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Búsqueda interna en Escritos Críticos
La colonización intra-nacional de los patriotismos
Cierta vez, en una clase de secundaria, le preguntamos a la profesora por qué no se hablaba de Juan Carlos Onetti. La respuesta fue contundente: ese señor había recibido todo de Uruguay (educación, fama) y “se había ido” a España a hablar mal de su propio país. Es decir, se identificaba un país entero con un gobierno y una ideología, excluyendo y desmoralizando todo lo demás.
De forma implícita, se asume que existe una forma única —verdadera, honorable— de país y de ser uruguayo (chino, argentino, norteamericano, francés). Si uno está en contra de esa idea particular de país, de patria, entonces es antipatriota, es un traidor.
Un requisito fundamental para la construcción de una tradición es la memoria. Pero nunca toda la memoria, porque no hay tradición sin olvidos. El olvido —siempre más vasto— es indispensable para la adecuación de una determinada memoria a los poderes presentes que necesitan legitimarse a través de una tradición. Si asumimos que los símbolos y los mitos nacionales no son imposiciones de Dios, no nos queda más remedio que sospechar de los poderes terrenales. Es decir, una tradición no es simple e inocente memoria sino memoria conveniente. Ésta suele cristalizarse en símbolos y vacas sagradas, y nada menos objetivo que los símbolos y las vacas.
En la España de Isabel y Fernando, la exclusión fue la base de una patria previamente inexistente. La península Ibérica era, por entonces, el rincón con mayor diversidad cultural de Europa y conformada por tantos países como ésta. Ser español pasó a ser para muchos, después de la Reconquista, un ejercicio de purificación: un solo idioma, una sola religión, una sola raza. Casi quinientos años después, Francisco Franco impuso la misma idea de nación basada por lo menos en las dos primeras categorías de pureza. Camilo José Cela lo reconoció así: “Ni un solo español está libre de ver correr por sus venas sangre mora o judía” (A vueltas con España, 1973); como quien dice “nadie es perfecto”. Durante siglos los intelectuales buscaron, con obsesión, el “carácter español”, como si en la ausencia de una característica concreta se corriese el riesgo de perder la patria. Américo Castro en Los españoles… (1959) observó: “no se encontrará nada semejante a la fantasía española de imaginar españoles antes de que existiesen”. Luego criticó los escritos patrióticos que alababan lo español de Luis Vives que, aún en el extranjero “nunca olvidó Valencia”: no podría olvidar Valencia porque su familia, de origen judío, había sido perseguida y sus dos padres quemados por la inquisición. El célebre presbítero Manuel García Morente entendía que “para los españoles no hay diferencia, no hay dualidad entre la patria y la religión” (Idea de la hispanidad, 1947); “no existe el dualismo entre el César y Dios”. “España está hecha de fe cristiana y de sangre ibérica”. “En España, la religión católica constituye la razón de ser de una nacionalidad…” El gusto ultraconservador por las esencias, lo lleva a repetidas tautologías de este tipo: “el deber patriótico” es ser “fiel a la esencia de la patria”. Otro español, Julio Caro Baroja (El mito del carácter nacional, 1970), cuestionó estas ideas funcionales del poder: “Considero que todo lo que se habla de ‘carácter nacional’ es una actividad mística”. “Los caracteres nacionales se quisieron fijar como colectivos y hereditarios. Así, a veces, se recurrió a expresiones como las de ‘mal español’, ‘hijo renegado’, traidor a la ‘herencia de los padres’ para atacar a un enemigo”.
Esta estrategia del olvido y la exclusión es universal. Los chilenos, argentinos y uruguayos construimos una tradición a la medida de nuestros propios prejuicios europeístas y no en pocos momentos racistas y genocidas. Los autores de diversas limpiezas étnicas (Roca, Rivera) son honrados aún hoy en las escuelas y en los nombres de calles y ciudades. Los indígenas no sólo fueron expoliados y exterminados; también terminamos por blanquear la memoria de los salvajes indómitos. Otro español, Américo Castro, nos recuerda: “Cuando los pueblos son más creyentes que pensantes […] se hace antipático el dudar”.
Así, La patria se convierte en una idea de nación que tiende a excluir todas las demás ideas sobre la misma. Por esta razón suele convertirse en un arma de dominación negativa basada en los sentimientos positivos de pertenencia y familiaridad. Para consolidar esa arbitrariedad del poder tradicional, se recurren a otros instrumentos semánticos. Como el honor, por ejemplo.
El honor es el tributo simbólico que una sociedad impone, por medio de la violencia ideológica y moral, a aquellos individuos que deben ejercer la violencia física para defender los intereses sectarios de aquellos otros que nunca arriesgarán su propia vida en hacerlo. Por esta razón, un ideoléxico compuesto y contradictorio como “el honor de las armas” ha sobrevivido por siglos. No existe otra forma de predisponer a la muerte a un individuo por razones que no está en condiciones de comprender o, si las comprende, no está en condiciones de aceptarlas como sus propias razones. Si se trata de un soldado (el caso más común) el sueldo nunca será razón suficiente para morir. Es necesario cultivar una motivación más allá de la muerte. En el caso del mártir religioso, esta función la cumple el Paraíso; en el caso de una sociedad laica que organiza un ejército a través de un Estado secular, no queda alternativa que la retribución de una muerte ejemplar: el honor, el cumplimiento con el deber, el amor por la patria, etc. Todos ideoléxicos basados en acepciones positivas, incuestionables.
Se honra individuos (paradójicamente anónimos) porque no se puede honrar la guerra que produce esos mares de muertos sin nombres ni se puede honrar las razones financieras, políticas, los intereses de las sectas en el poder. Esto se demuestra cuando, cada día en que se recuerdan a los soldados caídos, nunca se recuerdan los motivos que llevaron a los ahora héroes a morir. Se abstrae y se descontextualiza para consolidar el símbolo y conferirle naturaleza absoluta. Podría ocurrir que existan guerras justas (como una acción de defensa o de liberación), pero aún así resulta imposible pensar que todas las guerras son justas o santas. Entonces, ¿por qué se abstrae este elemento perturbador de la conciencia colectiva? Un solo cuestionamiento es (debe ser) interpretado como una afrenta a los “héroes caídos”. De esa forma, la ganancia es cuádruple: (1) la sociedad lava sus pecados y su mala conciencia; (2) las víctimas del absurdo reciben una gratificación moral y un sentido a sus propias desgracias; (3) se previene de cualquier cuestionamiento radical sobre el sentido de las guerras pasadas; y (4) se asegura el crédito de acción para las guerras que están por venir —por unos pocos pero en nombre de todos.
Jorge Majfud
The University of Georgia
The
Intra-national Colonization of Patriotisms
Jorge
Majfud
Once, in a high school class, we asked the teacher why she never talked
about Juan Carlos Onetti. The answer
was blunt: that gentleman had received everything from
Implicitly, it is assumed that there
exists a unique – true, honorable – form for the nation and of being
Uruguayan (Chinese, Argentine, North American, French).
If one is against that particular idea of country, of fatherland
(patria), then one is anti-patriotic, one is a traitor.
A fundamental requirement for the
construction of a tradition is memory. But
never all memory, because there is no
tradition without forgetting. Forgetting
– always more vast – is indispensable for the adequation of a determined
memory to the present-day powers that need to legitimate themselves through a
tradition. If we assume that
national symbols and myths are not imposed by God, we are left with no other
remedy than to suspect earthly powers. Which
is to say, a tradition is not simple and
innocent memory but convenient memory.
The latter tends to be crystalized in symbols and sacred cows, and there
is nothing less objective than symbols and cows.
In the Spain of Isabel and Fernando,
exclusion was the basis for a previously non-existent fatherland.
The Iberian peninsula was, at the time, the most culturally diverse
corner of Europe and comprised of as many countries as the rest of
This strategy of forgetting and
exclusion is universal. We Chileans,
Argentines and Uruguayans constructed a tradition to the measure of our own euro-centric
and not infrequently racist and genocidal prejudices.
The authors of various ethnic cleansings (
Thus, The
fatherland is turned into an idea of nation that tends to exclude all other
ideas of nation. For this reason it
usually becomes a weapon of negative domination based on the positive sentiments
of belonging and familiarity. In
order to consolidate that arbitrariness of traditional power, other semantic
instruments are made use of. Like honor, for example.
Honor
is the symbolic tribute that a society imposes, by way of ideological and moral
violence, on those individuals who must exercise physical violence in order to
defend the sectarian interests of those others who will never risk their own
life to do so. For this reason, a
composite and contradictory ideolexicon like “the honor of weapons” has
survived for centuries. There exists
no other way to predispose an individual to death for reasons he is in no
position to understand or, if he understands them, he is in no position to
accept them as his own reasons. If
it is a matter of a soldier (the most common case) the salary will never be
sufficient reason to die. It is
necessary to cultivate a motivation beyond death.
In the case of the religious martyr, this function is fulfilled by
One
honors individuals (paradoxically anonymously) because one cannot honor the war
that produces seas of nameless dead, nor can one honor the financial and
political reasons, the sectarian interests in power.
This is demonstrated when, each day that fallen soldiers are remembered,
the motives that led the now heroes to die are never remembered.
One abstracts and decontexualizes in order to consolidate the symbol and
confer upon it an absolutely natural character.
It may be that just wars exist (like an action of defense or of
liberation), but even so it remains impossible to think that all
wars are just or holy. Then, why is
this perturbing element abstracted from the collective conscience?
Any questioning is (must be) interpreted as an affront to the “fallen
heroes.” In this way, the benefit
is quadruple: 1) society washes its sins and its bad conscience; 2) the victims
of the absurd receive a moral gratification and meaning for their own disgrace;
3) any radical questioning of the sense of past wars is prevented; and 4) a loan
is secured against stock for wars yet to come – for a few but in the name of
all.
Translated
by Bruce Campbell
La enfermedad moral del patriotismo
Natural es todo aquello que inventaron los hombres y las mujeres antes que naciésemos nosotros; toda mentira que no cuestionamos es necesariamente una verdad. Una mentira útil nunca sirve al engañado sino al que engaña. Una mentira útil, un instrumento de la perversión inhumana es el patriotismo.
Por todos lados vemos inflamados discursos patrióticos, actos públicos, guerras y matanzas, ofensas y contraofensas, ceremonias de honor y ritos solemnes impulsados por esa orgullosa y arbitraria discriminación que se llama patriotismo. Claro, no se pueden montar discursos en nombre de los intereses de una clase social, ya que la tradición no es suficiente para sostener un concepto moralmente insignificante y generalmente negativo, como lo es el concepto de “interés”. Por lo tanto, se apela a un concepto de larga y bien construida tradición positiva: el patriotismo. Con ello, se niega la división interna de la sociedad afirmando la división externa. La división interna —de clases, de intereses— no desaparece, pero se vuelve invisible y, a la larga, se consolida con la sangre del patriota que no pertenece al reducido círculo de los intereses que la promueven. El patriota muere religiosamente por su patria. Su patria concede medallas a sus padres, a sus hijos, y toda la seguridad a sus “intereses”. Así, morir es un honor. El honor no procede de una reflexión moral sino del discurso patriótico, del rito, de los símbolos nacionales, de una virtual trascendencia del individuo en la “salvación” de su patria.
No voy a entrar ahora a analizar el significado de la trágica sustitución de interés real por patriotismo interesado. Simplemente me bastará con anotar que sólo la idea de “patriotismo” es insostenible, desde un punto de vista humano, desde la conciencia de la especie a la que pertenecemos. Es más: el patriotismo no sólo es insostenible para cualquier humanismo, sino que se lo usa para destruir a una humanidad que busca, desesperadamente, su conciencia universal.
El sentimiento patriótico es pasivo y activo, es impulsado por los ritos, por los discursos y por las ceremonias. Pero también es el motor de todas ellas. El patriotismo es la conciencia egoísta de la tribu que le impide la evolución a un estado de conciencia universal: la conciencia humana. El patriotismo es uno de los mitos más consolidados desde los últimos siglos. Por naturaleza, el patriotismo no sólo es la confirmación casi inocente de la pérdida de individualidad en beneficio de un símbolo artificial, creado por la milenaria tendencia humana del dominio de una tribu sobre las otras.
Ahora bien, podemos decir que un país puede ser una región cultural más o menos definida —y siempre imprecisa—; que la idea de país tiene ventajas en la organización administrativa de la vida pública. De acuerdo. Pero el reclamado sentimiento patriótico, mezcla de fanatismo religioso y utilidad secular, antes que nada es la negación de todos los pueblos que no incluyen al patriota. Si soy nacionalista, si soy patriota, estoy dando prioridad moral a un conjunto de hombres y mujeres desconocidas (mis compatriotas) sobre un conjunto más amplio de desconocidos (la humanidad). Puedo beneficiar a mi familia, a mi ciudad, a mi país en alguna decisión propia. De hecho siempre tendremos tendencia a beneficiar a nuestra familia antes que a la familia del vecino. Pero puedo hacerlo de forma consciente y no valiéndome de una mentira para justificar cualquier acto delictivo de alguno de los integrantes de mi círculo afectivo más próximo. Y el patriotismo es precisamente eso: una condición de irreflexividad. Para ser patriota debo aceptar cierto grado de acrítica —a veces mínimo, a veces obsceno, pero ese grado, por mínimo que sea, es todo lo que tiene de patriota un individuo. Todo lo demás es lo que tiene de individuo. Esto no niega que alguien pueda sentir “amor” por un lugar concreto, por un país, y que pueda dar la vida en su defensa. Un sentimiento de amor es irrefutable. Pero este “entregar la vida por amor” no significa que la motivación de los hechos no esté motivada en un error, en un engaño. El amor es irrefutable, pero lo que hace el amor puede ser deleznable. Y para que ese amor se identifique con la motivación errónea en necesario, además, un fuerte sentimiento patriótico. Para que ese amor nos lleve a la muerte sin el paso previo de una profunda reflexión moral es necesario un código incuestionable, una condición de fanatismo, el anestésico de un rito religioso, el patriotismo. De esta forma, la estrategia más efectiva del patriotismo consiste en identificarse —entre otras cosas— con el amor, es decir, con el altruismo, siendo que su objetivo es, paradójicamente, egoísta. Es decir, en nombre del altruismo, el egoísmo; en nombre de la unión, la discriminación.
No podemos negarlo. Todo patriotismo significa una discriminación, un crédito que extendemos a quienes comparten nuestra nacionalidad y se lo negamos a quienes no la comparten. Ahora, ¿por qué este crédito? Este crédito moral sólo puede tener una función profiláctica, pretende evitar la crítica y el cuestionamiento a quienes poseen el beneficio, la alianza interior. Pero es un crédito injusto, inhumano, discriminatorio, arbitrario.
La reflexión es cuestionamiento, el cuestionamiento es duda, y la duda siempre es un estorbo para los intereses ajenos. Un soldado que piense gasta inútilmente sus energías mentales. Si acaso se niega a ir a una guerra que considera injusta, recibirá todo el peso de la ley, la cárcel, y la lapidaria deshonra de “traidor a la patria”. Lo que demuestra, una vez más, que sólo un reducido grupo —con intereses y con poder— puede administrar el significado de lo que es y no es “patriota”. Es decir, patriota es alguien que no cuestiona, que no critica. El patriota ideal no piensa.
Yo me reconozco como uruguayo. Reconozco una vaga región cultural llamada Uruguay. Pero de ninguna manera soy patriota. Me niego a ser patriota como me niego a responder a una raza —otra histórica arbitrariedad de la ignorancia humana—. Me niego a inyectarme ese sentimiento militarista. Ser patriota es confirmar la arbitrariedad de haber nacido en un lugar cualquiera de este mundo, negando el mismo derecho que merece un africano o un asiático de merecer mi más profundo respeto, mi más firme defensa como ser humano. Desde niños, las instituciones sociales nos imponen ese sentimiento. Hace varios años uno de mis personajes, en el momento de jurar “dar la vida por su bandera” en su tierna infancia, gritó “no juro”, alegando que ese juramento era inválido e inútil, que gracias a ese juramento los asesinos y corruptos podían recibir sus credenciales de ciudadanía igual que cualquier honesto trabajador. Etc. Estoy de acuerdo con mi propio personaje. ¿Por qué debo amar a un desconocido compatriota más que a un desconocido australiano o más que a un desconocido portugués? ¿Por qué habría de entregar mi vida por una región del mundo en desmedro de otra? ¿Por qué el Uruguay habría de ser más sagrado que el Congo o Singapur? ¿Por qué debo considerar a mis compatriotas más hermanos que un argelino o un mexicano? Sí, me siento culturalmente más próximo a otro uruguayo, compartimos una historia, una forma de sentir el mundo, de hablar, de comer. Pero eso no le da prioridad a ningún compatriota mío a ser considerado más ser humano que cualquier otro.
Por todo eso, y por mucho más, no soy patriota. Seré patriota el día que se reconozca como única patria a la humanidad —así, sin discriminaciones.
Jorge Majfud
The University of Georgia
8 de junio de, 2004
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La maladie morale du patriotisme
Jorge Majfud
Juin 2004
Traduit de l’espagnol par :
Pierre Trottier
Tout ce qu’inventèrent les hommes et les femmes avant que nous naissions est
naturel; tout mensonge qui ne nous questionne pas est nécessairement une vérité.
Un mensonge utile ne sert jamais celui qui est trompé mais celui qui trompe. Un
mensonge utile, un instrument de la perversion inhumaine, est le patriotisme.
De tout côté, nous voyons des discours patriotiques enflammés, des actes
publics, des guerres et des tueries, des offenses et des contre offenses, des
cérémonies d’honneur et des rites solomnels issus de cette orgueilleuse et
arbitraire discrimination que l’on nomme patriotisme. Bien sûr, on ne peut bâtir
des discours au nom des intérêts d’une classe sociale, déjà que la tradition
n’est pas suffisante pour soutenir un concept moralement insignifiant et
généralement négatif comme l’est le concept « d’intérêt ». Pour le moment, on
fait appel à un concept de durée et bien construit par la tradition positive :
le patriotisme. Par cela, on nie la division interne de la société mettant en
valeur la division externe. La division interne – de classes, d’intérêts – ne
disparaît pas, mais devient invisible et, à la longue, se consolide avec le sang
du patriote qui n’appartient pas au cercle réduit des intérêts qui la
promeuvent. Le patriote meurt religieusement pour sa patrie. Sa patrie accorde
des médailles à ses parents, à ses enfants, et toute la sécurité à leurs «
intérêts ». Ainsi, mourir est un honneur. L’honneur ne procède pas d’une
réflexion morale mais du discours patriotique, du rite, des symboles nationaux,
d’une transcendance virtuelle de l’individu dans le « salut » de sa patrie.
Je ne vais pas maintenant entrer dans l’analyse de la signification de la
tragique substitution d’intérêt réel par patriotisme intéressé. Simplement, il
me suffira de noter que seule l’idée de «patriotisme» est insoutenable, à partir
d’un point de vue humain, depuis la conscience de l’espèce à laquelle nous
appartenons. Bien plus, non seulement le patriotisme est insoutenable pour
quelconque humanisme, mais on l’utilise afin de détruire une humanité qui
cherche désespérément sa conscience universelle.
Le sentiment patriotique est passif et actif, est impulsé par les rites, par les
discours et les cérémonies. Mais aussi, il est le moteur de ces derniers. Le
patriotisme est la conscience égoïste de la tribu qui lui empêche l’évolution à
un état de conscience universelle : la conscience humaine. Le patriotisme est un
des mythes les plus consolidés depuis les derniers siècles. Par nature, le
patriotisme n’est seulement que la confirmation quasi innocente de la perte de
l’individualité au bénéfice d’un symbole artificiel créé par la tendance humaine
millénaire de la domination d’une tribu sur les autres.
Maintenant, nous pouvons dire qu’un pays peut-être une région culturelle plus ou
moins définie – et toujours imprécise -, que l’idée d’un pays possède des
avantages dans l’organisation administrative de la vie publique. D’accord. Mais
le revendiqué sentiment patriotique, mélange de fanatisme religieux et d’utilité
séculaire, avant tout, est la négation de tous les peuples qui n’adhèrent pas à
ce patriotisme. Si je suis nationaliste, si je suis patriotique, je donne une
priorité morale à un ensemble d’hommes et de femmes inconnus (mes compatriotes)
sur un ensemble plus ample d’inconnus (l’humanité). Je peux faire bénéficier ma
famille, ma ville, mon pays dans quelque décision personnelle. De fait, toujours
nous aurons tendance à faire bénéficier notre famille avant celle du voisin.
Mais, je peux le faire de façon consciente, et non me servir d’un mensonge afin
de justifier quelque acte délictueux de certains des intégrants de mon cercle
affectif rapproché. Et le patriotisme est précisément cela : une condition
d’irréflectivité. Pour être patriote je dois accepter un certain degré
d’acritique – souvent minime – souvent licencieux; mais ce degré, si petit
soit-il, est tout ce que possède de patriote un individu. Tout le reste est ce
qu’il possède d’individualité. Cela ne nie pas que quelqu’un puisse ressentir de
« l’amour » pour un lieu concret, pour un pays, et qu’il puisse donner sa vie
pour sa défense. Un sentiment d’amour est irréfutable. Mais ce « donner sa vie
par amour » ne signifie pas que la motivation des faits ne soit pas soutenue par
une erreur, une duperie. L’amour est irréfutable, mais ce que fait l’amour, oui,
peut l’être. Et pour que cet amour nous porte à la mort sans le passage obligé
d’une profonde réflexion morale, un code inquestionnable est nécessaire, une
condition de fanatisme, l’anesthésie d’un rite religieux : le patriotisme. De
cette façon, la stratégie la plus effective du patriotisme consiste à
s’identifier – entre autres choses – avec l’amour, c’est-à-dire, avec
l’altruisme, quoique son objectif soit, paradoxalement, égoïste. C’est dire, au
nom de l’altruisme, l’égoïsme; au nom de l’union, la discrimination.
Nous ne pouvons le nier. Tout patriotisme signifie une discrimination, un crédit
que nous étendons à ceux qui partagent notre nationalité , et nous le nions à
ceux qui ne la partagent pas. Maintenant, pourquoi ce crédit? Ce crédit moral
seul peut avoir une fonction prophylactique, prétend éviter la critique et le
questionnement envers ceux qui possèdent le bénéfice, l’alliance intérieure.
Mais, c’est un crédit injuste, inhumain, discriminatoire, arbitraire.
La réflexion est questionnement, le questionnement est doute, et le doute est
toujours un obstacle aux intérêts d’autrui. Un soldat qui pense gaspille
inutilement ses énergies mentales. Si peut-être il refuse d’aller à une guerre
qu’il considère injuste, il recevra tout le poids de la loi, la prison, et la
honte lapidaire de « traître à la patrie ». Ce qui signifie, une fois de plus,
que seul un groupe réduit – ayant des intérêts et du pouvoir – peut administrer
le signifiant de ce qu’est ou non un « patriote ». C’est-à-dire, qu’un patriote
est quelqu’un qui ne questionne pas, qui ne critique pas. Le patriote idéal ne
pense pas.
Je me reconnais comme uruguayen. Je reconnais une vague région culturelle
appelée Uruguay. Mais d’aucune façon je suis patriote. Je me refuse à être
patriote comme je me refuse à répondre à une race – autre arbitraire historique
de l’ignorance humaine -. Je me refuse à m’injecter ce sentiment militariste.
Être patriote est confirmer l’arbitraire d’être né dans un lieu quelconque de ce
monde, niant le même droit à un africain ou un asiatique de mériter mon plus
profond respect, ma plus ferme défense comme être humain. Depuis l’enfance, les
institutions sociales nous imposent ce sentiment. Il y a plusieurs années, un de
mes personnages, au moment de jurer de « donner sa vie pour son drapeau », dans
sa tendre
enfance, cria ‘’ je ne jure pas ‘’, alléguant que ce serment était invalide et
inutile, que grâce à ce serment les assassins et les corrompus pouvaient
recevoir leur crédibilité de bons citoyens, à l’égal de tout honnête
travailleur. Je suis d’accord avec mon personnage. Pourquoi devrais-je aimer
plus un compatriote inconnu qu’un australien inconnu, ou plus qu’un inconnu
portugais? Pourquoi me faudrait-il donner ma vie pour une région du monde au
détriment d’une autre? Pourquoi l’Uruguay devrait être plus sacré que le Congo
ou Singapour? Pourquoi devrais-je considérer mes compatriotes plus frères qu’un
algérien ou un mexicain? Oui, je me sens culturellement plus près d’un autre
uruguayen, nous partageons une histoire, une façon de sentir le monde, de
parler, de manger. Mais cela ne donne pas priorité à aucun de mes compatriotes
afin d’être considéré être plus humain que quelconque autre individu.
Pour tout cela, et pour beaucoup plus, je ne suis pas patriote. Je serai
patriote le jour où l’on reconnaîtra l’humanité comme unique patrie. Ainsi, sans
discriminations.
Traduit de l’espagnol par :
Pierre Trottier, juillet 2004
Trois-Rivières, Québec, Canada