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Búsqueda interna en Escritos Críticos
La
rebelión de la alegría
(Parte 1)
Si
hiciéramos una exposición fotográfica de los años de la Guerra caliente en
América Latina, veríamos la insistencia de la risa joven en sus
revolucionarios contrastando con los rostros adustos y envejecidos de las
fuerzas conservadoras de la reacción.
Fue
una tradición de la cultura ilustrada criolla asumir que el carácter del indio
era incapaz de las emociones, de alguna sensibilidad estética y de cualquier hábito
racional para las ciencias o para el trabajo. Si en los comienzos del
Renacimiento europeo Américo Vespucio y Tomás Moro pudieron sospechar con
admiración el desinterés de los nativos del Nuevo Mundo por las riquezas
materiales, la ausencia de la codicia europea por tener y por reinar como un
atributo de virtud, en el apogeo de la Era Moderna esas carencias pasaron a
significar defectos, pecados contra el progreso. La tristeza del indio, la
melancolía del gaucho, el carácter sufriente del hombre y la mujer de las
clases media y baja en América Latina coincidía con el precepto tradicional
del cristiano sufriente que Nietzsche y Antonio Machado criticaron en Europa. No
coincide con el carácter epicúreo atribuido por Américo Vespucio a los
pueblos que encontró en sus cuatro viajes (1500-1504) antes de la colonización.
En la cultura popular del Río de la Plata, la clausura existencial
está definida por el tango. No es un problema político sino existencial: “el
mundo fue y será una porquería, ya lo sé en el quinientos seis y en el dos
mil también” (Discépolo). Su icono principal, Carlos Gardel, fue definido
por el poeta militante Francisco Urondo como “loco de la noche, despreocupado
amigo del alba, señor de los tristes”.
Casi el mismo año que Jean-Paul Sartre publica La
Nausée (1938) en Francia, el alter ego de Juan Carlos Onetti, en su célebre
novela El pozo (1939), reconoce su incapacidad para la fe en el pueblo, su
alienación y soledad existencialista: “Me acuerdo que sentí una tristeza cómica
por mi falta de ‘espíritu popular’. No poder divertirme con las leyendas de
los carteles, saber que había allí una forma de alegría, y saberlo, nada más”.
Luego reconoce la diferencia entre su compañero de habitación y él mismo —semejante
a la diferencia entre Antoine Roquentin y el Autodidacto—: “es él el poeta
y el soñador. Yo soy un pobre hombre que se vuelve por las noches hacia la
sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Lázaro es un
cretino pero tiene fe, cree en algo. Sin embargo ama la vida y sólo así es
posible ser un poeta”. En el arte y la literatura el
dolor y la tristeza continúan gozando de más prestigio que la alegría. Pero
el yo existencialista del siglo XX era
el yo romántico del siglo XIX que ya
no encontraba ni en la muerte ni en el amor la comunión posible. Por el
contrario, buscaba desesperadamente la comunicación. Mataba o se suicidaba,
pero no encontraba el amor ni la muerte sino el sexo y la nada.
Pero
hubo un tiempo en que todo cambió. Octavio Paz, refiriéndose a las revueltas
de 1968 y, por extensión a la década de los ’60, había observado que “la
irrupción del ahora significa la
aparición, en el centro de la vida contemporánea, de la palabra prohibida, la
palabra maldita: el placer” (Posdata, 1969). Mucho antes la alegría se había convertido en el
gesto revolucionario. Si hiciéramos una exposición fotográfica de los años
de la Guerra caliente en América Latina, veríamos la insistencia de la risa
joven en sus revolucionarios contrastando con los rostros adustos y envejecidos
de las fuerzas conservadoras de la reacción. Así tendríamos, de un lado,
colecciones de retratos sonrientes de Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Roque Dalton, Francisco Urondo,
entre otros, y del otro, las mandíbulas erguidas y los labios apretados de
Augusto Pinochet, Rafael Videla, Emilio Masera, Gregorio Álvarez, etc.
Por
aquellos años, Mario Benedetti decía ver en la Revolución cubana un “estilo
joven”, lo que también recuerda al “espíritu joven” de Grecia,
según F. Nietzsche. No obstante, como veremos más adelante, este epicureismo
revolucionario se opondrá al hedonismo, que será identificado insistentemente
con el vacío del mundo materialista, el imperio del oro, de la risa artificial
de Hollywood. Por ejemplo, Eduardo Galeano recuerda una experiencia personal que
es la encarnación de este problema histórico. Había bajado a unas tumbas
etruscas sobre cuyas paredes no había representaciones de dolor y sufrimiento
sino de placer y alegría. “Varios siglos antes de Cristo, los etruscos
enterraban a sus muertos entre paredes que cantaban al júbilo de vivir”.
Entonces, Galeano redescubre el antagónico cristiano, que es permanentemente
identificado con la rebeldía ante la opresión de la cultura católica primero
y protestante después, la cultura del conquistador: “yo había sido
amaestrado católicamente para el dolor y me quedé bizco ante ese cementerio
que era un placer”. Es la historia, sus creencias y prejuicios, sus paradigmas
y tabúes, la que ha modelado la emoción, el dolor y la alegría en el
individuo. Es decir, la clausura no es inmanente a la existencia humana. Es una
clausura política —cultural, religiosa— y se puede ver una fisura en ella
usando el lente de la historia.
Refiriéndose al
contexto latinoamericano, el peruano Manuel Burga observa que “la risa, la
fiesta popular, la alegría profana, como lo ha demostrado Bakhtin para la
Europa renacentista, también tuvieron en los Andes un valor semejante para
enfrentar la cultura impuesta por el sistema colonial”.
Años después, Mario Benedetti, analizando Memoria
del fuego (1982-86) de Eduardo Galeano, insiste en el valor revolucionario
de la alegría, atribuido ahora a la metafísica amerindia, significativamente
integrada y opuesta a la tradición cristiana: “cuando lejos de Cuzco, la
tristeza de Jesús preocupa a los indios tepehuas, y entonces inventan la danza
de los viejos, y cuando Jesús vio a la Vieja y al Viejo ‘haciendo el amor,
levantó la frente y rió por primera vez’”. Por la misma época, Umberto
Eco recordaba la tradición del sufrimiento como valor superior. En Il
nome della rosa (1980) creó un monje malhumorado que insiste que Jesús
nunca se rió, de donde se deduce la naturaleza diabólica de la risa. Ocho años
más tarde, adentrado en el género de la novela histórica, Tomás de Mattos,
desde su mirada revisionista de un período que se cerraba en el Río de la
Plata, expone en Bernabé, Bernabé!
(1988) el drama del genocidio de los indios charrúas en un país que históricamente
se había considerado blanco, europeísta y civilizado. La narradora principal,
Josefina Péguy, analiza en una de sus cartas la etimología del nombre del último
cacique sobreviviente: “Sepé quiere decir, en charrúa, ‘sabio’. Me parece que fue un
nombre bien escogido —o adoptado— porque el cacique era dueño de una risa
verdadera, de la que nace del jubiloso goce de las cosas cotidianas”. Josefina
Péguy agregaba que ello se debía a que el cacique Sepé no estaba contaminado
con el mito del progreso, pero bien se podía entender, según nuestro análisis,
que tampoco estaba marcado por la tradición del cristianismo que en su versión
católica condenó el oro mientras toleraba su extracción americana y en su
versión calvinista simplemente lo legitimizó, al tiempo que condenaba todo
epicureismo y sensualidad.
(Parte 2)
A la clausura existencial, marcada por la angustia, el dolor y el
pesimismo del individuo perdido en su propio yo, súbitamente le surge en los
’60 un temeroso rival: la alegría de la revolución, la comunión del yo con
el pueblo. Paso a paso se irá confirmando la voluntad de revisión moral. En
1973 Benedetti alude directamente a Jorge Luis Borges: “por eso en este jardín
no hay senderos que se bifurquen […] adiós al laberinto adiós al dédalo /
adiós al relajo de antiguas lenguas germánicas / este camino es recto / el
pueblo avanza puteando alegremente / y las puteadas tampoco se bifurcan / dan en
el blanco…”. La misma reacción es la de Francisco Urondo, una especie de
deliberado antivalor nietzscheano que no se corresponde con el canon tradicional
del poeta ensimismado sino precisamente lo contrario: “No tengo / vida
interior: afuera / está todo lo que amo y todo / lo que acobarda”.
El tradicional dolor del pueblo
bajo la opresión es repetidas veces revertido en alegría vinculada a una
posible liberación, nunca desprendida de la imagen fuerte y redentora de un
individuo, casi siempre de un antagónico. De ese mismo año, 1973, es el
recuerdo de Eduardo Galeano para los momentos previos al regreso de Juan D. Perón
a Argentina. Antes de la tragedia, Galeano recuerda en Días y noches de amor y de guerra (1978) que “había un clima de
fiesta. La alegría popular, hermosura contagiosa, me abrazaba, me levantaba, me
regalaba fe”. Pero el mismo Galeano recuerda otra anécdota que revela la
contracara artificial y demagógica de este gesto: “Una mañana, en los
primeros tiempos del exilio, el caudillo [Perón] había explicado a su anfitrión,
en Asunción, del Paraguay, la importancia política de la sonrisa” y para
mostrársela “le puso la dentadura postiza en la palma de la mano”.
Otras veces, la alegría se
convierte en una profesión de fe, aún cuando el individuo ha dejado por
momentos de creer (la fe humanística y el carácter sagrado del texto son los
dos pilares centrales de la literatura del compromiso). Bajo el título de
“Introducción a la literatura”, Galeano se desdobla en yo
y en Eduardo; el primero estuvo unos días
escribiendo “tristezas” que una noche Eduardo rechaza con una mueca: “No
tenés derecho”, le dice Eduardo a la voz narrativa y le cuenta que días atrás
bajó a comprar fiambres y la mujer que atendía tenía debajo del mostrador uno
de sus libros, que lee todos los días. “Ya lo leí varias veces —dijo la
fiambrera—. Lo leo porque me hace bien. Yo soy uruguaya, ¿sabe?”. Por lo
que Eduardo insiste: “no tenés derecho’, mientras hace a un lado las
cositas lastimeras, quizás mariconas, que yo escribí en esos días”. La opción
recuerda al cura de San
Manuel Bueno mártir (1930) de Unamuno,
quien predicaba ya sin fe en Dios pero por fe en el pueblo que necesita creer.
La diferencia radica, tal vez, en que aquí es la vendedora, el pueblo, quien
devuelve la fe al escritor comprometido, renovándole los votos del compromiso.
Más tarde, luego de la derrota,
el exilio y el regreso de la clausura política, Galeano escapa a la clausura
existencial radicalizando su regreso al origen amerindio o a una de sus
representaciones. Casi como un creyente, recoge la mitología dispersa y
desestimada y le da nueva vida. En el principio de Memoria
del fuego (1982) el mito de la creación de los maquiritari es fundamental.
No sólo recuerda que “la muerte es mentira” sino que la alegría original
vence al dolor occidental. “Los indios makiritare saben que si Dios sueña con
comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da
nacimiento”. La primer mujer y el primer hombre “soñaban que en el sueño
de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio”. Y al soñar
con la alegría —Dios o la humanidad, es lo mismo—, la alegría era
realizada. Tiempo después, debido a la muerte de un hombre de la tribu kayapó
que se rió por la caricia de un murciélago y murió, “los guerreros
resolvieron que la risa fuera usada solamente por las mujeres y los niños”.
Así la risa y la alegría vuelven a ser secuestradas por el poder y pierden su
valor original.
En
Centroamérica, un Roque Dalton desafiante acusaba: “yo sé que odiáis la
risa”, pero “bajo las sábanas me río”. En Taberna
(1966) confiesa su lucha “para tener fe tan sólo en el deseo / y en el amor
de quienes no olvidaron / el amor y la risa”. Pero Dalton también es
consciente del doble filo de este gesto, un signo secuestrado. “Desde la
conquista española mi pueblo ríe idiotamente por una gran herida. Casi siempre
es de noche y por eso no se mira sangrar”. En la tradición, la mera risa no
es subversiva sino un narcótico que impide la toma de conciencia. Sólo “la
alegría es revolucionaria, camaradas, / como el trabajo y la paz”. Este estímulo
se convierte en una razón de la literatura. En “Por qué escribimos”,
reconoce que “uno hace versos y ama / la extraña risa de los niños / el
subsuelo del hombre / que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda, / la
instauración de la alegría / que profetiza el humo de las fábricas”. Alegría
y liberación conforman una alianza recurrente. Según
Benedetti en “Haroldo Conti: un militante de la vida” (1976),
la novela Mascaró en lo más hondo “es
una metáfora de la liberación, pero expresada sin retórica, narrada con
fruición, atravesada de humor” (Crítica
cómplice, 1988). “En la parábola de Mascaró campea un gusto por la vida, una espléndida gana de reír,
como si quisiera indicarnos que las instancias liberadoras no son palabras ni
posturas resecas sino actitudes naturales, flexibles, creadoras”.
El
carácter de la alegría no es revindicado sólo en la literatura comprometida
sino también en sus propios autores. Muerte y alegría alcanzan aquí una
conjugación particular. Como hiciera Eduardo Galeano en 1978, Mario Benedetti
recuerda en “El humor poético de Roque Dalton” (1981) que el salvadoreño
“en el trato personal era un fabuloso narrador de chistes (los coleccionaba,
casi como un filatélico), nunca llevó a su poesía la broma en bruto, sino la
metáfora humorística. Refiriéndose a Urondo, el mismo Benedetti señalaba
“su optimismo era incurable, pues: ‘Nada hay más hermoso que vivir, aunque
sea perdiendo’. Y tenía razón”. Luego, con un guiño que es difícil
separar de Ernesto Sábato, continúa: “quede el pesimismo para los esclavos
de su propia pesadilla, para los que sobrevuelan como buitres su catástrofe
privada. Sólo quien alcance un colmo de optimismo tendrá fuerzas para ofrendar
la vida”. Más tarde en “Paco Urondo, constructor de optimismos” (1977),
el mismo Benedetti completa el retrato y la valoración de este motor anímico:
“en él la risa era algo así como su identidad. Siempre pensé que Paco [Urondo],
cuando debía llevar una vida ilegal, no tenía más remedio que ponerse serio,
ya que en él reírse era como decir su nombre”. También Juan Gelman recordará
a su amigo poeta años después en Hechos
y relaciones (1980) por el mismo rasgo:
“andás / en la sonrisa
estruendo pólvora / que atacan cada
día al enemigo? / ¿Volvieron / feroz
a la alegría que caía de vos?”.
El
sacrificio y la muerte son entendidos, como en la tradición cristiana, como
requisitos de renacimiento. Pero el Hombre nuevo que pregonaron los
intelectuales comprometidos no renace en la utopía del Paraíso celestial sino
en la utopía de la humanidad futura. Su martirio no pretende ser asumido con el
verdadero dolor de la tortura y la crucifixión sino con la alegría de quien no
teme ningún infierno eterno.
(Parte 3)
Rodolfo
Walsh, con motivo de la muerte de Francisco Urondo, escribió en su obituario:
“Mi querido Paco: […] lo primero que me acude a la memoria es la frase del
poeta guerrillero checo, al que mataron los nazis, que dejó escrito: ‘recuérdenme
siempre en nombre de la alegría’”. El mismo Walsh, un día después de la
muerte de Ernesto Che Guevara, bajó a
comprar el diario y lo primero que vio y recordó luego fueron “esos ojos
abiertos, rompiendo el porvenir y esa especie de sonrisa con la boca fuerte,
pero muerta”. Aunque otras fotografías no dejan ver con la misma claridad
esta expresión viva pero ambigua del muerto, es la sonrisa lo que ven los
escritores del compromiso. El nicaragüense Ernesto Cardenal en Canto nacional (1973) poetizaba que “el
Che después de muerto sonreía como recién salido del hades”. Tampoco Eduardo
Galeano puede dejar de observar lo mismo: “le miré largamente la sonrisa, a
la vez irónica y tierna […] Pensé: ‘Ha fracasado. Está muerto’. Y pensé:
‘No fracasará nunca. No morirá jamás’, y con los ojos fijos en esa cara
de Jesucristo rioplatense me vinieron ganas de felicitarlo”. Pero Jesús nunca
es representado con una sonrisa sino, por el contrario, la tradición cristiana
ha consagrado todas las variaciones del dolor en sus retratos imaginados por
Europa.
Pablo
Neruda, otro ejemplo del poeta celebrado por su compromiso político, poetizó
el problema ideológico de la alegría de una forma que resume su tiempo:
“Cuando yo escribía versos de amor, que me brotaban / todas partes, y me moría
de tristeza” todos me aplaudían. Hasta que “me fui por los callejones de
las minas / a ver cómo vivían otros hombres”, y por eso cambiaron los
aplausos por la policía, “porque no seguía preocupado exclusivamente / de
asuntos metafísicos / pero yo había conquistado la alegría”. La política
militante aparece junto con este factor de la alegría, que se expresa por la
vitalidad de la sonrisa o del cuerpo. La reivindicación del oprimido o del
marginado, es motivo de esta celebración: “me voy a bailar por los caminos /
con mis hermanos negros de la Habana”.
En la misma dirección apunta un
discurso de otro intelectual militante, Ernesto Guevara, en el acto de entrega
de Certificados de Trabajo, el 15 de agosto de 1964. Guevara recita un poema del
republicano español León Felipe, exiliado en México. Este instante, captado
en una breve película, insiste en la necesidad de un cambio de actitud ante el
trabajo, el valor nuevo de la alegría despojada del interés material, y lo
hace recurriendo a un pasado mítico, a la corrupción de la historia por ese
interés material, denunciado en la ficción de Tomás Moro: “Pero el hombre
es un niño laborioso y estúpido que ha convertido el trabajo en una sudorosa
jornada, convirtió el palo del tambor en una azada y en vez de tocar sobre la
tierra una canción de júbilo, se puso a cavar” […] quiero decir que nadie
ha podido cavar al ritmo del sol, y que nadie todavía ha cortado una espiga con
amor y con gracia. / Es precisamente la actitud de los derrotados, dentro de
otro mundo, de otro mundo que nosotros ya hemos dejado afuera frente al trabajo;
en todo caso, la aspiración de volver a la naturaleza, de convertir en un juego
el vivir cotidiano”.
Jorge
Edwards, reconocido crítico de la Revolución cubana, reconoce de su
experiencia como embajador en La Habana a finales de los ’60 que a pesar de
las frustraciones, “había en ciertos sectores de la Revolución, también,
una alegría, una especie de gratitud que sobrepasaba los esquemas” (Persona
non grata, 1973). La idea del héroe, de la vanguardia, es la misma para el
militante, el guerrillero o el poeta: “el poeta es un optimista, pero no un
iluso. […] Paso a paso, poema a poema, riesgo a riesgo, ese poeta construye su
optimismo” (Benedetti, Crítica cómplice,
1988).
Pero la alegría no sólo tiene
por enemigo a la tristeza y la tradición del martirio sino, también, sus
falsos sustitutos: Benedetti y Viglietti entendían la necesidad de “defender
la alegría como destino / de las vacaciones y del agobio / de la obligación de
estar alegres” (A dos voces, 1994).
Pero es Eduardo Galeano quien más claramente sintetiza, en un relato de El libro de los abrazos (1989), el valor de la risa y la alegría y
la desacralización del oro capitalista, el cadáver, la máscara vacía de la emoción. Con el título de “El vendedor
de risas” anota su paso por la playa de Malibú, frente a la casa donde “vivía
el hombre que abastecía de risas a Hollywood”. Este mercader de la alegría
se había vuelto rico grabando y vendiendo risas de todo tipo y género para el
cine y la televisión, “pero él era un hombre más bien melancólico, y tenía
una mujer que de una mirada quitaba a cualquiera las ganas de reír”. Es la
misma observación que Cardenal y Nicolás Guillén hacen de la sonriente
Marilyn Monroe, suicidándose en un mundo perfecto. Al igual que Benedetti ve en
1959 en los negros de Estados Unidos “las tres clases de seres más vivos de
este Norte / quiero decir los negros / las negras / los negritos” (Hasta aquí, 1974), Galeano anota la diferencia entre la risa
artificial, hecha para el beneficio capitalista, y la risa espontánea,
verdadera, producto de la alegría de lo vital del latino: “Ella y él se
fueron de su casa de la playa de Malibú, y nunca más volvieron. Se fueron
huyendo de los mexicanos que comen comida picante y tienen la maldita costumbre
de reír a las carcajadas” (Libro d e
los abrazos, 1989).
Se
entiende que con la alegría ha nacido la rebelión y con ella nacerá la nueva
sociedad en sus orígenes heroicos. La “palabra revolución”, dice
Benedetti, no es sólo alude a un concepto abstracto de la historia, sino que se
encuentra encarnada: “además tiene músculos y brazos y piernas y pulmones y
corazón y ojos que esperan y confían”. Es el rostro de un pueblo que
“sufre y aprende, que traga amargura y sin embargo propone una alegría
tangible”. Este reconocimiento del escritor, la alegría, se produce “cuando
el político o el intelectual ‘descienden’ al pueblo para transmitirle su
‘fórmula infalible’, entonces sí la vanidad puede significar un seguro de
incomunicación que a algunos escritores les resulta por cierto muy confortable,
quizás porque no tienen nada que comunicar”.
Todavía
a fines de los ’70, con las renovadas esperanzas revolucionarias provenientes
de la Revolución sandinista, Benedetti insistía con el valor de la alegría:
“después vino el futuro y vendrán otros / pero no volverá el pasado inmundo
/ nicaragua ha sido esta vez invadida / por su rotunda gana de ser pueblo”. Lo
que significa, que “en algunas diáfanas temporadas”, la realidad se
convierte en “alegría de un hombre / y de una suma de hombres” (Vientos del exilio, 1981). Junto con Viglietti identificó, otra vez,
los dos elementos de la ecuación de la psicología militante: “defender la
alegría como una trinchera”.
Pero
el destino de la historia, la liberación del pueblo oprimido, debe frustrarse:
“Canté como si supiera, / con el aire de mi pueblo / y al borde de la alegría
/ la muerte nos quitó el sueño” (A dos
voces, 1994).
En
los ’80 y ’90 la clausura política se convierte otra vez en clausura
existencial. La posmodernidad impone un nihilismo hedonista que revive la risa
de plástico de la cultura del consumo durante un par de décadas. Se promueve
el deseo y se castiga el placer para que la ansiedad lubrique la gran maquinaria.
Hasta que el humanismo moderno reaparece en el nuevo siglo, con su paso lento y
casi siempre imperceptible desde el siglo XIV. Entonces, la alegría epicúrea
vuelve a disputarle un espacio a los paraísos alucinógenos del consumismo
suicida.
Jorge
Majfud
Abril
2008
El humanismo, la última gran utopía de Occidente
The University of Georgia
Una de las características del pensamiento conservador a lo largo de la historia moderna ha sido la de ver el mundo según compartimentos más o menos aislados, independientes, incompatibles. En su discurso, esto se simplifica en una única línea divisoria: Dios y el diablo, nosotros y ellos, los verdaderos hombres y los bárbaros. En su práctica, se repite la antigua obsesión por las fronteras de todo tipo: políticas, geográficas, sociales, de clase, de género, etc. Estos espesos muros se levantan con la acumulación sucesiva de dos partes de miedo y una de seguridad.
Traducido a un lenguaje posmoderno, esta necesidad de las fronteras y las corazas se recicla y se vende como micropolítica, es decir, un pensamiento fragmentado (la propaganda) y una afirmación localista de los problemas sociales en oposición a la visión más global y estructural de la pasada Era Moderna.
Estas comarcas son mentales, culturales, religiosas, económicas y políticas, razón por la cual se encuentran en conflicto con los principios humanísticos que prescriben el reconocimiento de la diversidad al mismo tiempo que una igualdad implícita en lo más profundo y valioso de este aparente caos. Bajo este principio implícito surgieron los estados pretendidamente soberanos algunos siglos atrás: aún entre dos reyes, no podía haber una relación de sumisión; entre dos soberanos sólo podía haber acuerdos, no obediencia. La sabiduría de este principio se extendió a los pueblos, tomando forma escrita en la primera constitución de Estados Unidos. El reconocer como sujetos de derecho a los hombres y mujeres comunes (“We the people…”) era la respuesta a los absolutismos personales y de clase, resumido en el exabrupto de Luis XIV, “l’État c’est Moi”. Más tarde, el idealismo humanista del primer bosquejo de aquella constitución se relativizó, excluyendo la utopía progresista de abolir la esclavitud.
El pensamiento conservador, en cambio, tradicionalmente ha procedido de forma inversa: si las comarcas son todas diferentes, entonces hay unas mejores que otras. Esta última observación sería aceptable para el humanismo si no llevase explícito uno de los principios básicos del pensamiento conservador: nuestra isla, nuestro bastión es siempre el mejor. Es más: nuestra comarca es la comarca elegida por Dios y, por lo tanto, debe prevalecer a cualquier precio. Lo sabemos porque nuestros líderes reciben en sus sueños la palabra divina. Los otros, cuando sueñan, deliran.
Así, el mundo es una permanente competencia que se traduce en amenazas mutuas y, finalmente, en la guerra. La única opción para la sobrevivencia del mejor, del más fuerte, de la isla elegida por Dios es vencer, aniquilar al otro. No es raro que los conservadores de todo el mundo se definan como individuos religiosos y, al mismo tiempo, sean los principales defensores de las armas, ya sean personales o estatales. Es, precisamente, lo único que le toleran al Estado: el poder de organizar un gran ejército donde poner todo el honor de un pueblo. La salud y la educación, en cambio, deben ser “responsabilidades personales” y no una carga en los impuestos a los más ricos. Según esta lógica, le debemos la vida a los soldados, no a los médicos, así como los trabajadores le deben el pan a los ricos.
Al mismo tiempo que los conservadores odian la Teoría de la evolución de Darwin, son radicales partidarios de la ley de sobrevivencia del más fuerte, no aplicada a todas las especies sino a los hombres y mujeres, a los países y las sociedades de todo tipo. ¿Qué hay más darviniano que las corporaciones y el capitalismo en su raíz?
Para el sospechosamente célebre profesor de Harvard, Samuel Huntington, “el imperialismo es la lógica y necesaria consecuencia del universalismo”. Para nosotros los humanistas, no: el imperialismo es sólo la arrogancia de una comarca que se impone por la fuerza a las demás, es la aniquilación de esa universalidad, es la imposición de la uniformidad en nombre de la universalidad.
La universalidad humanista es otra cosa: es la progresiva maduración de una conciencia de liberación de la esclavitud física, moral e intelectual, tanto del oprimido como del opresor en última instancia. Y no puede haber conciencia plena si no es global: no se libera una comarca oprimiendo a otras, no se libera la mujer oprimiendo al hombre, and so on. Con cierta lucidez pero sin reacción moral, el mismo Huntington nos recuerda: “Occidente no conquistó al mundo por la superioridad de sus ideas, valores o religión, sino por la superioridad en aplicar la violencia organizada. Los occidentales suelen olvidarse de este hecho, los no-occidentales nunca lo olvidan”.
El pensamiento conservador también se diferencia del progresista por su concepción de la historia: si para uno la historia se degrada inevitablemente (como en la antigua concepción religiosa o en la concepción de los cinco metales de Hesíodo) para el otro es un proceso de perfeccionamiento o de evolución. Si para uno vivimos en el mejor de los mundos posibles, aunque siempre amenazado por los cambios, para el otro el mundo dista mucho de ser la imagen del paraíso y la justicia, razón por la cual no es posible la felicidad del individuo en medio del dolor ajeno.
Para el humanismo progresista no hay individuos sanos en una sociedad enferma como no hay sociedad sana que incluya individuos enfermos. No es posible un hombre saludable con un grave problema en el hígado o en el corazón, como no es posible un corazón sano en un hombre deprimido o esquizofrénico. Aunque un rico se define por su diferencia con los pobres, nadie es verdaderamente rico rodeado de pobreza.
El humanismo, como lo concebimos aquí, es la evolución integradora de la conciencia humana que trasciende las diferencias culturales. Los choques de civilizaciones, las guerras estimuladas por los intereses sectarios, tribales y nacionalistas sólo pueden ser vistas como taras de esa geopsicología.
Ahora, veamos que la magnífica paradoja del humanismo es doble: (1) consistió en un movimiento que en gran medida surgió entre los religiosos católicos del siglo XIV y luego descubrió una dimensión secular de la creatura humana, y además (2) fue un movimiento que en principio revaloraba la dimensión del hombre como individuo para alcanzar, en el siglo XX, el descubrimiento de la sociedad en su sentido más pleno.
Me refiero, en este punto, a la concepción del individuo como lo opuesto a la individualidad, a la alienación del hombre y la mujer en sociedad. Si los místicos del siglo XV se centraban en su yo como forma de liberación, los movimientos de liberación del siglo XX, aunque aparentemente fracasados, descubrieron que aquella actitud de monasterio no era moral desde el momento que era egoísta: no se puede ser plenamente feliz en un mundo lleno de dolor. Al menos que sea la felicidad del indiferente. Pero no es por algún tipo de indiferencia hacia el dolor ajeno que se define cualquier moral en cualquier parte del mundo. Incluso los monasterios y las comunidades más cerradas, tradicionalmente se han dado el lujo de alejarse del mundo pecaminoso gracias a los subsidios y las cuotas que procedían del sudor de la frente de los pecadores. Los Amish en Estados Unidos, por ejemplo, que hoy usan caballos para no contaminarse con la industria automotriz, están rodeados de materiales que han llegado a ellos, de una forma o de otra, por un largo proceso mecánico y muchas veces de explotación del prójimo. Nosotros mismos, que nos escandalizamos por la explotación de niños en los telares de India o en las plantaciones en África y América Latina consumimos, de una forma u otra, esos productos. La ortopraxia no eliminaría las injusticias del mundo —según nuestra visión humanista—, pero no podemos renunciar o desvirtuar esa conciencia para lavar nuestros remordimientos. Si ya no esperamos que una revolución salvadora cambie la realidad para que ésta cambie las conciencias, procuremos, en cambio, no perder la conciencia colectiva y global para sostener un cambio progresivo, hecho por los pueblos y no por unos pocos iluminados.
Según nuestra visión, que identificamos con el último estadio del humanismo, el individuo con conciencia no puede evitar el compromiso social: cambiar la sociedad para que ésta haga nacer, a cada paso, un individuo nuevo, moralmente superior. El último humanismo evoluciona en esta nueva dimensión utópica y radicaliza algunos principios de la pasada Era Moderna, como lo es la rebelión de las masas. Razón por la cual podemos reformular el dilema: no se trata de un problema de izquierda o derecha sino de adelante o atrás. No se trata de elegir entre religión o secularismo. Se trata de una tensión entre el humanismo y el trivalismo, entre una concepción diversa y unitaria de la humanidad y en otra opuesta: la visión fragmentada y jerárquica cuyo propósito es prevalecer, imponer los valores de una tribu sobre las otras y al mismo tiempo negar cualquier tipo de evolución.
Ésta es la raíz del conflicto moderno y posmoderno. Tanto el Fin de la historia como el Choque de civilizaciones pretenden encubrir lo que entendemos es el verdadero problema de fondo: no hay dicotomía entre Oriente y Occidente, entre ellos y nosotros, sino entre la radicalización del humanismo (en su sentido histórico) y la reacción conservadora que aún ostenta el poder mundial, aunque en retirada —y de ahí su violencia.
Jorge Majfud
2 de febrero de 2007
L'Humanisme,
la dernière grande utopie d'Occident.
L'Humanisme, la dernière grande utopie
d'Occident
"L'Occident n'a pas conquis le monde par la supériorité de ses idées, de ses
valeurs ou de sa religion, mais par la supériorité à appliquer la violence
organisée. Les occidentaux oublient généralement ce fait, les non-occidentaux
ne l'oublient jamais".
Par Jorge Majfud *
El Correo . Paris, 2 février 2007.
Une des caractéristiques de la pensée conservatrice tout au long de l'histoire moderne fut de voir le monde à travers des compartiments plus ou moins isolés, indépendants, incompatibles. Dans son discours, ceci est simplifié par une seule ligne de démarcation : Dieu et le diable, nous et ils, les véritables hommes et les barbares. Dans sa pratique, on répète l'ancienne obsession par des frontières de toute sorte : politiques, géographiques, sociales, de classe, de genre, etc. Ces murs épais sont élevés avec l'accumulation successive de deux louches de peur et d'une de sécurité.
Traduit dans un langage postmoderne, cette nécessité de frontières et de cuirasses est recyclée et vendue comme une micropolitique, c'est-à-dire, une pensée fragmentée (la propagande) et une affirmation locale des problèmes sociaux en opposition à la vision la plus globale et structurelle de l'Ere Moderne précédente.
Ces segments sont mentaux, culturels, religieux, économiques et politiques, raison pour laquelle ils se trouvent en conflit avec les principes humanistes que prescrit la reconnaissance de la diversité en même temps qu'une égalité implicite au plus profond et au cœur de ce chaos apparent. Sous ce principe implicite sont apparus des Etats prétendument souverains il y a quelques siècles : même entre deux rois, il ne pouvait pas y avoir une relation de soumission ; entre deux souverains, il pouvait seulement y avoir des accords, pas d'obéissance. La sagesse de ce principe a été étendue aux peuples, prenant une forme écrite dans la première constitution des Etats-Unis. Reconnaître comme sujets de droit, les hommes et les femmes ("We the people...") était la réponse aux absolutismes personnels et de classe, résumé dans la réplique cinglante de Louis XIV,"l'État c'est Moi". Plus tard, l'idéalisme humaniste de la première heure de cette constitution a été relativisé, excluant l'utopie progressiste de l'abolition de l'esclavage.
La pensée conservatrice, par contre, a traditionnellement procédé de manière inverse : si les pays sont tous différents, toutefois quelques uns sont meilleurs que d'autres. Cette dernière observation serait acceptable pour l'humanisme si elle ne portait pas explicitement un des principes de base de la pensée conservatrice : notre île, notre bastion est toujours le mieux. En plus : notre pays est le pays choisi par Dieu et, par conséquent, doit régner à tout prix. Nous le savons parce que nos chefs reçoivent dans leurs rêves la parole divine. Les autres, quand ils rêvent, délirent.
Ainsi, le monde est une concurrence permanente qui s'est traduite, finalement, dans des menaces mutuelles et dans la guerre. La seule option pour la survie du meilleur, du plus fort, de l'île choisie par Dieu est de vaincre, d'annihiler l'autre. Il n'est pas rare que les conservateurs dans le monde soient définis comme individus religieux et, en même temps, qu'ils soient les principaux défenseurs des armes, qu'elles soient personnelles ou étatiques. C'est, précisément, la seule chose qu'ils tolèrent à l'État : le pouvoir d'organiser une grande armée où mettre tout l'honneur d'un peuple. La santé et l'éducation, en revanche, doivent relever des "responsabilités personnelles" et non être une charge sur les impôts des plus riches. Selon cette logique, nous devons la vie aux soldats, non aux médecins, ainsi que les travailleurs doivent le pain aux riches.
En même temps que les conservateurs haïssent la Théorie de l'évolution de Darwin, ils sont des partisans radicaux de la loi de survie du plus fort, non appliquée à toutes les espèces mais aux hommes et aux femmes, aux pays et aux sociétés de tout type. Qu'est-ce qu'il y de plus darwinien que les entreprises et le capitalisme à sa racine ?
Pour le très douteux professeur de Harvard, Samuel Huntington, "l'impérialisme est la conséquence logique et nécessaire de l'universalisme". Pour nous les humanistes, non : l'impérialisme est seulement l'arrogance d'un secteur qui est imposé par la force aux autres, il est l'annihilation de cette universalité, c'est l'imposition de l'uniformité au nom de l'universalité.
L'universalité humaniste est autre chose : c'est la maturation progressive d'une conscience de libération de l'esclavage physique, moral et intellectuel, tant de l'oppressé que de l'oppresseur en dernier ressort. Et il ne peut pas y avoir pleine conscience s'il n'est pas global : on ne libère pas un pays en oppressant un autre, la femme ne se libère pas en oppressant à l'homme, et son contraire. Avec une certaine lucidité mais sans réaction morale, le même Huntington nous le rappelle : "L'Occident n'a pas conquis le monde par la supériorité de ses idées, de ses valeurs ou de sa religion, mais par la supériorité à appliquer la violence organisée. Les occidentaux oublient généralement ce fait, les non-occidentaux ne l'oublient jamais".
La pensée conservatrice aussi s'est différencie du progressiste par sa conception de l'histoire : si pour le première l'histoire se dégrade inévitablement (comme dans l'ancienne conception religieuse ou dans la conception des cinq métaux d'Hésiode (Poète grec, milieu du 8ème Siècle avant J.C.), pour l'autre c'est un processus d'amélioration ou d'évolution. Si pour l'un, nous vivons dans le meilleur des mondes possibles, bien que toujours menacé par des changements, pour l'autre le monde est bien loin d'être l'image du paradis et de la justice, raison pour laquelle le bonheur de l'individu n'est pas possible au milieu de la douleur d'autrui.
Pour l'humanisme progressiste, il n'y a pas d'individus sains dans une société malade comme il n'y a pas société saine qui inclut des individus malades. Il n' y a pas d' homme sain avec un problème grave au foie ou au cœur, comme un cœur sain dans un homme déprimé ou schizophrénique n'est pas possible. Bien qu'un riche soit défini par sa différence avec les pauvres, personne de véritablement riche n'est entouré de pauvreté.
L'humanisme, comme nous le concevons ici, est l'évolution intégratrice de la conscience humaine qui pénètre les différences culturelles. Les chocs de civilisations [1], les guerres stimulées par les intérêts sectaires, tribaux et nationalistes peuvent seulement être vues comme des tares de cette géo-psychologie.
Maintenant, voyons comment le paradoxe magnifique de l'humanisme est double :
1) ce fut un mouvement qui dans une grande mesure est apparu chez les Catholiques pratiquants du XIVème siècle et ensuite a découvert une dimension séculaire de la créature humaine, et
2) il a été en outre un mouvement qui en principe revalorisait la dimension de l'homme comme individu pour atteindre, au XXème siècle, la découverte de la société dans son sens le plus plein.
Je me réfère, sur ce point, à la conception de l'individu comme ce qui est opposé à l'individualité, à l'aliénation de l'homme et de la femme en société. Si les mystiques du XVème siècle se centraient sur « son soi » comme forme de libération, les mouvements de libération du XXème siècle, bien qu'apparemment ayant échoués, on a découvert que cette attitude de monastère n'était pas morale depuis le moment qu'elle était égoïste : on ne peut pas être pleinement heureux dans un monde plein de douleur. A moins que ce soit le bonheur de l'indifférent. Mais il ne l'est pas à cause d' un certain type d'indifférence vers la douleur d'autrui qui définit toute morale n'emporte où dans le monde. Y compris dans les monastères et les Communautés les plus fermées, traditionnellement on se donnait le luxe de s'éloigner du monde des pécheurs grâce aux subventions et aux quotes-parts qui venaient de la sueur du front des ces mêmes pécheurs.
Les Amish aux Etats-Unis, par exemple, qui utilisent aujourd'hui des chevaux pour ne pas être contaminés par l'industrie des véhicules à moteur, sont entourés de matériels qui sont arrivés jusqu' à eux, d'une manière ou d'une autre, par un long processus mécanique et souvent par l'exploitation du prochain. Nous-mêmes, qui nous nous scandalisons de l'exploitation d'enfants dans les métiers à tisser de l'Inde ou dans les plantations en Afrique et Amérique Latine, nous consommons, d'une manière ou d'une autre, ces produits. L'orthopraxie n'éliminerait pas les injustices du monde - selon notre vision humaniste -, mais nous ne pouvons pas renoncer ou affaiblir cette conscience pour laver nos remords. Si déjà nous n'espérons plus qu'une révolution salvatrice change la réalité et change les consciences, essayons, en revanche, de ne pas perdre la conscience collective et globale pour soutenir un changement progressif, fait par les peuples et non par quelques illuminés.
Selon notre vision, que nous identifions par le dernier stade de l'humanisme, l'individu avec conscience ne peut pas éviter l'engagement social : changer la société pour que celle-ci fasse naître, à chaque pas, un individu nouveau, moralement supérieur. Le dernier humanisme évolue dans cette nouvelle dimension utopique et radicalise quelques principes de la précédente Ere Moderne, comme l'est la rébellion des masses. Raison pour laquelle nous pouvons reformuler le dilemme : il ne s'agit pas d'un problème de gauche ou de droite mais d'avant ou d'arrière. Il ne s'agit pas de choisir entre religion ou sécularisme. Il s'agit d'une tension entre l'humanisme et le tribalisme, entre une conception diverse et unitaire de l'humanité et une autre opposée : la vision fragmentée et hiérarchique dont le but est de régner, d'imposer les valeurs d'une tribu sur les autres et en même temps nier tout type d'évolution.
Telle est la racine du conflit moderne et postmoderne. Tant la Fin de l'Histoire que le Choc de Civilisations prétendent cacher ce que nous estimons être le véritable problème de fond : il n'y a pas dichotomie entre l'Est et l'Occident, entre eux et nous, mais entre la radicalisation de l'humanisme (dans son sens historique) et la réaction conservatrice que brandit encore le pouvoir mondial, bien qu'en retrait -et à partir de là sa violence.
* Jorge Majfud est auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l'Université de Géorgie, Etats Unis. Auteur, entre autres livres, de "La reina de América" et de "La narración de lo invisible".
Traduction de l'espanol pour El Correo de : Estelle et Carlos Debiasi
Note :
[1]
The clash of Civilizations , de Samuel Hungtington
The University of Georgia
One of the characteristics of conservative thought throughout modern history has been to see the world as a collection of more or less independent, isolated, and incompatible compartments. In its discourse, this is simplified in a unique dividing line: God and the devil, us and them, the true men and the barbaric ones. In its practice, the old obsession with borders of every kind is repeated: political, geographic, social, class, gender, etc. These thick walls are raised with the successive accumulation of two parts fear and one part safety.
Translated into a postmodern language, this need for borders and shields is recycled and sold as micropolitics, which is to say, a fragmented thinking (propaganda) and a localist affirmation of social problems in opposition to a more global and structural vision of the Modern Era gone by.
These regions are mental, cultural, religious, economic and political, which is why they find themselves in conflict with humanistic principles that prescribe the recognition of diversity at the same time as an implicit equality on the deepest and most valuable level of the present chaos. On the basis of this implicit principle arose the aspiration to sovereignty of the states some centuries ago: even between two kings, there could be no submissive relationship; between two sovereigns there could only be agreements, not obedience. The wisdom of this principle was extended to the nations, taking written form in the first constitution of the United States. Recognizing common men and women as subjects of law (“We the people…”) was the response to personal and class-based absolutisms, summed up in the outburst of Luis XIV, “l’Etat c’est Moi.” Later, the humanist idealism of the first draft of that constitution was relativized, excluding the progressive utopia of abolishing slavery.
Conservative thought, on the other hand, traditionally has proceeded in an inverse form: if the regions are all different, then there are some that are better than others. This last observation would be acceptable for humanism if it did not contain explicitly one of the basic principles of conservative thought: our island, our bastion is always the best. Moreover: our region is the region chosen by God and, therefore, it should prevail at any price. We know it because our leaders receive in their dreams the divine word. Others, when they dream, are delirious.
Thus, the world is a permanent competition that translates into mutual threats and, finally, into war. The only option for the survival of the best, of the strongest, of the island chosen by God is to vanquish, annihilate the other. There is nothing strange in the fact that conservatives throughout the world define themselves as religious individuals and, at the same time, they are the principal defenders of weaponry, whether personal or governmental. It is, precisely, the only they tolerate about the State: the power to organize a great army in which to place all of the honor of a nation. Health and education, in contrast, must be “personal responsibilities” and not a tax burden on the wealthiest. According to this logic, we owe our lives to the soldiers, not to the doctors, just like the workers owe their daily bread to the rich.
At the same time that the conservatives hate Darwin’s Theory of Evolution, they are radical partisans of the law of the survival of the fittest, not applied to all species but to men and women, to countries and societies of all kinds. What is more Darwinian than the roots of corporations and capitalism?
For the suspiciously celebrated professor of Harvard, Samuel Huntington, “imperialism is the logic and necessary consequence of universalism.” For us humanists, no: imperialism is just the arrogance of one region that imposes itself by force on the rest, it is the annihilation of that universality, it is the imposition of uniformity in the name of universality.
Humanist universality is something else: it is the progressive maturation of a consciousness of liberation from physical, moral and intellectual slavery, of both the opressed and the oppressor in the final instant. And there can be no full consciousness if it is not global: one region is not liberated by oppressing the others, woman is not liberated by oppressing man, and so on. With a certain lucidity but without moral reaction, Huntington himself reminds us: “The West did not conquer the world through the superiority of its ideas, values or religion, but through its superiority in applying organized violence. Westerners tend to forget this fact, non-Westerners never forget it.”
Conservative thought also differs from progressive thought because of its conception of history: if for the one history is inevitably degraded (as in the ancient religious conception or in the conception of the five metals of Hesiod) for the other it is a process of advancement or of evolution. If for one we live in the best of all possible worlds, although always threatened by changes, for the other the world is far from being the image of paradise and justice, for which reason individual happiness is not possible in the midst of others’ pain.
For progressive humanism there are no healthy individuals in a sick society, just as there is no healthy society that includes sick individuals. A healthy man is no possible with a grave problem of the liver or in the heart, like a healthy heart is not possible in a depressed or schizophrenic man. Although a rich man is defined by his difference from the poor, nobody is truly rich when surrounded by poverty.
Humanism, as we conceive of it here, is the integrating evolution of human consciousness that transcends cultural differences. The clash of civilizations, the wars stimulated by sectarian, tribal and nationalist interests can only be viewed as the defects of that geopsychology.
Now, we should recognize that the magnificent paradox of humanism is double: 1) it consisted of a movement that in great measure arose from the Catholic religious orders of the 14th century and later discovered a secular dimension of the human creature, and in addition 2) was a movement which in principle revalorized the dimension of man as an individual in order to achieve, in the 20th century, the discovery of society in its fullest sense.
I refer, on this point, to the conception of the individual as opposed to individuality, to the alienation of man and woman in society. If the mystics of the 14th century focused on their self as a form of liberation, the liberation movements of the 20th century, although apparently failed, discovered that that attitude of the monastery was not moral from the moment it became selfish: one cannot be fully happy in a world filled with pain. Unless it is the happiness of the indifferent. But it is not due to some type of indifference toward another’s pain that morality of any kind is defined in any part of the world. Even monasteries and the most closed communities, traditionally have been given the luxury of separation from the sinful world thanks to subsidies and quotas that originated from the sweat of the brow of sinners. The Amish in the United States, for example, who today use horses so as not to contaminate themselves with the automotive industry, are surrounded by materials that have come to them, in one form or another, through a long mechanical process and often from the exploitation of their fellow man. We ourselves, who are scandalized by the exploitation of children in the textile mills of India or on plantations in Africa and Latin America, consume, in one form or another, those products. Orthopraxia would not eliminate the injustices of the world – according to our humanist vision – but we cannot renounce or distort that conscience in order to wash away our regrets. If we no longer expect that a redemptive revolution will change reality so that the latter then changes consciences, we must still try, nonetheless, not to lose collective and global conscience in order to sustain a progressive change, authored by nations and not by a small number of enlightened people.
According to our vision, which we identify with the latest stage of humanism, the individual of conscience cannot avoid social commitment: to change society so that the latter may give birth, at each step, to a new, morally superior individual. The latest humanism evolves in this new utopian dimension and radicalizes some of the principles of the Modern Era gone by, such as the rebellion of the masses. For which reason we can formulate the dilemma: it is not a matter of left or right but of forward or backward. It is not a matter of choosing between religion or secularism. It is a matter of a tension between humanism and tribalism, between a diverse and unitary conception of humanity and another, opposed one: the fragmented and hierarchical vision whose purpose is to prevail, to impose the values of one tribe on the others and at the same time to deny any kind of evolution.
Thisis the root of the modern and postmodern conflict. Both The End of History and The Clash of Civilizations attempt to cover up what we understand to be the true problem: there is no dichotomy between East and West, between us and them, only between the radicalization of humanism (in its historical sense) and the conservative reaction that still holds world power, although in retreat – and thus its violence.
Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John's University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program. He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics. He serves as translator/editor for the "Southern Voices" project at www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.