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Página inicial / jorge majfud

 

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Área de ensayo

 

¿Quiénes luchan contra la barbarie?

 

Aunque los discursos oficiales digan lo contrario, podemos ver, de alguna forma, una lucha contra los bárbaros —pero ¿contra la barbarie? ¿No será que debemos volver a los valores originales de Jesús, quien pregonó amor universal para vencer la muerte y el odio, y nunca la guerra y la violencia que hoy promueven con orgullo sus propios seguidores?

 

Los discursos oficiales son monotemáticos y simplistas, como la publicidad: “la lucha de los gobiernos, desde Atenas hasta Esparta, es la lucha contra la barbarie”. Aclaremos por las dudas: nada se puede objetar sobre la persecución de criminales concretos, ya que no es con flores que desistirán de sus enfermos propósitos. Un violador pude haber sido una víctima en su infancia, pero la verdadera causa de su delito no lo exime de responsabilidad: un violador es, antes que nada, un criminal, y como tal debe ser juzgado. Pero con la muerte del violador, del individuo deforme, no se elimina un fenómeno que no es metafísico sino social. Tal vez el resto de la población se sienta aliviada —y confirmada en su buena moral— matando al monstruo; pero este alivio es una trampa que impide la autocrítica como sociedad que produce sistemáticamente miles de monstruos por alguna causa interior y no como si fueran fenómenos climáticos.

La misma simplificación se repite a escala internacional. Todos los líderes políticos insisten en resolver cómo combatir a los bárbaros, pero a nadie parece interesar por qué existe el problema. Las mayores energías del mundo (“civilizado”) están invertidas en combatir a los bárbaros, al tiempo que los discursos y los medios de comunicación pretenden convencernos que la lucha es contra la barbarie —no por la fuerza de los hechos sino por la arrasadora fuerza del lenguaje colonizado. ¿Pero qué se ha hecho para atacar las causas de esta desgracia, de esa enfermedad de nuestros tiempos? Nada. O casi nada.

Nada o casi nada —en proporción— se ha hecho contra la miseria de los pueblos periféricos (muchas veces en situación de servilismo del centro, real o psicológico); nada se ha hecho por respetar sus culturas; nada se ha hecho para levantar puentes entre ellos y nosotros; nada se ha hecho para comprenderlos y nada por buscar que ellos nos comprendan mejor. Nada se ha hecho para construir una asociación económica y cultural que beneficie a todos. Nada se ha hecho por un “Diálogo de Civilizaciones” y todo por vencer en ese estúpido “Choque de Civilizaciones”, tan conveniente a tan pocos. Nada se ha hecho por conquistarlos —en la antigua acepción cristiana de la palabra; no en la acepción histórica del cristianismo—, y todo se ha hecho por imponerles la Salvación, empezando por la fuerza.

Mucho se ha hecho de un lado y del otro, como desarrollamos en otro ensayo, por alimentar la misma Cultura del Odio que asfixia nuestra humanidad en beneficio de unos pocos intereses. Como si el verdadero miedo fuese que se descubra finalmente la verdad: los pueblos se entienden fácilmente si tienen la oportunidad, si se borran tantas fronteras ficticias que se obstinan en conservar y fortalecer los más radicales reaccionarios de la historia.

No se ha construido un solo puente. Sólo se han levantado espesas murallas. Sólo se han arrojado misiles y bombas. Sólo se han impuesto modelos políticos, que si nos sirven a nosotros no necesariamente deben sentir los pueblos con historias y culturas diferentes —modelos ya obsoletos que así luchan por sobrevivir en el mismo centro de la civilización. Como si la solución a todas las diferencias fuese que los otros se conviertan en nosotros o nosotros en ellos.

¿No será que la famosa defensa de “nuestros valores” tiene por objetivo principal conservar unos valores que ya no son los nuestros? ¿No será que “nuestros valores” comienzan a no ser la famosa “democracia representativa” (cuyos “representantes” suelen ser millonarios o poderosos, y de las clases medias o bajas sólo representan vanos sueños)? ¿No será que nuestro occidente inevitablemente se dirige a una democracia directa, es decir, a la Sociedad Desobediente? ¿No será que los antiguos estamentos sociales que no quieren perder el control de los pueblos “democráticos” han encontrado en lejanos enemigos de la Edad Media una forma de insospechados aliados? Si no, ¿cómo se explica las dramáticas variaciones en las encuestas de opinión cada vez que amenaza el miedo?

Con el costo de un solo misil arrojado sobre una aldea se podría levantar una escuela. Mientras esa bomba suprime treinta niños y crea otros treinta futuros fanáticos, una humilde escuela podría ser el inicio de la reconciliación ente pueblos agotados por el odio, la violencia y la muerte —aparte de conservar la vida de aquellos treinta, si es que a alguien le interesa. Pero no: la millonaria muerte llueve por aquí y por allá, al mismo tiempo que desde allá se reclutan en la misma proporción jóvenes enfurecidos, humillados por la impotencia, de una cantera deshumanizada y prácticamente inagotable. ¿O alguien piensa que los bárbaros nacen de un repollo?

Mientras en alguna parte del mundo llueven bombas inteligentes que casi nunca dan en el blanco, los moralistas se oponen furiosamente al uso de células para buscar la cura de terribles enfermedades, bajo la orgullosa bandera de ser los campeones del movimiento “pro-vida”. Es paradójico el hecho de que son estos mismos grupos religiosos los que apoyan incondicionalmente el bombardeo de niños ajenos en nombre de la vida propia. Y quienes no lo apoyan directamente, se limitan a lamentar estas muertes bajo la eterna excusa de los “efectos colaterales” —es decir, inocentes muertos que no preocupan ni a la liga de defensa de protección animal. Células invisibles valen más que jóvenes y niños con ojos, con bocas, con brazos, intestinos, piernas —y tal vez con alma y espíritu.

Si los bárbaros actúan como bárbaros es comprensible. Pero no lo es tanto cuando en nombre de la civilización se emplean métodos propios de la barbarie. ¿No se parecen cada día más los enemigos que combaten a muerte y de paso arrasan con quienes tienen la suerte de estar entre medio de ambos? Como aquellos dictadores latinoamericanos que violaban todos los derechos humanos, la constitución de sus países y suprimían aquellas incipientes democracias por décadas de barbarie en nombre de la Democracia y la Libertad.

Enfrentamiento, odio y más odio —ése ha sido el único recurso: odio hacia adentro, odio hacia fuera. Discriminación, racismo, desprecio o indiferencia ante la tragedia y el dolor de los pueblos ajenos. Se siembra muerte y odio para cosechar vida y amor. ¿Y cuál ha sido el resultado? ¿Es eso combatir la barbarie o promoverla? ¿Dónde está la única arma de Jesús, el Amor al prójimo? Recurso fundamental de cualquier salvación —de la civilización y del alma humana— que sistemáticamente es despreciado por la soberbia, la ignorancia del pueblo y los intereses de patricios y fariseos. ¿Dónde está el ejemplo, enfurecidos cristianos y musulmanes, de aquel pobre judío de Nazareth que ambos veneran, que pudiendo aniquilar a sus torturadores con el sólo movimiento de una mano, reprendió a un discípulo por cortarle la oreja a un soldado enemigo? ¿Dónde está aquel Jesús que demostró que nadie está lo suficientemente limpio para erigirse como juez absoluto? ¿Dónde está aquel Mesías que se rodeaba de pobres, enfermos y marginados de todos tipo, menos de ricos y poderosos? ¿Dónde está aquel Jesús que recomendaba no presumir en público de su fe? ¿Dónde está el Nazareno que no lo encuentro entre tantos fariseos enfurecidos, entre tantos soldados romanos, entre tantos Césares excitados por el éxito de su imperio? Ante esta escalada imparable de absurdos, ¿no será que debemos volver a los valores originales de Jesús, quien pregonó amor universal para vencer la muerte y nunca la guerra, la violencia ni el odio?

La forma más efectiva de no ver una implicación global, estructural, en cada fenómeno, es poner a Dios y a la religión por delante: “nosotros no somos culpables de cualquier cosa mala que pasa en el mundo; nosotros luchamos del lado de Dios y ellos del lado del Mal”. Pero el mundo no es una tira animada de Batman o de Superman, ni es una telenovela latinoamericana donde el mal está todo reducido en un par de villanos, fuente personal de todo el miedo y el dolor de los buenos ciudadanos. Así, tanto en Superman como en las telenovelas, al reducir el Mal del mundo en unos pocos villanos, se ocultan las razones estructurales de un mundo enfermo y cómplice. La propaganda y la política han hecho de la historia una historieta, y en este grado de simplificación y desmemoria es como nos obligan a leer la realidad.

Nuestra cultura, la occidental, la cultura que ha impulsado la última globalización de la historia, está “liderada” por aquellos que ignoran —tal vez deliberadamente— la misma dinámica de la globalización. Porque afirmar que la lucha contra la barbarie se reduce a la eliminación de grupos minúsculos de bárbaros, es una monstruosa ingenuidad —o una nueva estrategia de la ignorancia organizada.

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, agosto, 2006

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Ceux qui luttent contre la barbarie?

 

Quoique les discours officiels disent le contraire, nous pouvons voir, d’une certaine façon, une lutte contre les barbares. Mais, contre la barbarie? Serait-ce que nous devrions revenir aux valeurs originelles de Jésus lequel prôna l’amour universel afin de vaincre la mort et la haine, et jamais la guerre et la violence qu’aujourd’hui promeuvent avec orgueil ses propres adeptes?

Les discours officiels sont mono-thématiques et simplistes, comme la publicité : “La lutte des gouvernements, depuis Athènes jusqu’à Sparte, est la lutte contre la barbarie”. Éclairons les doutes : on ne peut rien objecter sur la poursuite de criminels concrets puisque ce n’est pas aisément qu’ils renonceraient à leurs propres maladies. Un violeur peut avoir été une victime dans son enfance, mais la véritable cause de son délit ne le libère pas de sa responsabilité : un violeur est, avant tout, un criminel, et comme tel doit être jugé. Mais avec la mort du violeur, l’individu difforme, on n’élimine pas un phénomène qui est métaphysique mais social. Peut-être que le reste de la population se sent soulagé – et confirmé dans sa bonne morale – tuant le monstre; mais ce soulagement est un piège qui empêche l’autocritique comme société qui produit systématiquement des milliers de monstres par quelque cause intérieure, et non comme si cela eut été des phénomènes climatiques.

La même simplification se répète à l’échelle internationale. Tous les leaders politiques insistent sur le fait du « comment » il faut combattre la barbarie, mais personne ne paraît s’intéresser sur le problème du « pourquoi » existe le problème. Les plus grandes énergies du monde (“civilisé”) sont investies afin de combattre la barbarie, en même temps que les discours et les médias de communication prétendent nous en convaincre, non pas par les faits, mais par la débordante force du langage colonisé. Cependant, nous pouvons très bien voir, d’une certaine façon, une lutte contre les barbares; en échange nous pouvons regretter : et contre la barbarie? Qu’à t-on fait pour s’attaquer aux causes de ce malheur, de cette maladie de notre temps? Rien, ou presque rien.

Rien ou presque rien – toute proportion gardée – n’a été fait contre la misère des peuples périphériques (souvent en situation de servilité envers les centres, réelle ou psychologique); rien n’a été fait afin de respecter leurs cultures, rien n’a été fait afin d’ériger des ponts entre eux et nous; rien n’a été fait pour les comprendre et rien pour chercher qu’eux nous comprennent mieux. Rien n’a été fait afin de construire une association économique et culturelle qui bénéficie à tous. Rien n’a été fait pour un “Dialogue des Civilisations” et tout reste à faire afin de vaincre ce stupide “Choc des Civilisation”, si satisfaisant à si peu. Rien n’a été fait afin de les conquérir – selon l’antique acceptation chrétienne de la parole, et non dans l’acceptation historique du christianisme -, et tout a été fait pour leurs imposer le Salut, commençant par la force.

Beaucoup a été fait d’un côté comme de l’autre, comme nous le développons dans un autre essai, afin d’alimenter la même la Culture de la Haine qui asphyxie notre humanité au bénéfice de quelques intérêts. Comme si la véritable peur fut que l’on découvre finalement la vérité : les peuples s’entendent facilement s’ils en ont l’opportunité, s’ils enlèvent beaucoup de frontières physiques que s’obstinent à conserver et à fortifier les plus radicaux réactionnaires de l’histoire.

On n’a pas construit un seul pont. On n’a seulement érigé d’épaisses murailles. On a seulement lancé des missiles et des bombes. On a seulement imposé des modèles politiques qui, s’ils nous servent à nous, ne doivent pas nécessaires apprécier des peuples ayant des histoires et des cultures différentes – modèles déjà obsolètes, de telle sorte qu’ils luttent afin de survivre dans le même centre de civilisation. Comme si la solution à toutes les différences fut que les autres se convertissent en nous ou nous en eux.

Serait-ce que la fameuse défenses de « nos valeurs » a pour objectif principal de conserver des valeurs qui maintenant ne sont plus les nôtres? Serait-ce que « nos valeurs » commencent à ne plus être la fameuse “démocratie représentative” (dont les « représentants » ont l’habitude d’être millionnaires ou puissants, et dont les classes moyennes ou basses ne représentent seulement que de vains rêves)? Ne serait-ce pas que notre occident inévitablement se dirige vers une démocratie directe, c’est-à-dire vers la Société Désobéissante? Ne serait-ce pas que les antiques classes (estamentos) sociales qui ne veulent pas perdre le contrôle des peuples « démocratiques » ont trouvé chez de lointains ennemis du Moyen-Âge une forme d’insoupçonnables alliés? Sinon, comment explique-t-on les variations dans les enquêtes chaque fois que la peur nous tenaille?

Avec le coût d’un seul missile lancé sur un village, on pourrait ériger une école. Pendant que cette bombe supprime trente enfants et crée trente autres futurs fanatiques, une humble école pourrait être le début de la réconciliation entre les peuples épuisés par la haine, la violence et la mort – à part le fait de conserver la vie à ces trente enfants, si cela intéresse quelqu’un. Mais non : la millionnaire mort pleut par ici et par-là, en même temps qu’à partir de là se recrute dans la même proportion des jeunes en furie, humiliés par l’impuissance d’une carrière déshumanisée et pratiquement inépuisable. Ou quelqu’un pense-t-il que les barbares naissent d’une feuille de chou?

Pendant que dans certaines parties du monde pleuvent des bombes intelligentes qui n’atteignent presque jamais leur but, les moralistes s’opposent furieusement à l’utilisation de cellules afin de chercher le traitement à de terribles maladies, sous l’orgueilleuse bannière d’être les champions du mouvement « pro-vie ». Le fait est paradoxal que ce sont ces mêmes groupes religieux qui appuient inconditionnellement les bombardements d’enfants étrangers au nom même de la vie. Et, ceux qui ne les appuient pas directement, se limitent à déplorer ces morts sous l’éternelle excuse « d’effets collatéraux » - c’est-à-dire, d’innocentes morts dont ne se préoccupe même pas la ligue de la protection animale. Des cellules ont plus d’importance que des jeunes et des enfants ayant des yeux, des bouches, des bras, des intestins, des jambes – et peut-être une âme et un esprit.

Si les barbares agissent comme des barbares c’est compréhensible. Mais cela ne l’est pas tant lorsqu’au nom de la civilisation on emploie des méthodes propres à la barbarie. N’apparaît-il pas plus chaque jour d’ennemis qu’ils combattent à mort, et au passage rasent ceux qui ont la malchance d’être entre les deux? Comme ces dictateurs latino-américains qui violaient tous les droits humains, la constitution de leur pays, et supprimaient ces démocraties naissantes par des décades de barbarie au nom de la Démocratie et de la Liberté.

Affrontement, haine et plus de haine – cela a été l’unique recours : la haine vers l’intérieur, la haine vers l’extérieur. La discrimination, le racisme, le mépris ou l’indifférence devant la tragédie et la douleur des peuples étrangers. On sème la mort et la haine pour récolter la vie et l’amour. Et quel en a été le résultat? Est-ce combattre la barbarie ou la promouvoir? Où est la seule arme de Jésus, l’Amour du prochain? Recours fondamental de tout salut – de la civilisation et de l’âme humaine – qui systématiquement est méprisé par l’orgueil, l’ignorance des peuples et les intérêts des patriciens et des pharisiens. Où est l’exemple, enragés chrétiens et musulmans, de ce pauvre juif de Nazareth que tous deux vénèrent, qui pouvant annihiler ses tortionnaires du seul mouvement de la main, reprit un disciple pour avoir couper l’oreille d’un soldat ennemi? Où est-ce Jésus qui démontra que personne n’est suffisamment pur pour s’ériger en juge absolu? Où est ce messie qui s’entourait de pauvres, de malades et de marginalisés de toutes sortes, et moins de riches et de puissants? Où est ce Jésus qui recommandait de ne pas se vanter en public de sa foi? Où est le Nazaréen que l’on ne trouva pas entre tant de pharisiens enragés, entre tant de soldats romains, entre tant de Césars excités par le succès de leur empire? Devant cette escalade imparable d’absurdes, ne serait-il pas que nous devrions revenir aux valeurs originelles de Jésus, lequel préconisait l’amour universel afin de vaincre la mort, et jamais la guerre, la violence ou la haine?

La façon la plus efficace de ne pas voir une implication globale, structurelle, dans chaque phénomène, c’est de mettre Dieu et la religion en avant : “nous ne sommes pas coupables de quelconque mauvaise chose qui se passe dans le monde; nous luttons du côté de Dieu et eux du côté du Mal. Mais le monde n’est pas une bande dessinée de Batman ou de Superman, ni un téléroman latino-américain où le mal est confiné dans une paire de vilains, source personnelle de toute la peur et la douleur des bons citoyens. Ainsi, tant dans Superman que dans les téléromans, à réduire le Monde à quelques vilains, on cache ainsi les raisons structurelles d’un monde malade et complice. La propagande et la politique ont fait de l’histoire une historiette, et dans ce degré de simplification et d’oubli, c’est comme s’ils nous obligeaient à en lire la réalité.

Notre culture, l’occidentale, celle qui a impulsé la dernière globalisation de l’histoire, est “conduite” par ceux qui ignorent – peut-être délibérément – la dynamique même de la globalisation. Parce que affirmer que la lutte contre la barbarie se réduit à l’élimination de groupes minuscules de barbares, est une monstrueuse ingénuité – ou une nouvelle stratégie de l’ignorance organisée.

Jorge Majfud, août 2006
Université de Géorgie

Traduit de l’Espagnol par :
Pierre Trottier, août 2006
Trois-Rivièrs, Québec, Canada

 

 

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Memoria dulce de la barbarie

“La cárcel de Libertad”

 

Mis viejos amigos siempre se han reído de mi memoria aunque, con los años, han ganado en prudencia y mantenido en amistad. El mejor sentimiento que agradezco a mi memoria es la nostalgia. Una profunda nostalgia. Entre lo peor está el inútil arrepentimiento.

Las paradojas del destino han hecho que yo tuviera que añorar los años de la dictadura militar en mi país; tuve en mala suerte crecer y abandonar mi infancia en esa época. No es a la barbarie a quien debo estar agradecido y parecería estar demás aclararlo, si no fuera por la ilimitada necedad humana que nunca descansa. Una vez, en una clase de literatura de la secundaria, le preguntamos a la profesora por qué no se hablaba de Onetti, siendo que dos años antes había recibido el Premio Cervantes en España y que, se decía (alguien dijo), era uno de los clásicos vivos de nuestro país. La respuesta, contundente, fue que Juan Carlos Onetti había recibido todo de Uruguay —educación, fama, etc.— y luego se había ido al exilio a hablar mal de su país. No es necesario comentar semejante exabrupto. Sólo que uno espera de alguien que se ha dedicado a la literatura una visión menos estrecha de la existencia. Se supone que alguien con ese extraño oficio ha vivido varias vidas y ha tenido que sentir y pensar el mundo desde otras cárceles. Sin embargo no es así; la necedad no es la simple carencia de algo sino el resultado de un largo aprendizaje, casi siempre basado en la práctica. Si este recuerdo ocupa todavía en su memoria algún lugar, tal vez forme parte de su cuota de arrepentimientos. Agregaré que aquella profesora, hasta donde alcanza mi juicio, no era una mala persona. Quizás era más feliz que las otras profesoras de literatura que tuve años después. Lo único que tenían todas en común era cierta sensualidad, insospechable por su forma de vestir o de hablar.

A lo que voy es que no sería raro que alguien piense, mientras menciono que crecí en tiempos de dictadura, que me debo a ella, que le debo mi educación y poco menos que la vida y que, por lo tanto, debería tenerle algún agradecimiento. Claro que la respuesta es no. Como decía Borges —el tantas veces ciego, pero no menos veces brillante—, uno nace donde puede. A mí me tocó nacer en un momento histórico donde la política —o, mejor dicho, su antítesis: la barbarie— se filtraba por las rendijas de las puertas y las ventanas, hasta destruir a familias enteras. Una de esas fue, entiendo, mi familia. O parte de mi familia. Pero no voy a entrar en eso ahora.

No puedo evitar recordar esta trasnochada la cárcel de Libertad, allá en Uruguay. Antes, yo había conocido depósitos menores, con motivo de las visitas que mi familia le hacía a mi abuelo, Ursino Albernaz, el viejo rebelde, el revolucionario, la oveja negra de una familia de campesinos conservadores. Mi abuelo había sido negado por su primera familia; le quedaba la que él mismo había construido y, sin querer, destruido también. Fue torturado por varios “soldaditos de la patria”. Omitiré nombres de vecinos, ya que aún viven y no tengo más prueba que la confesión de mis seres queridos, ya todos muertos; sólo diré que el célebre “Nino” Gavazzo estuvo entre sus cobardes inquisidores. Aunque el adjetivo “cobarde” es una redundancia histórica, ya que las dictaduras no recuerdan ningún acto heroico, ni de sus soldados ni mucho menos de sus generales. Ni siquiera pudieron inventarlos; no sólo porque carecían de imaginación sino porque ni ellos mismos se creían cuando se colgaban estrellas y medallas en sus uniformes, una tras otra hasta cubrirles todo el pecho de chatarra que portaban orgullosos en las fiestas de sociedad. Sólo queda el recuerdo de la permanente y obsesiva propaganda detallando los horrores ajenos. O las demostraciones de amor de los religiosos seguidores de Pinochet que en los años noventa desfilaban con retratos de los desaparecidos por el régimen y con una leyenda que decía: “Gracias a Dios están muertos”. (Recientemente estuvo aquí en la Universidad de Georgia el célebre Frederic Jameson donde, con su habitual guiño provocador, recordó las costumbres narrativas de los imperios, el placer del éxito y la tortura: la épica pertenece a los ganadores, mientras el romanticismo es propio de los perdedores. No obstante, es ésta la que permanece. En América Latina ni siquiera hubo una épica de los vencedores. ¿Quién se puede imaginar a un escritor, por enano que sea, rescatando alguna de los miserables éxitos de nuestros atilas?)

De esos cursos en el infierno, mi abuelo salió con una rodilla reventada y algunos golpes que no fueron tan demoledores como los que debió sufrir su hijo menor, Caíto, muerto antes de ver el final de lo que él llamaba “tiempos oscuros”. A principio de los ‘70 ascendieron a ambos al mayor espacio simbólico de la dictadura: los enviaron a la cárcel de Libertad.

Recuerdo la cárcel de Libertad desde infinitos puntos de vista. Para los niños que íbamos allí, el largo viaje era un paseo, aunque siempre debíamos madrugar para luego esperar a un costado de la ruta en noches frías y lluviosas. Esperar, siempre esperar en la ruta, en las terminales de ómnibus, en los interminables puestos de seguridad, en pasillos y salas de manoseo. Cuando niños no podíamos imaginar que todo ese proceso, además de agotador, era humillante. Nos salvaba la inocencia, o la casi inocencia, porque siempre supe qué significaba aquello: era algo de lo que no se podía hablar. Años más tarde, uno de mis personajes llamó a esa generación, “la generación del silencio” y creo que dio sus razones, aparte de ésta. Ese “silencio” significaba, para mí, que existía una contradicción trágica entre el discurso oficial y mi propia vida. En la humilde escuela de Tacuarembó a la que yo asistía, aquella escuela que goteaba sobre nuestros cuadernos los días de lluvia, se nos hablaba de la justicia y el orden pacífico que reinaba en el país, gracias a los Soldados de la Patria. Años después, en la secundaria, todavía se repetía que vivíamos en democracia. Mientras debíamos escuchar y repetir todo esto en el ámbito público, en los veranos, en una cocina rural de Colonia, escasamente iluminada por un farol de mantilla, escuchaba las historias de personas desconocidas acerca de hombres y mujeres lanzados desde aviones al Río de la Plata, por arte de la dictadura argentina. Quince años más tarde serían éstas mismas confesiones, por parte del ex capitán de navíos Adolfo Scilingo, que escandalizarían al mundo. Eso fue en 1995, según recuerdo; leí esta noticia en algún país de Europa —por la arquitectura podría ser Praga—, lo que me dio una idea de la sospechosa inocencia del mundo y de buena parte de nuestra sociedad. Luego Scilingo o Tilingo se desdijo argumentando que todo había sido una “novela”.

Si libero mi memoria a partir del primer “check point” que precedía la entrada a la monstruosa cárcel de Libertad, enseguida me vienen a la conciencia militares con botas negras por todas partes, mujeres cargando bolsas, niños quejándose por el paso rápido de sus madres, maldiciones en secreto, invocaciones a Dios. Luego un salón como una estación de trenes, gris por todas partes. El cielo también gris y el piso húmedo, marcado por las botas que iban y venían. Un militar de bigotes recortado, llenando formularios y autorizando a pasar a la gente. No sé por qué, se parece a un Videla de ojos claros, labios apretados y voz de mando. Luego una salita pequeña donde otros uniformados palpaban a los visitantes. Luego otro camino de asfalto que conducía a otro edificio. Una sala sin ventanas. Un retrato de José Artigas vestido de militar blandengue. Más esperas, más ganas de ir al baño y no poder. Una niña hermosa que me sonríe entre tanto fastidio. El pelo rubio le brillaba entre las penumbras de la pequeña sala. Pero a mí me había impresionado su mirada, inocente (se me ocurre ahora), llena de ternura, algo improbable en ese infierno.

En algún momento mi abuela se levantó y pasó para hablar con su hijo, por teléfono. Los separaba un vidrio espeso. Esa misma tarde u otra parecida le confesó que había sido allí, en la cárcel, donde se había convertido en aquello por lo cual estaba preso. Tiempo después me repitió a mí también la misma convicción: si había caído injustamente, ahora por lo menos tenía una justificación que le haría todos aquellos años de su juventud más soportables. Ahora tenía una causa, una razón, algo por lo cual sentirse orgulloso y redimido.

Luego los niños seguíamos por otra puerta y salíamos a un patio tiernamente equipado con juegos infantiles. Allí estaba el tío, con su bigote grueso y su eterna sonrisa. Su incipiente calvicie y sus preguntas infantiles. “¿Cómo te va en la escuela?” A mi lado recuerdo a mi hermano, mirando ensimismado a mi tío, y mi primo más chico M., arrojándose de un tobogán. Caíto lo agarraba, lo subía de nuevo y entre los gritos de alegría de M., volvía a preguntar: “¿Y cómo están los papis?” “¿Ya tienes novia?”.

Pero nosotros no estábamos para eso. Me acerqué al tío y le dije, en voz muy baja para que no me escuchara el guardia que caminaba por allí, el mensaje que tenía para él. Se quedó serio.

Luego lo recuerdo del otro lado de un tejido de alambre, caminando en fila india junto con los otros presos. Yo tenía ganas de llorar y me contuve. Mi primo gritó su nombre y él hizo como si se tocara la nuca y movió los dedos. Lo vi alejarse, con la cabeza inclinada hacia el suelo. El tío había sido torturado con diferentes técnicas: lo habían sumergido repetidas veces en un arrollo, lo habían arrastrado por un campo lleno de espinas. Más tarde supo que cuando se lo llevaron su esposa se pegó un tiro en el corazón. Mi hermano y yo estábamos ese día de 1973 o 1974 en aquella casa del campo, en Tacuarembó, jugando en el patio al lado de una carreta. Cuando oímos el disparo fuimos a ver qué ocurría. La tía Marta, que apenas conocí, estaba tendida en una cama y una mancha cubría su pecho. Luego entraron personas que no puedo identificar a tanta distancia y nos obligaron a salir de allí. Mi hermano mayor tenía seis años y comenzó a preguntarse: “¿Para qué nacemos si tenemos que morir?” La mama, la abuela Joaquina, que era una inquebrantable cristiana a la que nunca vi en iglesia alguna, dijo que la muerte no es algo definitivo, sino sólo un paso al cielo. Excepto para quienes se quitan la vida.

—¿Entonces la tía Marta no irá al cielo?

—Tal vez no —contestaba mi abuela—, aunque eso nadie lo sabe.

A uno de los empleados de mi padre le gustaba jugar con un verso que había que repetir cada vez usando una sola vocal:

Estaba la calavera

sentada en una butaca

y vino la muerte y le preguntó

por qué estaba tan flaca?

Astaba la calabara, santada an ana bataca, a vana la marta… Cuando llegaba aquí, su rostro deformado por tantas as en su boca me recordaba a la muerta. La tía Marta estaba fría y muerta. Tiempo después tuve un sueño que se repitió algunas veces. Yo yacía inmóvil pero consciente en un sótano, lleno de desperdicios. Alguien, con la voz de mi abuela, decía: “Déjenlo, está muerto”. Entonces era doblemente abandonado: por mí mismo y por los demás. Este sueño, como algunos otros —aunque a los críticos de letras les gusta repetir que los sueños no le importan a nadie más que a quien lo soñó— está trascripto, casi literalmente, en mi primera novela.

Mi hermano y yo supimos, por deducción secreta, por qué lo había hecho. Aunque ahora pienso que nadie puede culpar a nadie de un suicidio sino al que aprieta el gatillo o se cuelga de un árbol. Ni siquiera a un dictador. Dejar cartas responsabilizando por su propio suicidio a alguien que no se encuentra presente es completar la cobardía del acto supremo del escapista —y una prueba póstuma de la manipulación de las emociones ajenas que el muerto ejerció o quiso ejercer en vida. En el caso de la tía Marta no fue un acto político; sólo fue víctima de la política y de sus propias debilidades.

El tío Caíto murió poco después de salir libre, en 1983, casi diez años más tarde, cuando tenía 39. Estaba enfermo del corazón. Murió por esta razón o por un inexplicable accidente en su moto, una noche, en un solitario camino de tierra, en medio del campo.

 

Jorge Majfud

Athens, febrero 2006.

 

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Mémoire douce de la barbarie:

La prison de Liberté

 

 

Mes vieux amis ont toujours ri de ma mémoire quoique, avec les années, ils ont crû en prudence et m’ont gardé leur amitié. Le meilleur sentiment dont je suis redevable envers ma mémoire est la nostalgie. Une profonde nostalgie. D’entre le pire est l’inutile regret.

Les paradoxes du destin ont fait que j’eus à regretter les années de la dictature militaire dans mon pays; j’eus la malchance de croître et d’abandonner mon enfance à cette époque. Ce n’est pas à la barbarie que je dois être reconnaissant et qui paraît, du reste, l’éclairer, si ce n’était par l’illimitée nécessité humaine qui jamais ne se repose. Une fois, dans une classe de littérature au secondaire, nous demandions à la professeure pourquoi on ne parlait pas d’Onetti, étant donné qu’il avait reçu, deux années auparavant, le prix Cervantes d’Espagne, et que, il était un des classiques d’actualité de notre pays. La réponse, contondante, fut que Juan Carlos Onetti avait tout reçu de son pays – éducation, renommée, etc. –, et que par la suite il s’en était allé en exil parler en mal de son propre pays. Il n’est pas nécessaire de commenter de tels ex abrupto. Seulement on attend de quelqu’un qui s’est dédié à la littérature une vision moins étroite de l’existence. On suppose qu’une personne avec cet étrange métier a vécu plusieurs vies et a eu à sentir et à penser le monde à partir de d’autres prisons. Cependant, il n’en est pas ainsi; la nécessité n’est pas la simple carence de quelque chose, mais le résultat d’un long apprentissage, presque toujours basé sur la pratique. Si ce rappel occupe encore dans sa mémoire quelque espace, peut-être fait-il partie de son quota de regrets. J’ajouterai que cette professeure, selon mon jugement, n’était pas une mauvaise personne. Peut-être était-elle plus heureuse que les autres professeures de littérature que j’eus par la suite pendant des années. La seule chose qu’elles avaient en commun était une certaine sensualité, insoupçonnable, par la façon de se vêtir ou de parler.

A ce que je vois, c’est qu’il ne serait pas rare que quelqu’un pense, pendant que je signale que je grandis en des temps de dictature, que je lui suis reconnaissant, que je lui dois mon éducation et, peu s’en faut, la vie, et que par conséquent, je devrais lui témoigner quelque reconnaissance. Bien sûr que la réponse est non. Comme disait Borges – si souvent aveugle, mais non moins si souvent brillant – une personne naît où elle peut. A moi me revint de naître à un moment historique où la politique – ou, pour mieux dire, son antithèse: la barbarie – s’infiltrait par les fentes des portes et des fenêtres, jusqu’à détruire des familles entières. Une de celles-là fut, bien sûr, ma famille. Mais je ne vais pas entrer dans ceci maintenant.

Je ne peux éviter de rappeler cette nuit noire «la prison de Liberté», là en Uruguay. Avant, j’avais connu des dépôts moindres à l’occasion de visites que ma famille rendait à mon grand-père, Ursino Albernaz, le vieux rebelle, le révolutionnaire, le mouton noir d’une famille de paysans conservateurs. Mon grand-père avait été renié par sa première famille; il lui restait celle que lui-même avait construite et, sans le vouloir, détruite aussi. Il fut torturé par plusieurs «petits soldats de la patrie». Je passerai sous silence le nom de voisins, quoiqu’ils vivent encore et que je n’aie de preuves que la confession de mes êtres chéris, maintenant tous décédés; je dirai seulement que le célèbre “Nino” Govazzo fut d’entre ses lâches inquisiteurs. Quoique l’adjectif «lâche» est une redondance historique, car les dictatures ne soulignent aucun acte héroïque, ni de ses soldats et encore moins de ses généraux. Ni même ne purent en inventer; non seulement parce qu’elles manquaient d’imagination, mais parce que ni eux-mêmes ne se croyaient lorsqu’ils s’accrochaient des étoiles et des médailles à leurs uniformes, une après l’autre, jusqu’à se couvrir toute la poitrine de ferraille qu’ils portaient orgueilleusement dans les fêtes sociales. Il ne reste que le souvenir de la permanente et obsessive propagande détaillant les horreurs d’autrui. Ou les démonstrations d’amour des religieux partisans de Pinochet qui, dans les années 90’, défilaient avec les portraits des disparus sous le régime et montrant une légende qui disait : “Grâce à Dieu, ils sont morts”. (Récemment était ici à l’Université de Géorgie le célèbre Frederic Jameson qui, avec son habituel clin d’œil provocateur, rappela les coutumes narratives des empires, le plaisir du succès et de la torture : l’épique appartient aux vainqueurs pendant que le romantisme est le propre des perdants. Cependant, c’est ce dernier qui demeure. En Amérique Latine, il n’y eut même jamais une épique des vainqueurs. Qui peut imaginer un écrivain, si petit soit-il, repêchant quelque chose des misérables succès de nos Attila?)

De ces courses en enfer, mon grand-père en sortit avec une rotule claquée et quelques coups qui ne furent pas si démoralisateurs comme ceux dont dû souffrir son fils cadet, Caito, mort avant de voir la fin de ce qu’il appelait «les temps obscurs». Au début des années 70’, ils montèrent tous les deux au plus grand espace symbolique de la dictature : ils furent envoyés à la prison de Liberté.

Je me souviens de la prison de la Liberté à partir d’infinis points de vue. Pour nous les enfants qui allions là, le long voyage était une promenade, quoique nous devions toujours nous lever tôt pour ensuite attendre sur le côté d’une route, par nuits froides et pluvieuses. Attendre, toujours attendre sur la route, dans les terminaux d’omnibus, aux interminables postes de sécurité, dans les couloirs et les salles de tripotage. Enfants, nous ne pouvions imaginer que tout ce processus, en plus d’être épuisant, était humiliant. Cela nous sauvait l’innocence, ou la presque innocence, parce que je sus toujours ce que signifiait cela: c’était quelque chose dont nous ne pouvions parler. Des années plus tard, un de mes personnages nomma cette génération: “la génération du silence”, et je crois qu’il donna ses raisons, en plus de cela. Ce «silence» signifiait, pour moi, qu’il existait une contradiction tragique entre le discours officiel et ma propre vie. Dans l’humble école de Tacuarembó dans laquelle j’étais, cette école qui laissait dégoutter sur nos cahiers les jours de pluie, on nous parlait de la justice et de l’ordre pacifique qui régnaient sur le pays grâce aux Soldats de la Patrie. Des années plus tard, à l’école secondaire, on nous répétait encore que nous vivions en démocratie. Pendant que nous devions écouter et répéter tout cela sur la place publique, pendant les étés, dans une cuisine rurale de Colonie, rarement illuminée par une lanterne de mantille, j’écoutais les histoires de personnes inconnues au sujet d’hommes et de femmes jetés à partir d’avions dans le Rio de la Plata, un art de la dictature argentine. Quinze années plus tard, ce seraient ces mêmes confessions, de la part de l’ex-capitaine de navires Adolfo Scilingo, qui scandaliseraient le monde. Cela se passait en 1995, selon mes souvenirs; je lus cette nouvelle dans quelque pays d’Europe – par l’architecture ce pourrait être Prague -, ce qui me donna une idée de la suspecte innocence du monde et d’une bonne partie de notre société. Suite à Scilingo ou Tilingo (*), je me ravisai argumentant que tout cela avait été un «roman».

Si je libère ma mémoire à partir du premier «check point» qui a précédé l’entrée à la monstrueuse prison de Liberté, tout de suite me vient à la conscience des militaires de toutes parts portant des bottes noires, des femmes chargées de bourses, des enfants se plaignant du passage rapide de leurs mères, des malédictions en secret, des invocations à Dieu. Par la suite, un salon ressemblant à une station de train, gris, de tous côtés. Le ciel aussi gris et le plancher humide marqué par les bottes qui allaient et venaient. Un militaire à moustaches taillées et remplissant des formulaires et autorisant les gens à passer. Je ne sais pas pourquoi, il ressemblait à un Videla aux yeux clairs, aux lèvres serrées et à voix de commandement. Par la suite, une petite salle où d’autres militaires tâtaient les visiteurs. Puis, un chemin d’asphalte conduisant à un autre édifice. Une pièce sans fenêtre. Un portrait de José Artigas vêtu en lancier militaire. Plus tu attends, plus tu as envie d’aller aux toilettes et de ne pas pouvoir y aller. Une belle enfant qui me sourit parmi tout ce dégoût. Ses cheveux roux brillaient dans la pénombre de la petite salle. Mais, en ce qui me concerne, ce qui m’avait impressionné, c’était son regard, innocent (cela me revient maintenant), rempli de tendresse. Quelque chose d’improbable dans cet enfer.

A un certain moment, mon grand-père se leva et alla au téléphone parler à son fils. Une épaisse vitre les séparait. Ce même soir, ou bien un autre semblable, il lui avoua qu’il avait été là, en prison, où il s’était convertit en ce pour lequel il avait été emprisonné. Quelque temps plus tard, il me répéta aussi la même conviction : s’il était tombé injustement, maintenant, du moins, il avait une justification qui rendait toutes ses années de jeunesse plus supportables. Maintenant il avait une cause, une raison, quelque chose pour laquelle se sentir fier et racheté.

Par la suite les enfants continuèrent par une autre porte et sortirent dans une cour tendrement équipée de jeux d’enfants. L’oncle était là avec sa grosse moustache et son éternel sourire. Sa calvitie naissante et ses questions infantiles : “Comment ça va à l’école ?”. A mon côté, je me souviens de mon frère regardant d’une façon absorbée mon oncle et mon cousin plus âgé. M., s’éjectant d’un toboggan. Caíto l’attrapait, le remontait de nouveau et, à travers les cris de joie de M., en venait à lui demander : “Comment vont les papas?” “Alors, as-tu une fiancée?”

Mais nous, nous n’étions pas là pour cela. Je me rapprochai de l’oncle et lui dis, à voix très basse, afin que le gardien qui marchait par-là n’entende pas le message que j’avais pour lui. Il devint sérieux.

Par la suite, je me souviens de lui de l’autre côté d’une clôture barbelée, marchant en file indienne avec les autres prisonniers. J’avais envie de pleurer mais me contins. Mon cousin cria son nom et il fit comme s’il se touchait la nuque en bougeant les doigts. Je le vis s’éloigner, la tête inclinée vers le sol. L’oncle avait été torturé avec différentes techniques : ils l’avaient submergé plusieurs fois dans un ruisseau, traîné dans un champ couvert d’épines. Plus tard je sus que lorsqu’ils lui apportèrent son épouse elle se tira une balle dans le cœur. Mon frère et moi, ce jour de 1973 ou 1974, étions dans ce camp de Tacuarembó, jouant dans la cour près de la route. Lorsque nous entendîmes le coup de feu, nous allâmes voir ce qui arrivait. La tante Marta, que je connaissais à peine, était étendue sur un lit et une tache couvrait sa poitrine. Par la suite entrèrent des personnes que je ne pus reconnaître à une aussi grande distance et nous obligèrent à sortir. Mon frère aîné avait six ans et commença à se demander : “Pourquoi naissons-nous si nous devons mourir?” La maman, la grand-mère Joaquina, qui était une inébranlable chrétienne, celle que je ne vis jamais dans aucune église, dit que la mort n’est pas quelque chose de définitif mais seulement un passage pour le ciel. Excepté pour ceux qui s’enlèvent la vie

–Alors, la tante Marta n’ira pas au ciel?

–Peut-être que non – répondait ma grand-mère –, quoique cela personne ne le sait.

Il plaisait à un employé de mon père, de jouer avec les rimes, qu’il répétait chaque fois utilisant une seule voyelle :

Estaba la calavera
Sentada en un butaca
Y vino la muerte y le preguntó
Por qué estaba tan flaca?
(**)

Lorsqu’elle arriva ici, son visage déformé par tant de «a» me rappelait la mort. La tante Marta était froide et morte. Plus tard j’eus un rêve qui se répéta souvent. Je gisais immobile mais conscient dans un sous-sol rempli de déchets. Quelqu’un, avec la voix de ma grand-mère disait : “Laisse-le, il est mort”. Alors, il était doublement abandonné : par moi-même et par les autres. Ce rêve, comme certains autres – quoique les critiques littéraires se plaisent à répéter que les rêves n’ont d’importance qu’à ceux qui les rêvent – sont transcrits, presque littéralement, dans mon premier roman. Mon frère et moi nous sûmes, par déduction secrète, pourquoi elle l’avait fait. Quoique maintenant je pense que personne ne peut culpabiliser personne d’un suicide sinon celui qui presse la gâchette ou qui se pend à un arbre. Ni même un dictateur. Laisser pour son propre suicide des lettres rendant responsable quelqu’un qui n’est pas présent à ce moment est de compléter la lâcheté de l’acte suprême d’évasion – et une preuve posthume de la manipulation des émotions d’autrui que la mort exerça ou voulut exercer de son vivant. Dans le cas de la tante Marta, ce ne fut pas un acte politique; elle fut seulement victime de la politique et de ses propres faiblesses.

L’oncle Caíto mourut peu de temps après être sortit de prison, en 1983, presque dix années plus tard, lorsqu’il avait 39 ans. Il était malade du cœur. Il mourut pour cette raison ou d’un inexplicable accident de moto, sur un chemin de terre, au milieu de la campagne.

 

Jorge Majfud
Université de Géorgie
Février 2006

 

(*) “bête”

(**) Était la tête de mort
Assise sur un fauteuil
Et vint la mort et lui demanda
Pourquoi était-elle si maigre?

 

 

Traduit de l’Espagnol par : Pierre Trottier, mai 2006
Trois-Rivières, Québec, Canada

 

 

 

Pierre Trottier

Notice biographique
 

(Montréal, le 21 mars 1925) Poète et essayiste, Pierre Trottier fait des études classiques au Collège Sainte-Marie et Jean-de-Brébeuf où il obtient un baccalauréat en 1942. Il détient également une licence en droit de l'Université de Montréal. Il travaille ensuite comme chef de service à la Chambre de commerce du district de Montréal de 1946 à 1949, puis au ministère des Affaires extérieures du Canada. Il occupe divers postes diplomatiques à Moscou, à Djakarta, à Londres et à Paris, avant d'être nommé ambassadeur du Canada au Pérou de 1973 à 1976, puis ambassadeur auprès de l'Unesco en 1979. Il est également membre du Conseil de rédaction de la revue Liberté et il collabore à Cité libre. Pierre Trottier a reçu le Prix David pour Les Belles au bois dormant en 1960 et le Prix de la société des gens de lettres pour Le Retour d'Oedipe en 1964. Il est membre de la Société royale du Canada depuis 1978 et de l'Union des écrivaines et des écrivains québécois.

 

Pierre Trottier

Nota biográfica

 

Pierre Trottier nació en Montreal, el 21 de marzo de 1925. Poeta y ensayista, realizó estudios clásicos en el Collège Sainte-Marie et Jean-de-Brébeuf donde obtuvo su bachillerato en 1942. Licenciado en derecho por la Universidad de Montreal, trabajó más tarde como jefe de servicio en la Cámara de Comercio del distrito de Montreal desde 1946 hasta 1949 y en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Canadá. Ocupó diferentes cargos diplomáticos en Moscú, Yakarta, Londres y París, antes de ser designado embajador de Canadá en Perú desde 1973 hasta 1976. Fue embajador agregado en la UNESCO en 1979. Actualmente, es además miembro del Consejo de redacción de Liberté y colaborador habitual de Cité Libre.

 

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