éticos e estéticos.
No
entanto, em um reality show onde o trabalho é destacar-se sem inventar
nada novo, o mérito limita-se à difícil tarefa de ser a gente mesmo,
sem perder a originalidade e sem deixar de ser uma cópia ou uma paródia dos
demais. Seguramente, a aleivosa fantasia de ser “a gente mesmo” e de morrer
pelo que os outros dizem, não nasceu com esta cultura do eu alienado, mas é
ali onde se consolidou como paradigma ético.
Aceitarão
algum dia que esse “eu autêntico”, esse “ser eu mesmo” não é outra
coisa que a somatória de cópias, de retalhos de outros, produto inequívoco de
uma cultura que fabrica fraturas ideológicas, psicológicas, éticas, estéticas
e econômicas? Ou, por acaso, essa forma de caminhar com os pés trocados, com o
direito à esquerda e o esquerdo à direita são invenções originais de cada
um? Esse jeito de rir, de pentear-se, de parar, de falar, esse modo de alourar-se
com freqüência, de parecer com a Marilyn Monroe ou Ricky Martin, essa maneira
de cada um é original ou meras repetições, desesperados transformismos do caráter?
Por
outro lado, ainda assumindo que existe uma essência do ego, pura e
descontaminada, surgida no momento do parto ou formada na infância, por que
essa exaltação ética de “ser eu mesmo sem jamais mudar”? Será que não há
nada para melhorar? Será que não faltariam algumas melhorias em semelhante palácio?
Podemos aceitar que uma dose de frivolidade é necessária na vida de qualquer
um. Mas quando se transforma no único pão de cada dia, é lícito suspeitar.
Maio/Junho de 2008,
El Jesús que secuestraron los emperadores
¿Quien me presta una
escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(Antonio Machado)
Hace unos días el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se refirió a Jesús como el más grande socialista de la historia. No me interesa aquí hacer una defensa o un ataque de su persona. Sólo quisiera hacer algunas observaciones sobre una típica reacción que causaron sus palabras por diversas partes del mundo.
Tal vez decir que Jesús era socialista es como decir que Tutankamón era egipcio o Séneca era español. No deja de ser una imprecisión semántica. Sin embargo, aquellos que en este tiempo se han acercado a mí con cara de espantados por las palabras del “chico malo” ¿lo hacían en función de algún razonamiento o simplemente en función de los códigos impuestos por un discurso dominante?
En lo personal, siempre me ha incomodado el poder acumulado en un solo hombre. Pero si el señor Chávez es un hombre poderoso en su país, en cambio no es él el responsable del actual orden que rige en el mundo. Para unos pocos, el mejor orden posible. Para la mayoría, la fuente de la violencia física y, sobre todo, moral.
Si es un escándalo imaginar a un Jesús socialista, ¿por qué no lo es, entonces, asociarlo y comprometerlo con la cultura y la ética capitalista? Si es un escándalo asociar a Jesús con el eterno rebelde, ¿por qué no lo es, en cambio, asociarlo a los intereses de los sucesivos imperios —exceptuando el más antiguo imperio romano? Aquellos que no discuten la sacralizad del capitalismo son, en gran número, fervientes seguidores de Jesús. Mejor dicho, de una imagen particular y conveniente de Jesús. En ciertos casos no sólo seguidores de su palabra, sino administradores de su mensaje.
Todos, o casi todos, estamos a favor de cierto desarrollo económico. Sin embargo, ¿por qué siempre se confunde justicia social con desarrollo económico? ¿Por qué es tan difundida aquella teología cristiana que considera el éxito económico, la riqueza, como el signo divino de haber sido elegido para entrar al Paraíso, aunque sea por el ojo de una aguja?
Tienen razón los conservadores: es una simplificación reducir a Jesús a su dimensión política. Pero esta razón se convierte en manipulación cuando se niega de plano cualquier valor político en su acción, al mismo tiempo que se usa su imagen y se invocan sus valores para justificar una determinada política. Es política negar la política en cualquier iglesia. Es política presumir de neutralidad política. No es neutral un observador que presencia pasivo la tortura o la violación de otra persona. Menos neutral es aquel que ni siquiera quiere mirar y da vuelta la cabeza para rezar. Porque si el que calla otorga, el indiferente legitima.
Es política la confirmación de un statu quo que beneficia a una clase social y mantiene sumergida otras. Es político el sermón que favorece el poder del hombre y mantiene bajo su voluntad y conveniencia a la mujer. Es terriblemente política la sola mención de Jesús o de Mahoma antes, durante y después de justificar una guerra, una matanza, una dictadura, el exterminio de un pueblo o de un solo individuo.
Lamentablemente, aunque la política no lo es todo, todo es política. Por lo cual, una de las políticas más hipócritas es afirmar que existe alguna acción social en este mundo que pueda ser apolítica. Podríamos atribuir a los animales esta maravillosa inocencia, si no supiésemos que aún las comunidades de monos y de otros mamíferos están regidas no sólo por un aclaro negocio de poderes sino, incluso, por una historia que establece categorías y privilegios. Lo cual debería ser suficiente para menguar en algo el orgullo de aquellos opresores que se consideran diferentes a los orangutanes por la sofisticada tecnología de su poder.
Hace muchos meses escribimos sobre el factor político en la muerte de Jesús. Que su muerte estuviese contaminada de política no desmerece su valor religioso sino todo lo contrario. Si el hijo de Dios bajó al mundo imperfecto de los hombres y se sumergió en una sociedad concreta, una sociedad oprimida, adquiriendo todas las limitaciones humanas, ¿por qué habría de hacerlo ignorando uno de los factores principales de esa sociedad que era, precisamente, un factor político de resistencia?
¿Por qué Jesús nació en un hogar pobre y de escasa gravitación religiosa? ¿Por qué no nació en el hogar de un rico y culto fariseo? ¿Por qué vivió casi toda su vida en un pueblito periférico, como lo era Nazareth, y no en la capital del imperio romano o en la capital religiosa, Jerusalén? ¿Por qué fue hasta Jerusalén, centro del poder político de entonces, a molestar, a desafiar al poder en nombre de la salvación y la dignidad humana más universal? Como diría un xenófobo de hoy: si no le gustaba el orden de las cosas en el centro del mundo, no debió dirigirse allí a molestar.
Recordemos que no fueron los judíos quienes mataron a Jesús sino los romanos. Aquellos romanos que nada tienen que ver con los actuales habitantes de Italia, aparte del nombre. Alguien podría argumentar que los judíos lo condenaron por razones religiosas. No digo que las razones religiosas no existieran, sino que éstas no excluyen otras razones políticas: la case alta judía, como casi todas las clases altas de los pueblos dominados por los imperios ajenos, se encontraba en una relación de privilegio que las conducía a una diplomacia complaciente con el imperio romano. Así también ocurrió en América, en tiempos de la conquista. Los romanos, en cambio, no tenían ninguna razón religiosa para sacarse de encima el problema de aquel rebelde de Nazareth. Sus razones eran, eminentemente, políticas: Jesús representaba una grave amenaza al pacífico orden establecido por el imperio.
Ahora, si vamos a discutir las opciones políticas de Jesús, podríamos referirnos a los textos canonizados después del concilio de Nicea, casi trescientos años después de su muerte. El resultado teológico y político de este concilio fundacional podría ser cuestionable. Es decir, si la vida de Jesús se desarrolló en el conflicto contra el poder político de su tiempo, si los escritores de los Evangelios, algo posteriores, sufrieron de persecuciones semejantes, no podemos decir lo mismo de aquellos religiosos que se reunieron en el año 325 por orden de un emperador, Constantino, que buscaba estabilizar y unificar su imperio, sin por ello dejar de lado otros recursos, como el asesinato de sus adversarios políticos.
Supongamos que todo esto no importa. Además hay puntos muy discutibles. Tomemos los hechos de los documentos religiosos que nos quedaron a partir de ese momento histórico. ¿Qué vemos allí?
El hijo de Dios naciendo en un establo de animales. El hijo de Dios trabajando en la modesta carpintería de su padre. El hijo de Dios rodeado de pobres, de mujeres de mala reputación, de enfermos, de seres marginados de todo tipo. El hijo de Dios expulsando a los mercaderes del templo. El hijo de Dios afirmando que más fácil sería para un camello pasar por el ojo de una aguja que un rico subiese al reino de los cielos (probablemente la voz griega kamel no significaba camello sino una soga enorme que usaban en los puertos para amarrar barcos, pero el error en la traducción no ha alterado la idea de la metáfora). El hijo de Dios cuestionando, negando el pretendido nacionalismo de Dios. El hijo de Dios superando leyes antiguas y crueles, como la pena de muerte a pedradas de una mujer adúltera. El hijo de Dios separando los asuntos del César de los asuntos de su Padre. El hijo de Dios valorando la moneda de una viuda sobre las clásicas donaciones de ricos y famosos. El hijo de Dios condenando el orgullo religioso, la ostentación económica y moral de los hombres. El hijo de Dios entrando en Jerusalén sobre un humilde burro. El hijo de Dios enfrentándose al poder religioso y político, a los fariseos de la Ley y a los infiernos imperiales del momento. El hijo de Dios difamado y humillado, muriendo bajo tortura militar, rodeado de pocos seguidores, mujeres en su mayoría. El hijo de Dios haciendo una incuestionable opción por los pobres, por los débiles y marginados por el poder, por la universalización de la condición humana, tanto en la tierra como en el cielo.
Difícil perfil para un capitalista que dedica seis días de la semana a la acumulación de dinero y medio día a lavar su conciencia en la iglesia; que ejercita una extraña compasión (tan diferente a la solidaridad) que consiste en ayudar al mundo imponiéndole sus razones por las buenas o por las malas.
Aunque Jesús sea hoy el principal instrumento de los conservadores que se aferran al poder, todavía es difícil sostener que no fuera un revolucionario. Precisamente no murió por haber sido complaciente con el poder político de turno. El poder no mata ni tortura a sus adulones; los premia. Queda para los otros el premio mayor: la dignidad. Y creo que pocas figuras en la historia, sino ninguna otra, enseña más dignidad y compromiso con la humanidad toda que Jesús de Nazaret, a quien un día habrá que descolgar de la cruz.
Jorge Majfud
The University of Georgia
26 de enero de 2007
The Jesus the Emperors Kidnapped
Who will lend me a ladder
to climb up the timbering,
to remove the nails from
Jesus the Nazarene?
(Antonio Machado)
By Jorge Majfud
A few days ago the president of Venezuela, Hugo Chávez, referred to Jesus as the greatest socialist in history. I am not interested here in making a defense or an attack on his person. I would only like to make a few observations about a typical reaction caused by his words throughout different parts of the world.
Perhaps saying that Jesus was a socialist is like saying that Tutankhamen was Egyptian or Seneca was Spanish. It remains a semantic imprecision. Nevertheless, those who recently have approached me with a look of horror on their faces as a result of the words of the “bad boy,” did they do so on the basis of some reasoning or simply on the basis of the codes imposed by a dominant discourse?
Personally, I have always been uncomfortable with power accumulated in just one man. But although Mr. Chávez is a powerful man in his country, he is not the one responsible for the current state of the world. For an elite few, the best state possible. For most, the source of physical and, above all, moral violence.
If it is a scandal to imagine Jesus to be socialist, why is it not, then, to associate him and compromise him with capitalist culture and ethics? If it is a scandal to associate Jesus with the eternal rebel, why is it not, in contrast, to associate him with the interests of successive empires – with the exception of the ancient Roman empire? Those who do not argue the sacrality of capitalism are, in large number, fervent followers of Jesus. Better said, of a particular and convenient image of Jesus. In certain cases not only followers of his word, but administrators of his message.
All of us, or almost all of us, are in favor of certain economic development. Nonetheless, why is social justice always confused with economic development? Why is that Christian theology that considers economic success, wealth, to be the divine sign of having been chosen to enter Paradise, even if through the eye of a needle, so widely disseminated?
Conservatives are right: it is a simplification to reduce Jesus to his political dimension. But their reasoning becomes manipulation when it denies categorically any political value in his action, at the same time that his image is used and his values are invoked to justify a determined politics. It is political to deny politics in any church. It is political to presume political neutrality. An observer who passively witnesses the torture or rape of another person is not neutral. Even less neutral is he who does not even want to watch and turns his head to pray. Because if he who remains silent concedes, he who is indifferent legitimates.
The confirmation of a status quo that benefits one social class and keeps others submerged is political. The sermon that favors the power of men and keeps women under their will and convenience is political. The mere mention of Jesus or Mohammed before, during and after justifying a war, a killing, a dictatorship, the extermination of a people or of a lone individual is terribly political.
Lamentably, although politics is not everything, everything is political. Therefore, one of the most hypocritical forms of politics is to assert that some social action exists in this world that might be apolitical. We might attribute to animals this marvelous innocence, if we did not know that even communities of monkies and of other mammals are governed not only by a clear negotiation of powers but, even, by a history that establishes ranks and privileges. Which ought to be sufficient to diminish somewhat the pride of those oppressors who consider themselves different from orangutangs because of the sophisticated technology of their power.
Many months ago we wrote about the political factor in the death of Jesus. That his death was contaminated by politics does not take away from his religious value but quite the contrary. If the son of God descended to the imperfect world of men and immersed himself in a concrete society, an oppressed society, acquiring all of the human limitations, why would he have to do so ignoring one of the principle factors of that society which was, precisely, a political factor of resistance?
Why was Jesus born in a poor home and one of scarce religious orientation? Why was he not born in the home of a rich and educated pharisee? Why did he live almost his entire life in a small, peripheral town, as was Nazareth, and not in the capital of the Roman Empire or in the religious capital, Jerusalem? Why did he go to Jerusalem, the center of political power at the time, to bother, to challenge power in the name of the most universal human salvation and dignity? As a xenophobe from today would say: if he didn’t like the order of things in the center of the world, he shouldn’t have gone there to cause trouble.
We must remember that it was not the Jews who killed Jesus but the Romans. Those Romans who have nothing to do with the present day inhabitants of Italy, other than the name. Someone might argue that the Jews condemned him for religious reasons. I am not saying that religious reasons did not exist, but that these do not exlude other, political, reasons: the Jewish upper class, like almost all the upper classes of peoples dominated by foreign empires, found itself in a relationship of privilege that led it to a complacent diplomacy with the Roman Empire. This is what happened also in America, in the times of the Conquest. The Romans, in contrast, had no religious reason for taking care of the problem of that rebel from Nazareth. Their reasons were eminently political: Jesus represented a grave threat to the peaceful order established by the empire.
Now, if we are going to discuss Jesus’ political options, we might refer to the texts canonized after the first Council of Nicea, nearly three hundred years after his death. The theological and political result of this founding Council may be questionable. That is to say, if the life of Jesus developed in the conflict against the political power of his time, if the writers of the Gospels, somewhat later, suffered similar persecutions, we cannot say the same about those religious men who gathered in the year 325 by order of an emperor, Constantine, who sought to stabilize and unify his empire, without leaving aside for this purpose other means, like the assassination of his political adversaries.
Let us suppose that all of this is not important. Besides there are very debatable points. Let us take the facts of the religious documents that remain to us from that historical moment. What do we see there?
The son of God being born in an animal stable. The son of God working in the modest carpenter trade of his father. The son of God surrounded by poor people, by women of ill repute, by sick people, by marginalized beings of every type. The son of God expelling the merchants from the temple. The son of God asserting that it would be easier for a camel to pass through the eye of a needle than for a rich man to ascend to the kingdom of heaven (probably the Greek word kamel did not mean camel but an enormous rope that was used in the ports to tie up the boats, but the translation error has not altered the idea of the metaphor). The son of God questioning, denying the alleged nationalism of God. The son of God surpassing the old and cruel laws, like the penalty of death by stoning of an adulterous woman. The son of God separating the things of Ceasar from the things of the Father. The son of God valuing the coin of a widow above the traditional donations of the rich and famous. The son of God condemning religious pride, the economic and moral ostentation of men. The son of God entering into Jerusalem on a humble donkey. The son of God confronting religious and political power, the pharisees of the Law and the imperial hells of the moment. The son of God defamed and humiliated, dying under military torture, surrounded by a few followers, mostly women. The son of God making an unquestionable option for the poor, for the weak and the marginalized by power, for the universalization of the human condition, on earth as much as in heaven.
A difficult profile for a capitalist who dedicates six days of the week to the accumulation of money and half a day to clean his conscience in church; who exercises a strange compassion (so different from solidarity) that consists in helping the world by imposing his reasons like it or not.
Even though Jesus may be today the principal instrument of conservatives who grasp at power, it is still difficult to sustain that he was not a revolutionary. To be precise he did not die for having been complacent with the political power of the moment. Power does not kill or torture its bootlickers; it rewards them. For the others remains the greater prize: dignity. And I believe that few if any figures in history show more dignity and commitment with all of humanity than Jesus of Nazareth, who one day will have to be brought down from the cross.
by Jorge Majfud
Published by redvoltaire.net, 8 de diciembre de 2004
Custom-made for the consumer
In the 17th century, the mathematics genius Blaise Pascal wrote that men never do evil with greater pleasure than when they do it with religious conviction. This idea – from a deeply religious man – has taken a variety of different forms since. During the last century, the greatest crimes against humanity were promoted, with pride and passion, in the name of Progress, of Justice and of Freedom. In the name of Love, Puritans and moralists organized hatred, oppression and humiliation; in the name of Life, leaders and prophets spilled death over vast regions of the planet. Presently, God has come to be the main excuse for excercises in hate and death, hiding political ambitions, earthly and infernal interests behind sacred invocations. In this way, by reducing each tragedy on the planet to the millenarian and simplified tradition of the struggle between Good and Evil, of God against the Devil, hatred, violence and death are legitimated. There is no other way to explain how men and women are inclined to pray with fanatical pride and hypocritical humility, as if they were pure angels, models of morality, all the while hiding gunpowder in their clothing, or a check made out to death. And if the leaders are aware of the fraud, their subjects are no less responsible for being stupid, no less culpable for their criminal metaphysical convictions, in the name of God and Morality – when not in the name of a race, of a culture - and from a long tradition, recently on exhibit, custom-fit to the latest in hatred and ambition.
Empire of the simplifications
Yes, we can believe in the people. We can believe that they are capable of the most astounding creations – as will be one day their own liberation – and also of incommensurable stupidities, these latter always concealed by a complacent and self-interested discourse that manages to nullify criticism and any challenge to bad conscience. But, how did we come to such criminal negligence? Where does so much pride come from in a world where violence grows daily and more and more people claim to have heard the voice of God?
Political history demonstrates that a simplification is more powerful and better received by the vast majority of a society than is a problematization. For a politician or for a spiritual leader, for example, it is a show of weakness to admit that reality is complex. If one’s adversary expunges from a problem all of its contradictions and presents it to the public as a struggle between Good and Evil, the adversary undoubtedly is more likely to triumph. In the final analysis, the primary lesson of our time is grounded in commercial advertising or in permissive submission: we elect and we buy that which solves our problems for us, quickly and cheaply, even though the problem might be created by the solution, and even though the problem might continue to be real while the solution is never more than virtual. Nonetheless, a simplification does not eliminate the complexity of the problem in question, but rather, on the contrary, produces greater problems, and sometimes tragic consequences. Denying a disease does not cure it; it makes it worse.
Why don’t we talk about why?
Let’s try now to problematize some social phenomenon. Undoubtedly, we will not plumb the full depths of its complexity, but we can get an idea of the degree of simplification with which it is treated on a daily basis, and not always innocently.
Let’s start with a brief example. Consider the case of a man who rapes and kills a young girl. I take this example not only because it is, along with torture, one of the most abhorrent crimes imaginable, but because it represents a common criminal practice in all societies, even those that boast of their special moral virtues.
First of all, we have a crime. Beyond the semantics of “crime” and “punishment,” we can evaluate the act on its own merits, without, that is, needing to recur to a genealogy of the criminal and of his victim, or needing to research the origins of the criminal’s conduct. Both the rape and the murder should be punished by the law, and by the rest of society. And period. On this view, there is no room for discussion.
Very well. Now let’s imagine that in a given country the number of rapes and murders doubles in a particular year and then doubles again the year after that. A simplification would be to reduce the new phenomenon to the criminal deed described above. That is to say, a simplification would be to understand that the solution to the problem would be to not let a single one of these crimes go unpunished. Stated in a third way, a simplification would be to not recognize the social realities behind the individual criminal act. A more in-depth analysis of the first case could reveal to us a painful childhood, marked by the sexual abuse of the future abuser, of the future criminal. This observation would not in any way overturn the criminality of the deed itself, just as evaluated above, but it would allow us to begin to see the complexity of a problem that a simplification threatens to perpetuate. Starting from this psychological analysis of the individual, we could certainly continue on to observe other kinds of implications arising from the same criminal’s circumstances, such as, for example, the economic conditions of a specific social underclass, its exploitation and moral stigmatization by the rest of society, the moral violence and humiliation of its misery, its scales of moral value constructed in accordance with an apparatus of production, reproduction and contradictory consumption, by social institutions like a public education system that helps the poor less than it humiliates them, certain religious organizations that have created sin for the poor while using the latter to earn Paradise for themselves, the mass media, advertising, labor contradictions… and so on.
We can understand terrorism in our time in the same way. The criminality of an act of terrorism is not open to discussion (or it shouldn’t be). Killing is always a disgrace, a historical curse. But killing innocents and on a grand scale can have no justification or pardon of any kind. Therefore, to renounce punishment for those who promote terrorism is an act of cowardice and a flagrant concession to impunity.
Nevertheless, we should also remember here our initial caveat. Understanding a social and historical phenomenon as a consequence of the existence of “bad guys” on Earth is an extremely naive simplification or, to the contrary, an ideologically astute simplification that, by avoiding integrated analysis - historical, economic, political - exempts the administrators of the meaning of “bad”: the good guys.
We will not even begin to analyze, in these brief reflections, how one comes to identify one particular group and not others with the qualifier “terrorist.” For that let it suffice to recommend a reading of Roland Barthes - to mention just one classic source. We will assume the restricted meaning of the term, which is the one assumed by the press and the mainstream political narratives.
Even so, if we resort to the idea that terrorism exists because criminals exist in the world, we would have to think that in recent times there has been an especially abundant harvest of wicked people. (An idea explicitly present in the official discourse of all the governments of countries affected by the phenomenon.) But if it were true that in our world today there are more bad people than before, surely it isn’t by the grace of God but via historical developments that such a phenomenon has come to be. No historical circumstance is produced by chance, and therefore, to believe that killing terrorists will eliminate terrorism from the world is not only a foolish simplification but, by denying a historical origin for the problem, by presenting it as ahistorical, as purely a product of Evil, even as a struggle between two theological “essences” removed from any social, economic and political context, provokes a tragic worsening of the situation. It is a way of not confronting the problem, of not attacking its deep roots.
On many occasions violence is unavoidable. For example, if someone attacks us it would seem legitimate to defend ourselves with an equal degree of violence. Certainly a true Christian would offer the other cheek before instigating a violent reaction; however, if he were to respond violently to an act of aggression no one could deny him the right, even though he might be contradicting one of the commandments of Christ. But if a person or a government tells us that violence will be diminished by unleashing violence against the bad guys – affecting the innocent in the process – not only does this deny the search for a cause for the violence, it also will serve to strengthen it, or at least legitimate it, in the eyes of those who suffer the consequences.
Punishing those responsible for the violence is an act of justice. Claiming that violence exists only because violent people exist is an act of ignorance or of ideological manipulation.
If one continues to simplify the problem, insisting that it consists of a conflict produced by the “incompatibility” of two religious views – as if one of them had not been present for centuries – as if it were a matter of a simple kind of war where victory is achieved only with the total defeat of the enemy, one will drag the entire world into an intercontinental war. If one genuinely seeks the social origin and motivation of the problem – the “why” – and acts to eliminate and attenuate it, we will most assuredly witness a relaxing of the tension that is currently escalating. We will not see the end of violence and injustice in the world, but at least misfortune of unimaginable proportions will be avoided.
The analysis of the “origin of violence” would be useless if it were produced and consumed only within a university. It should be a problem for the headlines, a problem to be discussed dispassionately in the bars and in the streets. At the same time, we will have to recognize, once again, that we need a genuine dialogue. Not a return to the diplomatic farce, but a dialogue between peoples who have begun dangerously to see one another as enemies, as threats – a disagreement, really, based on a profound and crushing ignorance of the other and of oneself. What is urgent is a painful but courageous dialogue, where each one of us might recognize our prejudice and our self-centeredness. A dialogue that dispenses with the religious fanaticism – both Muslim and Christian – so in vogue these days, with its messianic and moralizing pretensions. A dialogue, in short, to spite the deaf who refuse to hear.
The True God
According to the true believers and the true religion, there can be only one true God, God. Some claim that the true God is One and he is Three at the same time, but judging by the evidence, God is One and Many more. The true God is unique but with different politics according to the interests of the true believers. Each one is the true God, each one moves the faithful against the faithful of other gods, which are always false gods even though each one is someone’s true God. Each true God organizes the virtue of each virtuous people on the basis of true customs and the true Morality. There is only one Morality based on the true God, but since there is more than one true God there is also more than one true Morality, only one of which is truly true.
But, how do we know which one is the true truth? The proper methods for proof are disputable; what is not disputed is the current practice: scorn, threats, oppression and, when in doubt, death. True death is always the final and inevitable recourse of the true truth, which comes from the true God, in order to save the true Morality and, above all, the true believers.
Yes, at times I have my doubts about what is true, and I know that doubt has been condemned by all religions, by all theologies, and by all political discourses. At times I have my doubts, but it is likely that God does not hold my doubt in contempt. He must be very busy concerning himself with so much certainty, so much pride, so much morality, behind so many ministers who have taken control of his word, holding Him hostage in a building somewhere so as to be able to conduct their business in public without obstacles.
Translated by Bruce Campbell.
Jorge Majfud is a Uruguayan writer. His most recent novel is La Reina de América (Baile de Sol, 2002).
© 1995-2005 Resource Center of the Americas