|
|||||||
|
|
|
|||||
|
|
|||||||
Búsqueda interna en Escritos Críticos
Teología del dinero (III)
A modo de
introducción recordemos un par de lugares comunes de la filosofía tradicional
y de la forma más simplificada posible. El marxismo clásico asumía que toda
ideología (como la educación, las creencias metafísicas y la cultura en
general) era la consecuencia más
o menos directa de las formas de sobrevivencia y producción. Formas más
elaboradas y más recientes de esta corriente de pensamiento entendieron que la
ideología no sólo era reproductora de una determinada relación entre la infra
y la supraestructura sino que, además, era la visión objetiva de una sociedad
sobre la realidad, en el entendido de que no dependía de las particularidades
emocionales o intelectuales de cada individuo sino de un grupo.
También
sabemos que el materialismo consiste en reducir un fenómeno complejo a causas más
simples y, sobre todo, a causas que sean progresivamente independientes de otros
fenómenos, como puede ser el azar —seguido de prueba y error— en
la teoría de la evolución. También el psicoanálisis es un análisis
materialista y en gran parte también es antimarxista en el sentido que
reemplaza las causas originales de la economía y las transfiere, en última
instancia, a la biología. Si marxistas y posmarxistas dijeron que las
condiciones de producción forman una psicología —así como forman una ética—,
de forma directa o a través de una ética y una cultura X, el psicoanálisis
tendió más a explicar el sistema económico de X por una condicionante
preexistente, casi atemporal, como lo son determinados complejos psicológicos
acuñados en un período histórico harto más extenso que hunde sus raíces en
el Paleolítico. Complicaríamos este problema si observásemos que la economía
está en la biología también, como lo indica la misma lucha por la existencia
de un protozoario.
Los
descubrimientos del marxismo, aunque siempre objetables, significaron un aporte
al pensamiento universal más allá de las diferencias culturales. Incluso
autores antimarxistas han repetido las mismas ideas básicas con mínimas
variaciones que salvan su honor sugiriendo alguna originalidad o por lo menos la
posesión de la verdad, no por demostración lógica ni por inducción de los
hechos sino por el método recurrido de la sonrisa paternal. No otra cosa es la
metáfora de las tres olas de Alvin Toffler y las ideas de una nueva mentalidad
producto de nuevas formas de producción basadas más en la “creatividad”
esporádica que en la repetición en serie de la antigua industria: ninguna
recurre a Dios ni al destino manifiesto —como
Ronald Reagan y Sarah Palin— sino
a un cosmos marxista donde la economía es protagonista de los cambios psicológicos,
éticos y culturales.
A
partir de aquí podemos entrar en una especulación que tiene poco de
materialista pero nada de metafísica.
Quizás
debemos dejar de hablar de ideologías como
si cada una sólo se diferenciase por las ideas que incluye y no por la función
que cumple en la construcción de la realidad. Quizás deberíamos hacer drásticas
diferenciaciones entre las formas de ideologías, definiendo una forma hegemónica
y otra resistente así como se ha hecho con las culturas hegemónicas y
subalternas. Es posible que una
ideología hegemónica, siempre más difícil de visualizar por el público y
los medios de reproducción que las ideologías resistentes, no sólo signifique
una fuerza conservadora de las relaciones de poder y producción de riqueza,
sino también una naturaleza progresivamente independiente del sistema de
producción. Una realidad basada en la fe, la misma supersticiosa fe que dio
fuerza estratégica y cultural a los cromañones que desplazaron a los más
realistas neandertales. Aquellos no eran más inteligentes que éstos (Metin
Eren, Journal
of Human Evolution), pero deliraban al unísono y ahí radicaba su
fuerza (José Carrión, Universidad de Murcia).
Así,
una ideología hegemónica se convierte de forma progresiva en un poder
abstracto e independiente del resto de las sociedades y las culturas, como una máquina
inteligente que se independiza de sus creadores humanos o, para ponerlo en términos
menos fantásticos, como un hijo que termina dominando a su padre.
Un
reflejo significativo es la conducta de las bolsas de valores. Esta expresión
de un poder progresivamente abstracto de una ideología dominante, al mismo
tiempo que se vuelve más fuerte y místico, también se vuelve más vulnerable
a una crisis de fe. La idea de abstracción metafísica viene dada cuando los
mercados se comportan como creaturas que necesitan ser temidas, aduladas y
consoladas. Los presidentes de los países más fuertes suelen repetir, tanto en
tiempos buenos como en tiempos malos, todo tipo de estrategias que apuntan a la
adulación psicológica de la criatura que en lugar de reír y llorar se expresa
con irracionales subas y bajas en las bolsas de valores. Las palabras más
repetidas son “confianza”, temor¨, “calma”, “nerviosismo” y de
forma más explícita “estado psicológico de los mercados”. Lo que en la
Edad Media significaba Dios, o en la antigua Grecia los dioses olímpicos, hoy
representa esa ideología sin alternativas radicales.
Especialmente
el humor de Wall Street es tan contagioso que cualquier grito histérico
repercute en menos de tres horas en fuertes caídas en todo el mundo. Si esta
dinámica fuese meramente matemática, si estuviese regida únicamente por leyes
primitivas como las de “oferta y demanda”, no habría razón para que de un
día para la noche lo que valía dos dólares pase a valer uno o cinco, ya que
ni el consumo ni la oferta son materialmente capaces de variar con esos
coeficientes.
Una
vez una estudiante norteamericana me dijo que las películas españolas son
menos realistas que las de Hollywood. Principalmente se refería a los efectos
de la tecnología, pero la observación sobre la técnica es imposible de
separar de la cultura: es realista aquello que se parece a la realidad que fue
creada por la máquina ilusoria de producir realidad. Algo así como decir que
una muñeca Barby representa lo femenino por naturaleza. Igual que la máquina
que produce dólares da la ilusión de producir capitales.
Hace
apenas un mes un amigo que criticaba al presidente de todos decía: “lo único
que le reconozco es que si no existieran los ricos no abría trabajo para los
pobres…” Este tipo de conciencia —verdadera para el mismo sistema que se
juzga a sí mismo según una realidad creada por él mismo—, es el sabio
producto de esa ideología dominante, tan necesaria para que el 95 por ciento de
la población de un país como Estados Unidos, entre ellos la masa productiva,
le agradezca al 5 por ciento más rico el bienestar que no tienen en otros
continentes. En esa ocasión le pedí a mi viejo amigo que me mencionara un sólo
millonario que fuese capaz de vivir sin sus trabajadores o de los trabajadores
de otro millonario. Pero tal vez no había necesidad de un argumento tan simple.
Durante
años, para calmar a la criatura, el presidente de Estados Unidos recortó
impuestos a los más ricos que operan en la bolsa —según
la estratégica teoría de que la riqueza desborda de arriba a abajo— y
cuando el monstruo insaciable se tragó estas piezas privilegiadas, el mismo
gobierno que clamaba por una mínima o inexistente intervención del Estado en
la suerte de los trabajadores, desembolsó sin asco su fortuna —acumulación
de los impuestos de los trabajadores— para mantener el mismo sistema. El
sistema sirve a la ideología dominante, no al revés.
Las
contradicciones de un presidente no son importantes para un pueblo elegido ni
para una ideología que se alimenta de la repetición de frases y de ideas
fragmentadas. Pero cobran significado cuando las mismas contradicciones se
producen en un momento de crisis económica. Los post nunca significaron un
final definitivo de nada. Sólo su continuación atenuada. En la era
posindustrial no se abandonó la industria ni la antigua agricultura; menos la
Modernidad en la Posmodernidad. En la era Poscapitalista no desaparecerá el
mercado de capitales pero quizás desparezca su sagrada tiranía. O no será
poscapitalismo sino una simple crisis, propia de una de las ideologías más
longevas de la historia, aunque no tanto como lo fueron el feudalismo, el
esclavismo y la aun más eterna moral
del esclavo, tan necesaria para agradecer los latigazos diarios que
nos muestran el buen camino de la justicia y la felicidad.
Setiembre 2008