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Área de ensayo
El miedo a la liberetad: entre curanderos y terapeutas
Una teoría razonable dice que las mujeres viven veinte años más allá de su última menstruación para poder criar a sus hijos. La naturaleza les ha negado el privilegio de parir un niño indefenso cuando su vida llegaba estadísticamente al final. Por alguna razón, no por piedad, esa misma naturaleza no les negó a las mujeres el placer del sexo más allá de su utilidad reproductiva. Por el contrario, se lo prolongó veinte, cuarenta años para complicar la teología de los conservadores ortodoxos que hablan a favor de la vida y de la naturaleza cuando condenan el placer y practican todo lo contrario a lo que conocía la naturaleza antes de que llegaran sus defensores.
Excepto por este tipo de compensaciones inútiles para la reproducción, es como si a la naturaleza no le importásemos como individuos, sino sólo como especie. Por eso nos hemos despegado de ella o nuestros artificios son producto de su propia evolución que aspira a superarse a sí misma, aun a riesgo de suicidarse por sus excesos. Somos o nos creemos individuos libres, más allá de la fatalidad de la biología. Pero esa libertad, por mínima que sea, es en potencia una palanca de Arquímedes, capaz de mover la Tierra. Por eso, porque la libertad no es una condición abstracta y absoluta y sólo se accede a través de la liberación de las condiciones que nos limitan (materiales y culturales), también se ha creado la cultura opuesta: la cultura de la opresión, de la opresión propia y de la opresión ajena.
En nuestro tiempo histórico pueden reconocerse varios logros humanistas en progreso, como la desobediencia de las masas, la progresiva igualación de los derechos humanos y la aceptación de la diversidad como acompañante de esta igualdad radical entre individuos. Pero también debe reconocerse la progresión de otras taras. Por ejemplo, nuestra cultura ha subestimado en una medida creciente e insoportable la voluntad del individuo, al mismo tiempo que ha hecho de la individualidad un ilusorio ídolo de barro. Tal vez se trate de un proceso dialéctico. Al mismo tiempo que la humanidad puja por su liberación social, al mismo tiempo se impone una idea panfletaria de la libertad. El individuo se convierte en un ente individualista, intoxicado por una sobredosis de discursos que apelan a la idea de su libertad. Así nos creemos libres, como un pájaro en el cielo que fatalmente sigue las rutas magnéticas de la migración.
La política partidaria en sus fines tradicionales tiende a eso. Aunque puede ser un instrumento (provisorio) de acción por la liberación, su constitución misma procura y exige la obediencia y la renuncia de la libertad –del poder– de los individuos que siguen a sus líderes.
En muchos aspectos, también la psicología dominante, la psicología populista ha planteado el problema así. Un médico, por lo general, no nos exige fe para curarnos una fractura o bajarnos el colesterol. Un curandero o un terapeuta sí (siempre habrá maravillosas excepciones). Si el curandero o el terapeuta fracasan, no se hacen responsables: el responsable es el paciente, el hombre o la mujer sin fe, el enfermo que se resiste a la cura. Esto es parte de una equívoca tradición cristiana. Lo cual, en última instancia lleva su verdad: la revolución interior, la cura final, radica en el individuo, en su propia responsabilidad, en su voluntad de libertad.
El problema es que la misma cultura dominante ha hecho de la voluntad una antigüedad. A los ladrones se los consideran enfermos, como a los alcohólicos y a los fumadores. Los enfermos o los diferentes que antes debían sufrir la persecución y la hoguera ahora son, indiscriminadamente víctimas, objetos o sujetos de compasión. Una cultura que considera enfermedad a cualquier conducta indeseada debería considerarse a sí misma una cultura enferma.
Como parte de la sociedad de consumo, proliferan las terapias para todo tipo y gusto bajo la bendición de lo “políticamente correcto”. Allí aparecen los Don Francisco –no niego su buen corazón– hablando con un señor que golpea a su mujer con tono compasivo: “Señor, usted está enfermo. Debe pedir ayuda. Debe asistir a una terapia”. Se dice en la televisión y todos aplauden, incluso el hombre que ha golpeado a su mujer por diez años, con lágrimas en los ojos. Si el hombre reconoce que es malo y acepta el disciplinamiento de una terapia, es redimido al estatus de héroe moderno, ejemplo de civilización. Y claro, en parte el método resulta. Lo bueno es que, como en la curandería, esta superstición funciona porque quien paga por el servicio siempre obtiene algo a cambio. El dinero ha reemplazado las hojas de tabaco y los sahumerios, y el señor o la señora especialista en corazones, desde su impresionante espacio chamánico, ha reemplazado al brujo o al cura que aliviaba y curaba los pecados con cien avemarías a cambio de la voluntad y la libertad del creyente.
Pero no importa. Seamos prácticos mientras tanto. Terapia para adelgazar, terapia para engordar, terapia de pareja para no separarse, terapia de pareja para separarse, terapia para sobrevivir a la terapia, terapias de cuarenta y cinco minutos para ser feliz al contado. Es nuestro tiempo y hay que jugar con las cartas que están sobre la mesa. El método resulta, aunque la cura sea un síntoma de la enfermedad. Resulta por lo mismo que fallamos todos: por olvidarnos que más que enfermo somos apenas indignos de un mínimo de voluntad para la libertad. Le pagamos a un extraño para que nos resuelva los problemas que no podemos resolver por falta de voluntad. ¿Usted fuma y no puede dejar de hacerlo? Mentira, señor, usted no quiere dejar de fumar y punto. ¿Usted es infiel, violento, jugador, ambicioso, avaro, sexomaniaco? Usted no está enfermo, usted es un cretino según los estándares de los últimos cinco mil años.
Claro que en un límite de irracionalidad un individuo deja de ser responsable de sus actos y se convierte en un enfermo. En ese caso necesita ayuda. La víctima suele compartir un grado de responsabilidad que alimenta al opresor, aunque la responsabilidad del opresor está multiplicada por la cuota de poder que sustenta. El problema es cuando tenemos una sociedad compuesta de entes que cada vez se declaran menos responsables de sus actos. Otro síntoma de la sociedad autista. Dividuos o individuos que pretenden resolverlo todo pagándole a un tercero para que alimente una enfermedad cultural con un alivio a sus propias debilidades.
Paradójicamente, las nuestras son sociedades que se vanaglorian de altos estándares de libertad. Pero una sociedad que niegue o subestime el valor de la voluntad del individuo también está enferma. Como decía el indio M. N. Roy (Radical Humanism, 1952), con un tono existencialista, sólo la libertad individual es real (“freedom is real only as individual freedom”). No hay plena liberación individual sin la progresiva liberación social, pero el objetivo de la sociedad y de su liberación sigue siendo la libertad de conciencia del individuo. Los humanistas no apostamos por la liberación budista o la del ermitaño, porque esa pretendida pureza del alma está sucia de egoísmo. Pero entre otras piedras que habrá que remover en el camino de la liberación social e individual, están las supersticiones modernas que renuevan el disciplinamiento de los individuos según opresivos clichés socialmente consagrados por la pereza intelectual. Es decir, dejar de movernos como obedientes rebaños. La sociedad de consumo le vende la idea de la libertad a cada oveja al mismo tiempo que no cree en ella. Como decía un personaje de Juan Goytisolo (Makbara, 1980), avanzando un eslogan publicitario: “Confiar su poder de decisión en nuestras propias manos será siempre la forma más segura de decidir por usted mismo”.
Jorge Majfud
Athens, enero 2008
Palabras
que curan, palabras que matan
Desde el siglo anterior, se impuso la idea de
que la palabra es la solución de todas las cosas. El diálogo se confundió con
la discusión y la palabra se convirtió en sinónimo tiránico de “comunicación”.
El silencio fue maldecido. Pocos se plantean la posibilidad de que el uso de la
palabra pueda ser más útil y efectivo como veneno que como antídoto, como
tortura que como placer. Pero la verdad sigue ahí, como decían los antiguos
griegos, escondida darás de lo aparente. Ya nadie recuerda que en algún tiempo
“sabiduría” y “silencio” eran sinónimos. Ahora, si este extremo asiático
es insostenible en la práctica y en el pensamiento social, también debería
serlo el extremo occidental de pretender abusar del recurso de la palabra. Ambos
extremos son el mandala budista y el afiebrado proselitismo judeocristianomusulán.
No sin paradoja, sigue siendo la palabra el
instrumento para acusar a la palabra, a su uso indiscriminado. La palabra cura
tanto como mata. La palabra, sirve para comunicar y para incomunicar, para
develar y para ocultar, para liberar y para dominar. Desde que el psicoanálisis
entronó la palabra a un nivel místico de curación científica, la palabra ha
sufrido una progresiva devaluación por inflación. La confesión, que antes
servía, entre otras cosas, como instrumento de dominación social a través del
terror del individuo angustiado por el pecado sexual, renovó su superstición
original de liberación de la culpa. Con la palabra creó Dios el mundo y por la
palabra perdió la humanidad el Paraíso. Casi todas las grandes religiones se
basan en el misterio de la palabra tanto como las filosofías que se oponen a
ellas. Sobre todo, la palabra escrita se ha convertido hoy en campo de batalla
entre la omnipresencia del poder y la resistencia del margen, en una lucha por
no sucumbir en un mar infinito de palabras, producto de la estratégica inflación
del mercado, y la revalorización de la palabra por algún tipo de razón: razón
crítica, razón histórica, razón lógica o razón dialéctica.
Pero la razón nunca es un poder en sí mismo.
De nada sirve razonar ante un paquidermo, ante el César o ante alguien que
sufre los efectos de una droga poderosa. La razón no puede hacer nada sino ante
quienes pueden hacer uso de ella y, además, están dispuestos a renunciar a la
fuerza bruta de su interés propio. La razón necesita que la fuerza bruta
renuncie a sus propias posibilidades para realizar esa otra superstición
llamada “la fuerza de la razón”, ya que la razón no posee ninguna fuerza.
Es falso decir que el teorema de Pitágoras posee una fuerza incontestable, ya
que basta con que alguien diga que no es verdad y luego nos de con un palo en la
cabeza para demostrarnos que la razón no tiene ninguna chance ante la fuerza
bruta, que es la única y verdadera fuerza. Para que la razón tenga fuerza como
para que una moneda tenga valor, es necesario que haya alguien más, aparte del
interesado, que lo reconozca. ¿Qué valor tendría un Picasso en un mundo de
ciegos o en el siglo XVI?
Ahora, ¿qué significa “tomar conciencia”
sino advertir correctamente cuál elección nos beneficia? De aquí derivamos a
dos posibilidades: si tomamos la opción de bajarle con un palo en la cabeza a
quien pretende demostrarnos el teorema de Pitágoras, porque nos perjudica en
las ganancias de otra fe, estamos actuando en beneficio propio. En principio,
ese acto de barbarie sería una forma de “tomar de conciencia”. Pero cuando
esa conciencia se amplía, puede surgir otro problema. Mi acto, a largo plazo,
tendrá efectos negativos. Cuando sea más viejo y más débil alguien repetirá,
por venganza o por buen ejemplo, mi acción. Es entonces que decido no bajarle
un palo sobre la cabeza de mi adversario razonador. Eso comienza a llamarse
“civilismo” o “cultura de la convivencia” que, en la tradición bíblica
se conoce como la regla de oro: “no
hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti mismo”. Pero el egoísmo
sobrevive, nada más que ahora ha tomado conciencia y se ha hecho más sutil y
sofisticado, como un buen jugador de ajedrez que es capaz de sacrificar un peón
para salvar una torre o viceversa, si ese movimiento incomprensible lleva a su
adversario a un seguro jaque mate.
La primitiva prescripción cristiana de amar a
los demás como a uno mismo, revela que, al menos como punto de partida, uno
mismo es lo más importante y lo más amado de uno mismo. Sin embargo, la
prescripción ya significa un cambio sobre la interesada “regla de oro” y
una promesa de elevación: por este camino de renuncias la recompensa por el
bien de un acto será el mismo bien del acto, hasta que olvidemos el origen egoísta
del mismo acto de amor democrático. El egoísmo es un valor negativo en
cualquier cultura. Excepto en la ideología ultracapitalista: está bien pisarle
la cabeza a nuestra competencia porque eso favorece al conjunto, es decir, a
nuestra competencia. Si le bajo un palo al razonador de Pitágoras le estaría
haciendo un bien, ya que con eso me beneficio personalmente. Luego podré
ejercitar el crédito de la compasión ofreciéndole una aspirina.
La idea utópica de algunos revolucionarios soñadores
fue, por mucho tiempo, la creación de un “hombre nuevo”. En síntesis, este
hombre estaría más allá de los actos egoístas y de la fiebre materialista
por la cual se mide todo éxito. Evidentemente fracasaron. Pero como todo éxito
y todo fracaso humano es siempre relativo. Aquellos soñadores, que en su
desesperada necesidad de agarrarse de algo concreto se agarraron del marxismo,
fueron derrotados por la fuerza del palo: el capitalismo demostró ser mejor
productor de bienes materiales, aunque todavía no haya demostrado ser mejor
productor de bienes morales. Pero no hay que confundir fracaso con derrota. El
socialismo, y sobre todo esa parodia de socialismo que eran los países bajo la
órbita de la Unión Soviética, fueron derrotados por un sistema mucho más
efectivo creando capitales que, como ya lo sabían Pericles y Tucídides, es la
base de cualquier triunfo militar. Triunfo que luego se transforma, por la
fuerza de la repetición, en triunfo moral.
No obstante, la derrota de la utopía no ha
sido un fracaso histórico ni la utopía era una propuesta imposible. La mayoría
de los Derechos Humanos de los que se jactan los defensores del capitalismo no
han surgido por el capitalismo mismo sino a pesar del capitalismo. La moral
siempre viene corriendo detrás de los sistemas económicos: la abolición de la
esclavitud, los derechos de la mujer y la educación universal eran antiguas
proposiciones utópicas que no se impusieron en la práctica y en el discurso
hasta después de la Revolución industrial, cuando el sistema exigía
asalariados, más mano de obra en las industrias y en las oficinas y más
obreros capaces de leer un manual o las señales de tránsito.
Pero quizás todavía podemos pensar que los
seres humanos somos algo más que simples máquinas de producir riquezas y
justificarlas con “valores morales” hechas a su medida.
En el siglo XX, la fuerza principal de
dominación fue la fuerza de los ejércitos. El siglo XXI dista mucho de
desembarazarse de esa maldición surgida en el Neolítico y perfeccionada en los
dos últimos siglos. Sin embargo, si este lenguaje del poder persiste y se
radicaliza, ello se debe a una reacción a una creciente fuerza histórica,
durante siglos dormida: la fuerza de los individuos todavía integrante de “la
masa”. Cuando esta fuerza se radicalice, los ejércitos ya nada podrán hacer.
Hay dos áreas del tablero que están siendo conquistadas: los medios de creación
de riqueza material y los medios de comunicación. La palabra seguirá curando y
matando, pero ya no estará al servicio del poder de una minoría sedienta de
oro y de sangre.
Jorge Majfud
The
Noviembre 2007
Palavras
que curam, palavras que matam
Por
Jorge Majfud
Traduzido
por Omar L. de Barros Filho
Desde
o século anterior, afirmou-se a idéia de que a palavra é a solução de todas
as coisas. O diálogo se confundiu com a discussão e a palavra se converteu em
sinônimo tirânico de “comunicação”. O silêncio ficou maldito. Poucos se
colocam a possibilidade de que o uso da palavra possa ser mais útil e efetivo
como veneno que como antídoto, como tortura que como prazer. Já ninguém
recorda que há algum tempo “sabedoria” e “silêncio” eram sinônimos.
Agora, se este extremo asiático é insustentável na prática e no pensamento
social, também deveria sê-lo no extremo ocidental de pretender abusar do
recurso da palavra. Ambos extremos são a mandala budista e o febril
proselitismo judeucristãomuçulmano.
Não
sem paradoxo, a palavra segue sendo o instrumento para acusar a palavra, por seu
uso indiscriminado. A palavra tanto cura como mata. A palavra serve para
comunicar e para incomunicar, para desvelar e para ocultar, para libertar e para
dominar. Desde que a psicanálise entronou a palavra em um nível místico de
cura científica, a palavra sofreu uma progressiva desvalorização por inflação.
A confissão, que antes servia, entre outras coisas, como instrumento de dominação
social, através do terror do indivíduo angustiado pelo pecado sexual, renovou
sua superstição original de libertação da culpa. Com a palavra, Deus criou o
mundo e, pela palavra, a humanidade perdeu o Paraíso. Quase todas as grandes
religiões baseiam-se no mistério da palavra, tanto como as filosofias que se
opõem a elas. A palavra escrita, sobretudo, converteu-se hoje em campo de
batalha entre a onipresença do poder e a resistência da margem, em uma luta
para não sucumbir em um mar infinito de palavras, produto da estratégica inflação
do mercado e a revalorização da palavra por algum tipo de razão: razão crítica,
razão histórica, razão lógica ou razão dialética.
Mas
a razão nunca é um poder em si mesmo. De nada serve raciocinar diante de um
paquiderme, frente a César ou de alguém que sofre os efeitos de uma droga
poderosa. A razão não pode fazer nada a não ser diante daqueles que podem
fazer uso dela e, além disso, estejam dispostos a renunciar à força bruta de
seu próprio interesse. A razão necessita que a força bruta renuncie às suas
próprias possibilidades para realizar essa outra superstição chamada “a força
da razão”, já que a razão não possui nenhuma força. É falso dizer que o
teorema de Pitágoras possui uma força incontestável, já que basta que alguém
diga que não é verdade e, depois, nos bata com um pau na cabeça para nos
demonstrar que a razão não tem nenhuma chance contra a força bruta, que é a
única e verdadeira força. Para que a razão tenha força para fazer com que
uma moeda tenha valor, é necessário que haja alguém mais, além do
interessado, que o reconheça. Que valor teria um Picasso em um mundo de cegos,
ou no século XVI?
Agora,
o que significa “tomar consciência” a não ser observar corretamente qual
escolha nos beneficia? Daqui derivamos para duas possibilidades: se optamos por
bater com um pau na cabeça de quem pretende nos demonstrar o teorema de Pitágoras,
porque nos prejudica nos lucros de outra fé, estamos atuando em benefício próprio.
Em princípio, este ato de barbárie seria uma forma de “ganho de consciência”.
Mas, quando essa consciência se amplia, pode surgir outro problema. Meu ato, a
longo prazo, terá efeitos negativos. Quando for mais velho e mais fraco, alguém
repetirá minha ação, por vingança ou como bom exemplo. É então que decido
não cair de pau sobre a cabeça de meu adversário explicador. Isso começa a
se chamar de “civilidade” ou “cultura da convivência” que, na tradição
bíblica, é conhecida como a “regra de ouro”: “não faças aos outros o
que não queres que façam a ti mesmo”. Mas o egoísmo sobrevive, apenas agora
tomou consciência e se fez mais sutil e sofisticado, como um bom jogador de
xadrez que é capaz de sacrificar um peão para salvar uma torre ou vice-versa,
se este movimento incompreensível leva seu adversário a um seguro xeque-mate.
A
primitiva prescrição cristã de amar aos outros como a si próprio revela que,
ao menos como ponto de partida, cada um é o mais importante e o mais amado por
si próprio. Entretanto, a determinação já significa uma mudança sobre a
interessada “regra de ouro” e uma promessa de elevação: por este caminho
de renúncias, a recompensa pelo bem de um ato será o próprio bem do ato, até
que esqueçamos a origem egoísta do amor democrático. O egoísmo é um valor
negativo em qualquer cultura, exceto na ideologia ultracapitalista: está
correto pisar a cabeça de nosso competidor porque isso favorece o conjunto,
quer dizer, a nossa competição. Se bato com um pau no explicador de Pitágoras,
estaria lhe fazendo um bem, já que com isso me beneficio pessoalmente. Depois
poderei exercitar o crédito da compaixão lhe oferecendo uma aspirina.
A
idéia utópica de alguns revolucionários sonhadores foi, por muito tempo, a
criação de um “homem novo”. Em síntese, este homem estaria além dos atos
egoístas e da febre materialista pela qual se mede todo o sucesso. Fracassaram,
evidentemente. Mas, qualquer êxito e qualquer fracasso humano é sempre
relativo. Aqueles sonhadores que, em sua desesperada necessidade de fixar-se em
algo concreto, agarraram-se ao marxismo, foram derrotados pela força do porrete:
o capitalismo demonstrou ser melhor produtor de bens materiais, embora ainda não
tenha demonstrado ser melhor produtor de bens morais. Porém, não devemos
confundir fracasso com derrota. O socialismo, e sobretudo esta paródia de
socialismo que eram os países sob a órbita da União Soviética, foram
derrotados por um sistema muito mais efetivo, criando capitais que, como já o
sabiam Péricles e Tucídides, é a base de qualquer triunfo militar. Triunfo
que depois se transforma, pela força da repetição, em triunfo moral.
Não
obstante, a derrota da utopia não foi um fracasso histórico, nem a utopia era
uma proposta impossível. A maioria dos Direitos Humanos dos quais se jactam os
defensores do capitalismo não surgiram do próprio capitalismo, mas apesar do
capitalismo. A moral sempre vem correndo atrás dos sistemas econômicos: a
abolição da escravatura, os direitos da mulher e a educação universal eram
antigas proposições utópicas que não se impuseram na prática e no discurso
até depois da Revolução Industrial, quando o sistema exigia assalariados,
mais mão-de-obra nas indústrias e nos escritórios, e mais trabalhadores
capazes de ler um manual ou os sinais de trânsito.
Mas,
talvez ainda possamos pensar que os seres humanos somos algo mais que simples máquinas
de produzir riquezas e justificá-las com “valores morais” feitas sob medida.
No
século XX, a força principal de dominação foi a força dos exércitos. O século
XXI ainda está muito distante de se livrar desta maldição surgida no Neolítico
e aperfeiçoada nos dois últimos séculos. Entretanto, se a linguagem do poder
persiste e se radicaliza, isso se deve à reação a uma crescente força histórica,
durante séculos adormecida: a força dos indivíduos ainda integrante da “massa”.
Quando essa força se radicalizar, os exércitos nada poderão fazer. Há duas
zonas do tabuleiro que estão sendo conquistadas: os meios de criação de
riqueza material e os meios de comunicação. A palavra seguirá curando e
matando, mas já não estará a serviço do poder de uma minoria sedenta de ouro
e de sangue.
El dulce azote del lenguaje
¿Por qué los negros en Estados Unidos se llaman “afroamericanos”? ¿Por qué los blancos no se llaman “euroamericanos”? A los blancos se les dice americanos; a los negros, afroamericanos, que es como decir “casi-americanos”. Porque la palabra “negro” es despectiva mientras nadie se ofende por ser llamado “blanco”. ¿Qué tienen los llamados “afroamericanos” de africanos, además del color de la piel? Más tienen de Europa por asimilación y por reacción que de África por su cultura o por su memoria (y lo digo por haber vivido entre tribus africanas). De los europeos, la mayoría heredó su religión y la ideología capitalista; de los europeos heredaron la máquina, el dolor, la humillación y a veces el resentimiento. Razón por la cual los afroamericanos deberían ser llamados “euroamericanos”, si no fuese porque afroamericano es un eufemismo de “negro” (tabú que indica algo malo) que no se refiere a una cultura africana sino, simplemente, a su color de piel. Algo así como decir “hijo ilegítimo”. ¿Cómo un recién nacido (un ser humano sin pecado) puede ser ilegítimo? ¿Cómo un indocumentado puede ser “ilegal”?
Ninguna palabra es inocente (ya lo sabía Antonio Nebrija en 1492, cuando decía que el lenguaje es el principal compañero del imperio), pero hay algunas que están hinchadas de ideología, como por ejemplo las palabras “libertad”, “democracia”, “justicia”, “liberación”, “progreso”, etc. Usándolas como espadas sagradas, nos permitimos imponer nuestras convicciones aún por la fuerza, como hace casi quinientos años Cortés, Pizarro y tantos otros “adelantados” salvaron a América Latina decapitando, torturando, violando, esclavizando y quemando pueblos enteros como forma de persuasión. Creer que importando e imponiendo un sistema político cambiará automáticamente la realidad de un país es ignorar su cultura y su historia. Bastaría con los repetidos fracasos maquillados de éxitos que tenemos que presenciar cada día en el mundo para darse cuenta de ello. Bastaría con imaginar a China imponiendo un sistema monárquico a Estados Unidos en el 2040, por citar un ejemplo inverso. Para cambiar la cultura de un pueblo por la fuerza se necesitan siglos o décadas de corrupción y violencia, como bien lo demostró la colonización española, la inglesa, la americana… Siglos de violenta narración.
“Seguí mi camino —reportó Hernán Cortés en 1520 en carta al rey Emperador Carlos V— considerando que Dios es sobre natura, y antes que amaneciese di sobre dos pueblos, en que maté mucha gente y no quise quemarles casas por no ser sentidos con los fuegos de las otras poblaciones que estaban muy juntas. Y ya que amanecía di con otro pueblo tan grande que se ha hallado en él, por visitación que yo hice hacer, más de veinte mil casas. Y como las tomé de sobresalto, salían desarmados, y las mujeres y niños desnudos por las calles, y comencé a hacerles algún daño; y viendo que no tenían resistencia vinieron a mí ciertos principales del dicho pueblo a rogarme que no les hiciésemos más mal porque ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos; y que bien veían que ellos tenían la culpa en no me haber querido servir […] Después de sabida la victoria que Dios nos había querido dar y cómo dejaba aquellos pueblos en paz, hubieron mucho placer” .
Tener una convicción no es malo a priori; todo lo contrario; el problema son los métodos, como la inocente manipulación ideológica del lenguaje. Cada día asistimos a la lucha por el significado, desde los “medios de comunicación”, desde los discursos políticos, religiosos, académicos, etc. Estamos sumergidos en una guerra semiótica y semántica basada en la asociación arbitraria de conceptos-imágenes-palabras que es construida día a día, por repetición, con un objetivo ideológico y económico. Esos premoldeados productos semánticos —la Libertad, la Democracia, la Civilización, el Progreso, etc.— se convierten luego en axiomas donde se asientan las nuevas discusiones, axiomas que hacen suyos hasta quienes deben sufrir el significado impuesto por esta forma de violencia ideológica. Todo lo cual no significa que la libertad, la democracia, la civilización y el progreso no existan; pero por la misma razón de que existen, o puede existir, se los coloniza antes de que sean apropiados por sus víctimas.
El objetivo casi nunca es la verdad, la búsqueda interesada de comprender al otro, de escuchar: el objetivo es ser escuchado, es convencer en nombre de los “verdaderos valores”. Actualmente no existe el diálogo; existen discusiones permanentes, intentos dialécticos de legitimar con símbolos y palabras algo que no depende de los símbolos ni de las palabras. No puedo decir que estamos ante un diálogo de sordos porque los sordos cuando dialogan se entienden.
En ese aspecto nuestro orgulloso tiempo se parece a la Edad Media: por entonces, quien triunfaba por la fuerza de su brazo y de su caballo se atribuía toda la verdad de una disputa dialéctica, ajena al brazo y al caballo. La fuerza no sólo impone su verdad por el miedo y la coacción sino, sobre todo, por la seducción del vencido (luego de masacrados, los mexicanos reconocían llorando ante Cortés que la culpa era de ellos, por resistir a la invasión).
Un hombre pobre nada tiene que enseñarle a un hombre rico sobre cómo hacer fortuna, aunque la fortuna del hombre rico se deba a la lotería o al despojo ajeno. De ahí se sigue que un hombre pobre también es, necesariamente menos sabio y menos inteligente que un hombre rico (razón por la que los presidentes y senadores de una Gran Democracia casi siempre son hombres ricos o amigos de millonarios), con lo cual llegamos a la concusión de que Einstein era un retrasado mental y Sylvester Stallone un genio. Y peor si ese hombre pobre es un habitante del Tercer Mundo —categoría de por sí misma ideológica— que asume y confirma que la riqueza material es riqueza, a secas: espiritual, moral, intelectual, etc.
¿Quién se atrevería a decir que una comunidad indígena que ha tenido la sabiduría de vivir en paz durante siglos es el Primer Mundo? Podríamos decirlo, pero nos rompe los oídos, debido al “buen gusto” que hemos desarrollado escuchando otras frases y otros conceptos prefabricados.
Por qué, de igual forma, llamamos “afroamericanos” a seres humanos europeizados por la cultura y por la violencia de la historia? ¿No es una nueva forma de violencia ideológica que hace suya la misma víctima, que de esa forma se define como periférica, por el color de su piel, al tiempo que cree revindicar una cultura como forma de resistencia y reivindicación? ¿No es esta una clasificación compulsiva que una persona de piel oscura se autoimpone, creyendo de esa forma resistir a una imposición? ¿No es esta clasificación una forma de dominación de una ideología que se pretende superar?
Porque, entiendo, una cosa muy diferente es la cultura afroamericana —indudablemente rica, desde Nicolás Guillén en Cuba hasta los seguidores de Yemanjá en Argentina, desde el Jazz en Chicago y Nueva Orleáns hasta la Samba en Río— y otra cosa muy distinta es clasificar a una persona como “afroamericano” sólo por el color de su piel —como si le hiciéramos un favor.
Jorge Majfud
The University of Georgia, setiembre 2006.
Mes vieux amis ont toujours ri de ma mémoire quoique, avec les années, ils ont crû en prudence et m’ont gardé leur amitié. Le meilleur sentiment dont je suis redevable envers ma mémoire est la nostalgie. Une profonde nostalgie. D’entre le pire est l’inutile regret.
Les paradoxes du destin ont fait que j’eus à regretter les années de la dictature militaire dans mon pays; j’eus la malchance de croître et d’abandonner mon enfance à cette époque. Ce n’est pas à la barbarie que je dois être reconnaissant et qui paraît, du reste, l’éclairer, si ce n’était par l’illimitée nécessité humaine qui jamais ne se repose. Une fois, dans une classe de littérature au secondaire, nous demandions à la professeure pourquoi on ne parlait pas d’Onetti, étant donné qu’il avait reçu, deux années auparavant, le prix Cervantes d’Espagne, et que, il était un des classiques d’actualité de notre pays. La réponse, contondante, fut que Juan Carlos Onetti avait tout reçu de son pays – éducation, renommée, etc. –, et que par la suite il s’en était allé en exil parler en mal de son propre pays. Il n’est pas nécessaire de commenter de tels ex abrupto. Seulement on attend de quelqu’un qui s’est dédié à la littérature une vision moins étroite de l’existence. On suppose qu’une personne avec cet étrange métier a vécu plusieurs vies et a eu à sentir et à penser le monde à partir de d’autres prisons. Cependant, il n’en est pas ainsi; la nécessité n’est pas la simple carence de quelque chose, mais le résultat d’un long apprentissage, presque toujours basé sur la pratique. Si ce rappel occupe encore dans sa mémoire quelque espace, peut-être fait-il partie de son quota de regrets. J’ajouterai que cette professeure, selon mon jugement, n’était pas une mauvaise personne. Peut-être était-elle plus heureuse que les autres professeures de littérature que j’eus par la suite pendant des années. La seule chose qu’elles avaient en commun était une certaine sensualité, insoupçonnable, par la façon de se vêtir ou de parler.
A ce que je vois, c’est qu’il ne serait pas rare que quelqu’un pense, pendant que je signale que je grandis en des temps de dictature, que je lui suis reconnaissant, que je lui dois mon éducation et, peu s’en faut, la vie, et que par conséquent, je devrais lui témoigner quelque reconnaissance. Bien sûr que la réponse est non. Comme disait Borges – si souvent aveugle, mais non moins si souvent brillant – une personne naît où elle peut. A moi me revint de naître à un moment historique où la politique – ou, pour mieux dire, son antithèse: la barbarie – s’infiltrait par les fentes des portes et des fenêtres, jusqu’à détruire des familles entières. Une de celles-là fut, bien sûr, ma famille. Mais je ne vais pas entrer dans ceci maintenant.
Je ne peux éviter de rappeler cette nuit noire «la prison de Liberté», là en Uruguay. Avant, j’avais connu des dépôts moindres à l’occasion de visites que ma famille rendait à mon grand-père, Ursino Albernaz, le vieux rebelle, le révolutionnaire, le mouton noir d’une famille de paysans conservateurs. Mon grand-père avait été renié par sa première famille; il lui restait celle que lui-même avait construite et, sans le vouloir, détruite aussi. Il fut torturé par plusieurs «petits soldats de la patrie». Je passerai sous silence le nom de voisins, quoiqu’ils vivent encore et que je n’aie de preuves que la confession de mes êtres chéris, maintenant tous décédés; je dirai seulement que le célèbre “Nino” Govazzo fut d’entre ses lâches inquisiteurs. Quoique l’adjectif «lâche» est une redondance historique, car les dictatures ne soulignent aucun acte héroïque, ni de ses soldats et encore moins de ses généraux. Ni même ne purent en inventer; non seulement parce qu’elles manquaient d’imagination, mais parce que ni eux-mêmes ne se croyaient lorsqu’ils s’accrochaient des étoiles et des médailles à leurs uniformes, une après l’autre, jusqu’à se couvrir toute la poitrine de ferraille qu’ils portaient orgueilleusement dans les fêtes sociales. Il ne reste que le souvenir de la permanente et obsessive propagande détaillant les horreurs d’autrui. Ou les démonstrations d’amour des religieux partisans de Pinochet qui, dans les années 90’, défilaient avec les portraits des disparus sous le régime et montrant une légende qui disait : “Grâce à Dieu, ils sont morts”. (Récemment était ici à l’Université de Géorgie le célèbre Frederic Jameson qui, avec son habituel clin d’œil provocateur, rappela les coutumes narratives des empires, le plaisir du succès et de la torture : l’épique appartient aux vainqueurs pendant que le romantisme est le propre des perdants. Cependant, c’est ce dernier qui demeure. En Amérique Latine, il n’y eut même jamais une épique des vainqueurs. Qui peut imaginer un écrivain, si petit soit-il, repêchant quelque chose des misérables succès de nos Attila?)
De ces courses en enfer, mon grand-père en sortit avec une rotule claquée et quelques coups qui ne furent pas si démoralisateurs comme ceux dont dû souffrir son fils cadet, Caito, mort avant de voir la fin de ce qu’il appelait «les temps obscurs». Au début des années 70’, ils montèrent tous les deux au plus grand espace symbolique de la dictature : ils furent envoyés à la prison de Liberté.
Je me souviens de la prison de la Liberté à partir d’infinis points de vue. Pour nous les enfants qui allions là, le long voyage était une promenade, quoique nous devions toujours nous lever tôt pour ensuite attendre sur le côté d’une route, par nuits froides et pluvieuses. Attendre, toujours attendre sur la route, dans les terminaux d’omnibus, aux interminables postes de sécurité, dans les couloirs et les salles de tripotage. Enfants, nous ne pouvions imaginer que tout ce processus, en plus d’être épuisant, était humiliant. Cela nous sauvait l’innocence, ou la presque innocence, parce que je sus toujours ce que signifiait cela: c’était quelque chose dont nous ne pouvions parler. Des années plus tard, un de mes personnages nomma cette génération: “la génération du silence”, et je crois qu’il donna ses raisons, en plus de cela. Ce «silence» signifiait, pour moi, qu’il existait une contradiction tragique entre le discours officiel et ma propre vie. Dans l’humble école de Tacuarembó dans laquelle j’étais, cette école qui laissait dégoutter sur nos cahiers les jours de pluie, on nous parlait de la justice et de l’ordre pacifique qui régnaient sur le pays grâce aux Soldats de la Patrie. Des années plus tard, à l’école secondaire, on nous répétait encore que nous vivions en démocratie. Pendant que nous devions écouter et répéter tout cela sur la place publique, pendant les étés, dans une cuisine rurale de Colonie, rarement illuminée par une lanterne de mantille, j’écoutais les histoires de personnes inconnues au sujet d’hommes et de femmes jetés à partir d’avions dans le Rio de la Plata, un art de la dictature argentine. Quinze années plus tard, ce seraient ces mêmes confessions, de la part de l’ex-capitaine de navires Adolfo Scilingo, qui scandaliseraient le monde. Cela se passait en 1995, selon mes souvenirs; je lus cette nouvelle dans quelque pays d’Europe – par l’architecture ce pourrait être Prague -, ce qui me donna une idée de la suspecte innocence du monde et d’une bonne partie de notre société. Suite à Scilingo ou Tilingo (*), je me ravisai argumentant que tout cela avait été un «roman».
Si je libère ma mémoire à partir du premier «check point» qui a précédé l’entrée à la monstrueuse prison de Liberté, tout de suite me vient à la conscience des militaires de toutes parts portant des bottes noires, des femmes chargées de bourses, des enfants se plaignant du passage rapide de leurs mères, des malédictions en secret, des invocations à Dieu. Par la suite, un salon ressemblant à une station de train, gris, de tous côtés. Le ciel aussi gris et le plancher humide marqué par les bottes qui allaient et venaient. Un militaire à moustaches taillées et remplissant des formulaires et autorisant les gens à passer. Je ne sais pas pourquoi, il ressemblait à un Videla aux yeux clairs, aux lèvres serrées et à voix de commandement. Par la suite, une petite salle où d’autres militaires tâtaient les visiteurs. Puis, un chemin d’asphalte conduisant à un autre édifice. Une pièce sans fenêtre. Un portrait de José Artigas vêtu en lancier militaire. Plus tu attends, plus tu as envie d’aller aux toilettes et de ne pas pouvoir y aller. Une belle enfant qui me sourit parmi tout ce dégoût. Ses cheveux roux brillaient dans la pénombre de la petite salle. Mais, en ce qui me concerne, ce qui m’avait impressionné, c’était son regard, innocent (cela me revient maintenant), rempli de tendresse. Quelque chose d’improbable dans cet enfer.
A un certain moment, mon grand-père se leva et alla au téléphone parler à son fils. Une épaisse vitre les séparait. Ce même soir, ou bien un autre semblable, il lui avoua qu’il avait été là, en prison, où il s’était convertit en ce pour lequel il avait été emprisonné. Quelque temps plus tard, il me répéta aussi la même conviction : s’il était tombé injustement, maintenant, du moins, il avait une justification qui rendait toutes ses années de jeunesse plus supportables. Maintenant il avait une cause, une raison, quelque chose pour laquelle se sentir fier et racheté.
Par la suite les enfants continuèrent par une autre porte et sortirent dans une cour tendrement équipée de jeux d’enfants. L’oncle était là avec sa grosse moustache et son éternel sourire. Sa calvitie naissante et ses questions infantiles : “Comment ça va à l’école ?”. A mon côté, je me souviens de mon frère regardant d’une façon absorbée mon oncle et mon cousin plus âgé. M., s’éjectant d’un toboggan. Caíto l’attrapait, le remontait de nouveau et, à travers les cris de joie de M., en venait à lui demander : “Comment vont les papas?” “Alors, as-tu une fiancée?”
Mais nous, nous n’étions pas là pour cela. Je me rapprochai de l’oncle et lui dis, à voix très basse, afin que le gardien qui marchait par-là n’entende pas le message que j’avais pour lui. Il devint sérieux.
Par la suite, je me souviens de lui de l’autre côté d’une clôture barbelée, marchant en file indienne avec les autres prisonniers. J’avais envie de pleurer mais me contins. Mon cousin cria son nom et il fit comme s’il se touchait la nuque en bougeant les doigts. Je le vis s’éloigner, la tête inclinée vers le sol. L’oncle avait été torturé avec différentes techniques : ils l’avaient submergé plusieurs fois dans un ruisseau, traîné dans un champ couvert d’épines. Plus tard je sus que lorsqu’ils lui apportèrent son épouse elle se tira une balle dans le cœur. Mon frère et moi, ce jour de 1973 ou 1974, étions dans ce camp de Tacuarembó, jouant dans la cour près de la route. Lorsque nous entendîmes le coup de feu, nous allâmes voir ce qui arrivait. La tante Marta, que je connaissais à peine, était étendue sur un lit et une tache couvrait sa poitrine. Par la suite entrèrent des personnes que je ne pus reconnaître à une aussi grande distance et nous obligèrent à sortir. Mon frère aîné avait six ans et commença à se demander : “Pourquoi naissons-nous si nous devons mourir?” La maman, la grand-mère Joaquina, qui était une inébranlable chrétienne, celle que je ne vis jamais dans aucune église, dit que la mort n’est pas quelque chose de définitif mais seulement un passage pour le ciel. Excepté pour ceux qui s’enlèvent la vie
–Alors, la tante Marta n’ira pas au ciel?
–Peut-être que non – répondait ma grand-mère –, quoique cela personne ne le sait.
Il plaisait à un employé de mon père, de jouer avec les rimes, qu’il répétait chaque fois utilisant une seule voyelle :
Estaba la calavera
Sentada en un butaca
Y vino la muerte y le preguntó
Por qué estaba tan flaca?
(**)
Lorsqu’elle arriva ici, son visage déformé par tant de «a» me rappelait la mort. La tante Marta était froide et morte. Plus tard j’eus un rêve qui se répéta souvent. Je gisais immobile mais conscient dans un sous-sol rempli de déchets. Quelqu’un, avec la voix de ma grand-mère disait : “Laisse-le, il est mort”. Alors, il était doublement abandonné : par moi-même et par les autres. Ce rêve, comme certains autres – quoique les critiques littéraires se plaisent à répéter que les rêves n’ont d’importance qu’à ceux qui les rêvent – sont transcrits, presque littéralement, dans mon premier roman. Mon frère et moi nous sûmes, par déduction secrète, pourquoi elle l’avait fait. Quoique maintenant je pense que personne ne peut culpabiliser personne d’un suicide sinon celui qui presse la gâchette ou qui se pend à un arbre. Ni même un dictateur. Laisser pour son propre suicide des lettres rendant responsable quelqu’un qui n’est pas présent à ce moment est de compléter la lâcheté de l’acte suprême d’évasion – et une preuve posthume de la manipulation des émotions d’autrui que la mort exerça ou voulut exercer de son vivant. Dans le cas de la tante Marta, ce ne fut pas un acte politique; elle fut seulement victime de la politique et de ses propres faiblesses.
L’oncle Caíto mourut peu de temps après être sortit de prison, en 1983, presque dix années plus tard, lorsqu’il avait 39 ans. Il était malade du cœur. Il mourut pour cette raison ou d’un inexplicable accident de moto, sur un chemin de terre, au milieu de la campagne.
Jorge Majfud
Université de Géorgie
Février 2006
(*) “bête”
(**)
Était la tête de
mort
Assise sur un fauteuil
Et vint la mort et lui demanda
Pourquoi était-elle si maigre?
Traduit de
l’Espagnol par : Pierre Trottier, mai 2006
Trois-Rivières, Québec, Canada
Pierre Trottier
Notice biographique
(Montréal, le 21 mars 1925) Poète et essayiste, Pierre Trottier fait des études classiques au Collège Sainte-Marie et Jean-de-Brébeuf où il obtient un baccalauréat en 1942. Il détient également une licence en droit de l'Université de Montréal. Il travaille ensuite comme chef de service à la Chambre de commerce du district de Montréal de 1946 à 1949, puis au ministère des Affaires extérieures du Canada. Il occupe divers postes diplomatiques à Moscou, à Djakarta, à Londres et à Paris, avant d'être nommé ambassadeur du Canada au Pérou de 1973 à 1976, puis ambassadeur auprès de l'Unesco en 1979. Il est également membre du Conseil de rédaction de la revue Liberté et il collabore à Cité libre. Pierre Trottier a reçu le Prix David pour Les Belles au bois dormant en 1960 et le Prix de la société des gens de lettres pour Le Retour d'Oedipe en 1964. Il est membre de la Société royale du Canada depuis 1978 et de l'Union des écrivaines et des écrivains québécois.
Pierre Trottier
Nota biográfica
Pierre Trottier nació en Montreal, el 21 de marzo de 1925. Poeta y ensayista, realizó estudios clásicos en el Collège Sainte-Marie et Jean-de-Brébeuf donde obtuvo su bachillerato en 1942. Licenciado en derecho por la Universidad de Montreal, trabajó más tarde como jefe de servicio en la Cámara de Comercio del distrito de Montreal desde 1946 hasta 1949 y en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Canadá. Ocupó diferentes cargos diplomáticos en Moscú, Yakarta, Londres y París, antes de ser designado embajador de Canadá en Perú desde 1973 hasta 1976. Fue embajador agregado en la UNESCO en 1979. Actualmente, es además miembro del Consejo de redacción de Liberté y colaborador habitual de Cité Libre.