|
|||||||
|
|
|
|||||
|
|
|||||||
Búsqueda interna en Escritos Críticos
Los caminos abiertos de América Latina
El escritor y periodista del Corriere della Sera, Maurizio Chierici, en uno de sus libros sobre América Latina (La scommessa delle Americhe, 2006) se refiere a mi optimismo sobre el futuro del continente relacionado a un supuesto cambio de ánimo hacia la potencia del norte. Aunque quizás con un dejo de ironía (equivocadamente cree que soy molto amato e premiato negli Stati Uniti), cita algunas observaciones sobre la historia del continente que recuerdan la alternancia de amor y odio, admiración y desprecio según la percepción geopolítica de un imperio o del otro, el monarquismo español y la república norteamericana.
Pero éstos son sólo síntomas de una evolución histórica que va más allá de América Latina y que encuentra a este continente en una situación de inmejorable oportunidad, más allá de las crisis que vendrán.
Sin caer en el anacronismo de asumir una “psicología de los pueblos”, independiente de sus condiciones históricas y materiales, creo que hay sobrados indicios —ya que no aún pruebas— de que las regiones culturales participan de un paradigma particular desde el cual ven el mundo y a sí mismos, y actúan en consecuencia. No es el momento de ampliar aquí sobre esa “forma de pensar” de nuestro continente, sino apenas recordar, en pocas líneas sintéticas, el marco histórico que también impone sus condiciones a cualquier libertad, individual o colectiva.
Entiendo que ese marco está definido por la progresiva e inevitable democracia directa, producto ideológico de la radicalización del humanismo y de la modernidad, causa y consecuencia del desarrollo de las tecnologías no militares de los últimos siglos. Toda forma de democracia es siempre relativa y progresiva; el adjetivo “directa” sugiere un imposible valor absoluto de la democracia, por lo cual sería preferible usar la definición de democracia progresiva, a riesgo de arrastrar una especie de oxímoron: una democracia conservadora es una idea contradictoria. Pero éste último es un problema menor. Dejémoslo como digresión o nota al pie.
La democracia progresiva no reemplazará las formas de la democracia representativa sino antes el significado y la práctica de la misma. Más que un problema político e ideológico, es un problema cultural e histórico. Este es el punto que considero central y no los odios y amores —a veces frívolos, a veces trágicos— entre América Latina y Estados Unidos, tal como se desprende de algunas lecturas como la que me atribuye el mismo Chierici.
¿Pero qué distingue el siglo XIX del siglo XXI, además de la progresión de la I?
Las independencias políticas del siglo XIX en América Latina no fueron tales sino, en gran medida, lo contrario: aunque necesarias e inevitables, aunque llenas de entusiasmo creativo de sus hombres de armas y letras, también sirvieron para consolidar un estado social conservador, por lo cual deberíamos llamarlas “revoluciones conservadoras” o “contrarrevoluciones del siglo XIX”. Los revolucionarios de entonces, casi todos intelectuales o militares, terminaron sus días traicionados, amargados o en el exilio. A mediados del siglo XIX la oligarquía rompió el molde y ya no surgieron militares revolucionarios, sino perfectos reaccionarios. Los pueblos, que poco y nada participaron en este proyecto creador, permanecieron relegados de la dinámica de la historia, ingiriendo ideas novedosas que nunca pudieron digerir gracias a una prolongada dieta de obediencia y terror moral prescripto por los venerados señores feudales. Una de las mayores descolonizaciones de la historia se convirtió en intracolonización. Como siempre, la reacción tiene sus mejores estrategias asentadas en algún tipo de cambio. Pero el nuevo saco de fuerza no sólo se impuso por sus estructuras económicas de países meramente exportadores, sino también por su ideología dependiente. Ligados al centro mundial del industrialismo naciente quedaron las aristocracias rurales y portuarias y también los eternos discursos que acusaban a ese centro lejano de todo el mal del mundo.
No reconocer la relación opresor/oprimido o beneficiario/explotado fue (y es) tan peligroso como hacer del imperialismo europeo-americano un tema único y fatal, al cual sólo queda oponer una resistencia de vidrios rotos que siempre sirve para legitimar la reacción. A veces esa “resistencia”, como en Ernesto Sábato, se convierte en una muletilla, en una abstracción sin salida, algo muy parecido a una mera reacción.
Ahora, si no podemos protagonizar una revolución creativa, mal sustituto es una revuelta conservadora —esa vieja válvula de escape del status quo— en nombre de la rebelión. No podemos renunciar al primer paso, la crítica y la protesta, pero tampoco detenernos ahí, satisfechos sin haber alcanzado el objetivo fundamental que es la creación colectiva, eso que José Martí reclamó en vano.
Por mi parte, insisto que un proyecto concreto a impulsar es la democracia progresiva, ese necesario estadio posterior a la democracia representativa, progresivamente reaccionaria. Esta nueva realidad, en América Latina irá reemplazando la independencia estructural e ideológica de las tradicionales clases dominantes, la obsesión por los líderes y caudillos y el desuso de su autocompasión. Inevitablemente replanteará el sitio desde el cual se relaciona con el resto del mundo. Este cambio será (es) simultáneo con un proceso semejante a nivel mundial. La igualación de fuerzas nacionales y regionales, no tanto por la caída de unas sino por la emergencia de otras, equivale a la progresiva derogación de las antiguas fronteras de clases, a una reformulación de la dinámica de los grupos sociales en la era digital. Y esta revolución sólo se puede materializar desde abajo. Desde arriba, desde los gobiernos, se puede acelerar este proceso delegando responsabilidades en la población, autocontroles de las gestiones públicas y promoviendo planes de integración y educación que apunten a la autonomía de la creatividad individual y colectiva que supere la cultura estandarizante y todavía vertical de la era industrial.
Si en el siglo XIX se produjo un cambio de forma más que una revolución social, el siglo XXI verá un cambio social, más que una revolución de las formas. Como subsisten las tradiciones parasitarias de las monarquías en sistemas sociales articulados por la democracia representativa, así subsistirán mañana los parlamentos en una sociedad progresivamente desobediente a esta rígida tradición. No por ser un lugar común dejaremos de repetirlo: en la educación está, ahora más que nunca, el factor más sensible para este cambio que prescribió el humanismo desde el siglo XIV. Esa educación dejará de estar fundamentalmente en el aula tradicional. El aula sólo será el punto de encuentro de estudiantes y especialistas, pero ya no el pupitre uniformizador de la sociedad programada para obedecer todo lo que viene de arriba.
Sé que nuestro querido amigo Eduardo Galeano me disculpará por parafrasear en este artículo el título del libro de ensayos más reconocido en el continente. También sé que él, como muchos pero no como tantos, están deseosos de ver cicatrizar esas mismas venas para comenzar a andar.
Jorge Majfud
Noviembre 2007
Os caminhos abertos da América Latina
Por
Jorge Majfud
O
escritor e jornalista do Corriere della Será, Maurizio Chierici, em um de seus
livros sobre a América Latina (La scommessa delle Americhe, 2006), refere-se ao
meu otimismo sobre o futuro do continente relacionado a uma suposta mudança de
ânimo dirigida à potência do Norte. Porém, talvez com um toque de ironia (acredita,
equivocadamente, que sou “molto amato e premiato negli Stati Uniti”), cita
algumas observações sobre a história do continente que recordam a alternância
de amor e ódio, admiração e desprezo, segundo a percepção geopolítica de
um império ou de outro, o monarquismo espanhol e a república norte-americana.
Mas
esses são apenas sintomas de uma evolução histórica que vai muito além da
América Latina, e que encontram o continente em uma situação de insuperável
oportunidade, para lá das crises que virão.
Sem
cair no anacronismo de assumir uma “psicologia dos povos”, independentemente
de suas condições históricas e materiais, creio que há indícios de sobra
—já que não ainda provas— de que as regiões culturais participam de um
paradigma particular, desde o qual vêem o mundo e a si próprios, e atuam em
conseqüência. Não é o momento de se estender aqui sobre essa “forma de
pensar” de nosso continente, mas apenas recordar, em poucas linhas sintéticas,
o marco histórico que também impõe suas condições sobre qualquer liberdade,
individual ou coletiva.
Entendo
que esse marco está definido pela progressiva e inevitável democracia direta,
produto ideológico da radicalização do humanismo e da modernidade, causa e
conseqüência do desenvolvimento das tecnologias não militares dos últimos séculos.
Toda forma de democracia é sempre relativa e progressiva; o adjetivo
“direta” sugere um impossível valor absoluto da democracia, pelo que seria
preferível usar a definição de democracia progressiva, com o risco de
arrastar uma espécie de oxímoro: uma democracia conservadora é uma idéia
contraditória. Mas este último é um problema menor. Deixemo-lo como digressão
ou nota de pé de página.
A
democracia progressiva não substituirá as formas da democracia representativa,
mas antes o significado e a prática da mesma. Mais que um problema político e
ideológico é um problema cultural e histórico. Este é o ponto que considero
central, e não os ódios e amores —às vezes frívolos, às vezes trágicos—
entre a América Latina e os Estados Unidos, tal como se conclui de algumas
leituras, e como a que me atribui o próprio Chierici.
Mas
o que distingue o século XIX do século XXI, além do avanço do I?
As
independências políticas do século XIX na América Latina assim não o foram,
mas sim, em grande medida, o contrário: embora necessárias e inevitáveis,
ainda que cheias de entusiasmo criativo de seus homens de armas e letras, também
serviram para consolidar um estado social conservador, motivo pelo qual deveríamos
chamá-las “revoluções conservadoras” ou “contra-revoluções do século
XIX”.
Os
revolucionários de então, quase todos intelectuais ou militares, terminaram
seus dias traídos, amargurados ou no exílio. Em meados do século XIX, a
oligarquia rompeu com o modelo, e já não surgiram militares revolucionários,
mas perfeitos reacionários. Os povos, que pouco ou nada participaram desse
projeto criador, permaneceram relegados da dinâmica da história, engolindo idéias
inovadoras que nunca puderam digerir, graças a uma prolongada dieta de obediência
e terror moral prescrita pelos venerados senhores feudais.
Uma
das maiores descolonizações da história converteu-se em intracolonização.
Como sempre, a reação tem suas melhores estratégias assentadas em algum tipo
de transformação. Contudo, a nova camisa de força não somente se impôs às
suas estruturas econômicas como países meramente exportadores, mas também por
sua ideologia dependente. As aristocracias rurais e portuárias ficaram ligadas
ao centro mundial do nascente industrialismo, assim como também os eternos
discursos que acusavam esse eixo distante por todo o mal do mundo.
Não
reconhecer a relação opressor/oprimido ou beneficiário/explorado foi (e é) tão
perigoso como fazer do imperialismo europeu-americano um tema único e fatal, ao
qual só resta opor uma resistência de vidraças quebradas, que sempre serve
para legitimar a reação. Às vezes, essa “resistência”, como em Ernesto Sábato,
converte-se em um estribilho, em uma abstração sem saída, algo muito parecido
a uma mera reação.
Agora,
se não podemos protagonizar uma revolução criativa, péssima substituta é
uma revolta conservadora —esta velha válvula de escape do status quo— em
nome da rebelião. Não podemos renunciar ao primeiro passo, à crítica e ao
protesto, mas tampouco parar aí, satisfeitos sem haver alcançado o objetivo
fundamental que é a criação coletiva, algo que José Martí reclamou em vão.
Por
meu lado, insisto que um projeto concreto a ser impulsionado é a democracia
progressiva, este necessário estágio posterior à democracia representativa,
paulatinamente reacionária. Esta nova realidade, na América Latina, irá
substituindo a independência estrutural e ideológica das tradicionais classes
dominantes, a obsessão pelos líderes e caudilhos e o desuso de sua autocompaixão.
Recolocará, inevitavelmente, o lugar desde o qual se relaciona com o resto do
mundo. Tal mudança será simultânea com um processo semelhante em nível
mundial.
A
paridade de forças nacionais e regionais, não tanto pela queda de umas mas
pela emergência de outras, equivale à progressiva derrogação das antigas
fronteiras de classes, a uma reformulação da dinâmica dos grupos sociais na
era digital. E esta revolução só pode se materializar a partir de baixo. Do
alto, desde os governos, pode-se acelerar esse processo delegando
responsabilidades à população, autocontrole da gestão pública, e promover
projetos de integração e educação que apontem para a autonomia da
criatividade individual e coletiva, que superem a cultura padronizada e ainda
vertical da era industrial.
Se
no século XIX produziu-se uma mudança de forma, mais que uma revolução
social, o século XXI verá uma mudança social, mais que uma revolução das
formas. Como subsistem as tradições parasitárias das monarquias em sistemas
sociais articulados pela democracia representativa, assim subsistirão, amanhã,
os parlamentos em uma sociedade progressivamente desobediente a essa rígida
tradição. Nem por ser um lugar comum deixaremos de repeti-lo: na educação
está, agora mais que nunca, o fator mais sensível para essa transformação
que o humanismo prescreveu desde o século XIV. Essa educação deixará de
estar fundamentalmente na aula tradicional. A classe somente será o ponto de
encontro de estudantes e especialistas, e não mais le pupitre uniformizador da
sociedade, programada para obedecer tudo o que vem de cima.
Sei
que nosso querido amigo Eduardo Galeano me desculpará por parafrasear neste
artigo o título do livro de ensaios mais reconhecido no continente. Também sei
que ele, como muitos mas não como tantos, estão desejosos de ver cicatrizar
essas mesmas veias para começar a andar.
Novembro
de 2007
Tradução
do espanhol para o português de Omar L. de Barros Filho
Breve
historia de la idiotez ajena
Esta
semana el biólogo James Watson volvió a insistir sobre la antigua teoría de
la inferioridad intelectual de los negros. Esta antigua teoría fue apoyada por
un estudio en los ’90 de Charles
Murray y Herrnstein sobre “ethnic differences in cognitive ability” que
mostraban gráficas de coeficientes intelectuales claramente desfavorables a la
raza negra. Ahora Watson, de paso, ha propuesto la
manipulación genética para curar la estupidez, pero no menciona si es
conveniente curar la estupidez antes de realizar cualquier manipulación genética.
También los nazis —y quizás Michael Jackson— eran de la misma idea que
Watson. Ni Hitler ni los nazis carecían de inteligencia ni de una alta moral de
criminales. Como
recordó un personaje del novelista Érico Veríssimo, “durante a era
hitlerista os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos
e as patas livres”.
Veamos dos breves aproximaciones al mismo problema, uno filológico y otro biológico. Ambos ideológicos.
Por sus denuncias a la opresión de los indígenas americanos, Bartolomé de las Casas fue acusado de enfermo mental y sus indios de idiotas que merecían la esclavitud. Es cierto que sus crónicas y denuncias fueron aprovechadas para acusar a un imperio en decadencia por parte de la maquinaria publicitaria de otro imperio en ascenso, el británico. Pero esto es tema para otra reflexión.
El erudito español Marcelino Menéndez Pelayo en 1895 calificó a de las Casas de “fanático intolerante” y a Brevísima Historia, de “monstruoso delirio”. Su más célebre alumno y miembro de la Real Academia Española, Ramón Menéndez Pidal, fue de la misma opinión. En su publicitado y extenso libro, El padre Las Casas (1963) desarrolló la tesis de la enfermedad mental del sacerdote denunciante al mismo tiempo que justificó la acción de los conquistadores, como la muerte de tres mil indios en Cholula a manos de Hernán Cortés porque era una “matanza necesaria a fin de desbaratar una peligrosísima conjura que para acabar con los españoles tramaba Moctezuma”. Según Menéndez Pidal, Bartolomé de las Casas “era una víctima inconsciente de su delirio incriminatorio, de su regla de depravación inexceptuable”. Pero al regresar a España para denunciar las supuestas injusticias contra los indios, “se encontró con la gravísima sorpresa de que su opinión extrema sobre la evangelización del Nuevo Mundo tenía enfrente otra opinión, extrema también, en defensa de la esclavitud y la encomienda. Esa opinión estaba sostenida muy sabiamente por el Doctor Juan Ginés de Sepúlveda [a través de] un opúsculo escrito en elegante latín y titulado Democrates alter, sirve de justis belli causis apud Indos”. Una nota al pié dice: “Publicado con una hermosa traducción, por Menéndez Pelayo en Boletín de la Real Acad. De la Historia, XXI, 1891”. Ginés de Sepúlveda, basándose en la Biblia (Proverbios), afirmaba que “la guerra justa es causa de justa esclavitud […] siendo este principio y concentrándose al caso del Nuevo Mundo, los indios ‘son inferiores a los españoles como los niños son a los adultos, las mujeres a los hombres, los fieros y crueles a los clementísimos, […] y en fin casi diría como los simios a los hombres’”. Con frecuencia, Pidal confunde su voz narrativa con la de Sepúlveda. “Bien podemos creer que Dios ha dado clarísimos indicios para el exterminio de estos bárbaros, y no faltan doctísimos teólogos que traen a comparación los idólatras Cananeos y Amorreos, exterminados por el pueblo de Israel”. Según Fray Domingo de Soto, teólogo imperial, “por la rudeza de sus ingenios, gente servil y bárbara están obligados a servir a los de ingenio más elegante”. Menéndez Pidal insistía en su tesis de la incapacidad mental de quienes criticaban a los conquistadores, como “el indio Poma de Ayala, [que] mira con maliciosos ojos a dominicos, agustinos y mercedarios, mientras advierte que franciscanos, jesuitas y ermitaños hacen mucho bien y no toman limosna de plata”. Según Pidal, esto se debía a que “a esos indios prehistóricos, venidos de la edad neolítica, no era posible atraerlos con la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, sino con las Florecillas Espirituales del Santo de Asís”.
En su intención de demostrar la enfermedad mental del denunciante, Pidal se encuentra con indicios contrarios y resuelve, por su parte, una regla psicológica que lo arregla todo: “el paranoico, cuando sale del tema de sus delirios, es un hombre enteramente normal”. Luego: “Las Casas es un paranoico, no un demente o loco en estado de inconsciencia. Su lucidez habitual hace que su anormalidad sea caso difícil de establecer y graduar”. Que es como decir que era tan inteligente que no podía razonar correctamente, o por su lucidez veía ilusiones. Bartolomé de las Casas “vive tan ensimismado en un mundo imaginario, que queda incapaz para percibir la realidad externa, que es la desbordante energía desplegada por España en los descubrimientos geográficos”. Una confesión significativa: “Las Casas hubiera sido, dada su extraordinaria actividad, un excelente obispo en cualquier diócesis de España, pero su constitución mental le impedía desempeñar rectamente un obispado en las Indias”. De aquí se deducen dos posibilidades: (1) América tenía un efecto mágico-narcótico en algunas personas o (2) los obispos de España eran paranoicos como de las Casas pero por ser mayoría era tenido como algo normal.
Esta idea de atribuir deficiencias mentales en el adversario dialéctico, se renueva y extiende en libros masivamente publicitados sobre América Latina, como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) y El regreso del idiota (2007). Uno de los libros objetos de sus burlas, Para leer al pato Donald (1972) de Ariel Dorfman y Armand Matterlart, parece contestar esta posición desde el pasado. El discurso de las historietas infantiles de Disney consiste en que, “no habiendo otorgado a los buenos salvajes el privilegio del futuro y del conocimiento, todo saqueo no parece como tal, ya que extirpa lo que es superfluo”. El despojo es doble, casi siempre coronado con un happy ending: “Pobres nativos. Qué ingenuos son. Pero si ellos no usan su oro, es mejor llevárselo. En otra parte servirá de algo”.
Sócrates o Galileo pudieron hacerse pasar por necios, pero ninguno de aquellos necios que los condenaron pudieron fingir inteligencia. Eso en la teoría, porque como decía Demócrates, “el que amonesta a un hombre que se cree inteligente trabaja en vano”.
En Examen de ingenios para las ciencias (1575), el médico Juan Huarte compartía la convicción científica de la época según la cual el cabello rubio —como el de su rey, Felipe II— era producto de un vapor grueso que se levantaba por la fuerza de la inteligencia. Sin embargo, afirmaba Huarte, no era el caso de los alemanes e ingleses, porque su cabello rubio nace de la quema del mucho frío. La belleza es signo de inteligencia, porque es el cuerpo su residencia. “Los padres que quisieren gozar de hijos sabios y de gran habilidad para las letras, han de procurar que nazcan varones”. La ciencia de la época sabía que para engendrar varón se debía procurar que el semen saliera del testículo derecho y entrase en el lado derecho del útero. Luego Huarte da fórmulas precisas para engendrar hijos de buen entendimiento “que es el ingenio más ordinario en España”.
En
la Grecia antigua, como dice Aristóteles, se daba por hecho que los pueblos que
vivian más al sur, como el egipcio, eran naturalmente más sabios e ingeniosos
que los bárbaros que habitaban en las regiones frías. Alguna vez los rubios germánicos fueron
considerados bárbaros, atrasados e incapaces de civilización. Y fueron
tratados como tales por los más avanzados imperios de piel oscurecida por los
soles del Sur. Lo que demuestra que la estupidez no es propiedad de ninguna raza.
Jorge
Majfud
The
October,
2007.
por
Jorge Majfud (*)
Esta
semana o biólogo James Watson tornou a insistir na antiga teoria da
inferioridade intelectual dos negros. Esta antiga teoria foi apoiada no anos 90
por um estudo de Charles Murray e Herrnstein sobre “ethnic differences in
cognitive ability” que mostravam gráficos de coeficientes intelectuais
claramente desfavoráveis à raça negra. Agora Watson, en passant, propôs a
manipulação genética para curar a estupidez, mas não diz se é conveniente
curar a estupidez antes de realizar qualquer manipulação genética. Também os
nazis — e talvez Michael Jackson — tinham a mesma ideia que Watson. Nem
Hitler nem os nazis careciam de inteligência nem de uma alta moral de
criminosos. Como recordava um personagem do escritor Érico Veríssimo,
“durante a era hitleriana os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas
ficaram com as mãos e as patas livres”.
Vejamos
duas breves aproximações ao mesmo problema, uma filológica e outra biológica.
Ambas ideológicas.
Pelas
suas denúncias da opressão dos indígenas americanos, Bartolomé de las Casas
foi acusado de doente mental e os seus índios de idiotas que mereciam a
escravidão. É certo que as suas crónicas e denúncias foram aproveitadas para
acusar um império em decadência por parte da maquinaria publicitária de outro
império em ascensão, o britânico. Mas isto é tema para outra reflexão.
Em
1895 o erudito espanhol Marcelino Menéndez Pelayo qualificou Las Casas de
“fanático e intolerante” e a Brevíssima História de “monstruoso
delírio”. Seu aluno mais célebre, e membro da Real Academia Espanhola, Ramón
Menéndez Pidal, foi da mesma opinião. No seu publicitado e extenso livro, El
padre Las Casas (1963), desenvolveu a tese da enfermidade mental do
sacerdote denunciante ao mesmo tempo que justificou a acção dos
conquistadores, como a morte de três mil índios em Cholula a mãos de Hernán
Cortés, porque era uma “matança necessária a fim de desbaratar uma perigosíssima
conjura que Moctezuma tramava para acabar com espanhóis”. Segundo Menéndez
Pidal, Bartolomé de las Casas “era uma vítima inconsciente do seu delírio
incriminatório, da sua regra de depravação inexceptuável”. Mas ao
regressar a Espanha para denunciar as supostas injustiças contra os índios,
“deparou-se com a gravíssima surpresa de que a sua opinião extrema sobre a
evangelização do Novo Mundo defrontava-se com outra opinião, também extrema,
em defesa da escravidão e da encomienda . Essa opinião era sustentada muito
sabiamente pelo Doutor Juan Ginés de Sepúlveda num opúsculo escrito em latim
elegante e intitulado Democrates alter, sirve de justis belli causis apud
Indos. Uma nota ao pé diz: “Publicado com uma formosa tradução por Menéndez
Pelayo em Boletín de la Real Acad. De la Historia, XXX, 1891”. Ginés de Sepúlveda,
baseando-se na Bíblia (Provérbios), afirmava que “a guerra justa é
causa de justa escravidão [...] sendo este princípio e concentrando-se no caso
do Novo Mundo, os índios “são inferiores aos espanhóis como as crianças são
aos adultos, as mulheres aos homens, os feros e cruéis aos clementes, [...] e
por fim quase diria como os símios aos homens”. Com frequência Pidal
confunde a sua voz narrativa com a de Sepúlveda. “Bem podemos crer que Deus
deu claríssimos indícios para o extermínio destes bárbaros, e não faltam
doutíssimos teólogos que trazem para comparação os idólatras Cananeus e
Amorreus, exterminados pelo povo de Israel”. Segundo o frade Domingo de Soto,
teólogo imperial, “pela rudeza dos seus engenhos, gente servil e bárbara está
obrigada a servir aos de engenho mais elegante”. Menéndez Pidal insistia na
sua tese da incapacidade mental daqueles que criticavam os conquistadores, como
“o índio Poma da Ayala olha com olhos maliciosos dominicanos, agostinianos e
mercenários, enquanto percebe que franciscanos, jesuítas e ermitões fazem
muito bem e não tomam esmola de prata”. Segundo Pidal, isto devia-se ao facto
de que “a esses índios pre-históricos, vindos da idade neolítica, não era
possível não era possível atraí-los com a Suma Teológica de S. Tomás
de Aquino e sim com Florinhas Espirituais do Santo de Assis”.
Na
sua intenção de demonstrar a enfermidade mental do denunciante, Pidal depara-se
com indícios contrários e resolve, pelo seu lado, uma regra psicológica que
arruma tudo; “o paranóico, quando sai do tema dos seus delírios, é um homem
extremamente normal”. A seguir; “Las Casas é um paranóico, não um demente
ou louco em estado de inconsciência. Sua lucidez habitual faz com que a sua
anormalidade seja caso difícil de estabelecer e graduar”. O que equivale a
dizer que era tão inteligente que não podia raciocinar correctamente, ou por
sua lucidez via ilusões. Bartolomé de las Casas “vive tão ensimesmado num
mundo imaginário que se torna incapaz de perceber a realidade externa, que é a
transbordante energia desenvolvida pela Espanha nos descobrimentos geográficos”.
Uma confissão significativa: “Las Casas teria sido, dada a sua extraordinária
actividade, um excelente bispo em qualquer diocese da Espanha, mas a sua condição
mental impedia-o de desempenhar correctamente um bispado na Índias”. Daqui
deduzem-se duas possibilidade: (1) a América tinha um efeito mágico-narcótico
em algumas pessoas ou (2) os bispos da Espanha eram paranóicos como de las
Casas mas por serem maioria eram tidos como normais.
Esta
ideia de atribuir deficiências mentais ao adversário dialéctico renova-se e
estende-se em livros sobre a América Latina publicitados maciçamente, como o Manual
del perfecto idiota latinoamericano (1996) e El regreso del idiota (2007).
Um dos livros objecto de suas zombarias, Para leer al pato Donald (1972)
de Ariel Dorman e Armand Mattelart, parece contestar esta posição a partir do
passado. O discurso das historietas infantis de Disney consistem em que, “não
havendo concedido aos bons selvagens o privilégio do futuro e do conhecimento,
todo saqueio não parece como tal uma vez que extirpa o que é supérfluo”. O
roubo é duplo, quase sempre coroado por um happy ending: “Pobres
nativos. Como são ingénuos. Mas se eles não utilizam o seu ouro, é melhor
levá-lo. Em outra parte servirá para algo”.
Sócrates
ou Galileu puderam fazer-se passar nos néscios, mas nenhum daqueles néscios
que os condenaram puderam fingir inteligência. Isso na teoria, porque como
dizia Demócrito, “o que admoesta um homem que se crê inteligente trabalha em
vão”.
Em
Examen de ingenios para las ciencias (1575), o médico Juan Huarte
compartilhava a convicção científica da época segundo a qual o cabelo louro
— como o do seu rei, Felipe II — era produto de um vapor grosso que se
levantava pela força da inteligência. Contudo, afirmava Huarte, não era o
caso dos alemães e ingleses porque o seu cabelo louro nasce da queima do
excesso de frio. A beleza é sinal de inteligência, porque é o corpo a sua
residência. “Os pais que quiserem gozar de filhos sábios e de grande
habilidade para as letras hão de procurar que nasçam varões”. A ciência da
época sabia que para engendrar varão devia-se procurar que o sémen saísse do
testículo direito e entrasse no lado direito do útero. A seguir Huarte dá fórmulas
precisas para engendrar filhos de bom entendimento “que é o engenho mais
ordinário na Espanha”.
Na
Grécia antiga, como diz Aristóteles, dava-se como assentado que os povos que
viviam mais ao sul, como o egípcio, eram naturalmente mais sábios e engenhosos
que os bárbaros que habitavam nas regiões frias. Houve época em que os louros
germânicos foram considerados bárbaros, atrasados e incapazes de civilização.
E foram tratados como tais pelos impérios mais avançados de pele escurecida
pelos sois do Sul. O que demonstra que a estupidez não é propriedade de
nenhuma raça.
(*)
Jorge Majfud, escritor uruguaio e professor da Universidade da Georgia, EUA.
------------------------------------
¿Cómo definimos la idiotez ideológica y quiénes pueden hacerlo?
1. La importancia de llamarse idiota
2. El Che ante una democracia imperfecta
________________
1. La importancia de llamarse idiota
Hace unos días un señor me recomendaba leer un nuevo libro sobre la idiotez. Creo que se llamaba El regreso del idiota, Regresa el idiota, o algo así. Le dije que había leído un libro semejante hace diez años, titulado Manual del perfecto idiota latinoamericano.
—Qué le pareció? —me preguntó el hombre entrecerrando los ojos, como escrutando mi reacción, como midiendo el tiempo que tardaba en responder. Siempre me tomo unos segundos para responder. Me gusta también observar las cosas que me rodean, tomar saludable distancia, manejar la tentación de ejercer mi libertad y, amablemente, irme al carajo.
—¿Qué me pareció? Divertido. Un famoso escritor que usa los puños contra sus colegas como principal arma dialéctica cuando los tiene a su alcance, dijo que era un libro con mucho humor, edificante… Yo no diría tanto. Divertido es suficiente. Claro que hay mejores.
—Sí, ese fue el padre de uno de los autores, el Nóbel Vargas Llosa.
—Mario, todavía se llama Mario.
—Bueno, pero ¿qué le pareció el libro? —insistió con ansiedad.
Tal vez no le importaba mi opinión sino la suya.
—Alguien me hizo la misma pregunta hace diez años —recordé—. Me pareció que merecía ser un best seller.
—Eso, es lo que yo decía. Y lo fue, lo fue; efectivamente, fue un best seller. Usted se dio cuenta bien rápido, como yo.
—No era tan difícil. En primer lugar, estaba escrito por especialistas en el tema.
—Sin duda —interrumpió, con contagioso entusiasmo.
—¿Quiénes más indicados para escribir sobre la idiotez, si no? Segundo, los autores son acérrimos defensores del mercado, por sobre cualquier otra cosa. Vendo, consumo, ergo soy. ¿Qué otro mérito pueden tener sino convertir un libro en un éxito de ventas? Si fuese un excelente libro con pocas ventas sería una contradicción. Supongo que para la editorial tampoco es una contradicción que se hayan vendido tantos libros en el Continente Idiota, no? En los países inteligentes y exitosos no tuvo la misma recepción.
Por alguna razón el hombre de la corbata roja advirtió algunas dudas de mi parte sobre las virtudes de sus libros preferidos. Eso significaba, para él, una declaración de guerra o algo por el estilo. Hice un amague amistoso para despedirme, pero no permitió que apoyara mi mano sobre su hombro.
—Usted debe ser de esos que defiende esas ideas idiotas de las que hablan estos libros. Es increíble que un hombre culto y educado como usted sostenga esas estupideces.
—¿Será que estudiar e investigar demasiado hacen mal? —pregunté.
—No, estudiar no hace mal, claro que no. El problema es que usted está separado de la realidad, no sabe lo que es vivir como obrero de la construcción o gerente de empresa, como nosotros.
—Sin embargo hay obreros de la construcción y gerentes de empresas que piensan radicalmente diferente a usted. ¿No será que hay otro factor? Es decir, por ejemplo, ¿no será que aquellos que tienen ideas como las suyas son más inteligentes?
—Ah, sí, eso debe ser…
Su euforia había alcanzado el climax. Iba a dejarlo con esa pequeña vanidad, pero no me contuve. Pensé en voz alta:
—No deja de ser extraño. La gente inteligente no necesita de idiotas como yo para darse cuenta de esas cosas tan obvias, no?
—Negativo, señor, negativo.
2. El Che ante una democracia imperfecta
Pocos meses atrás, una de las más serias revistas conservadoras a nivel mundial, The Economist (9 de diciembre 2006), reprodujo y amplió un estudio hecho por Latinobarómetro de Chile. Mostrando gráficas precisas, el estudio revela que en América Latina, la población del país que mayor confianza tiene en la democracia es Uruguay; la que menos confianza tiene en este ideal es Paraguay y varios países centroamericanos, a excepción de Costa Rica. Al mismo tiempo, la población que más se define “de izquierda” es Uruguay, mientras que la población que más se define “de derecha” se encuentra en los mismos países que menos confianza tienen en la democracia.
Según estos datos, y si vamos a seguir los criterios de las clásicas listas sobre idiotas latinoamericanos, habría que poner al Uruguay y algún otro país a la cabeza, de donde se deduce que tener confianza en la democracia es propio de retrasados mentales.
Estos retrasados mentales —los uruguayos, por ejemplo— tuvieron a fines del siglo XIX y principios del siglo XX un sistema lleno de injusticias y de imperfecciones, como cualquier sistema social, pero fue uno de los países con menor tasa de analfabetismo del mundo, el país con la legislación más progresista e igualitaria de la historia latinoamericana. Este pueblo concretó gran parte de lo que ahora es maldecido como “Estado de bienestar”; bajo ese estado de deficiencia mental, la mujer ganó varios derechos políticos y legales que le fueron negados en otras países del continente hasta hace pocos años; su economía estaba por encima de la de muchos países de Europa y su ingreso per capita (mayor que el argentino, el doble que el brasileño, seis veces el colombiano o el mexicano) no tenía nada que envidiarle al de Estados Unidos —si es que vamos a medir el nivel de vida por un simple parámetro económico. No fue casualidad, por ejemplo, que durante medio siglo aquel pequeño país casi monopolizara la conquista de los diversos torneos mundiales de fútbol.
Si ese país entró en decadencia (económica y deportiva) a partir de la segunda mitad del siglo XX, no fue por radicalizar su espíritu progresista sino, precisamente, por lo contrario: por quedar atrapado en una nostalgia conservadora, por dejar de ser un país construido por inmigrantes obreros y devolver todo el poder político y social a las viejas y nuevas oligarquías, empapadas de demagogia conservadora y patriotera, de un autoritarismo de derecha que se agravó a fines de los ’60 y se militarizó con la dictadura de los ’70.
El mismo Ernesto Che Guevara, en su momento de mayor radicalización ideológica y después de enfrentarse a lo que él llamaba imperialismo en la reunión de la “Alianza para el Progreso” de Punta del Este, dio un discurso en el paraninfo de la Universidad de la República del Uruguay ante una masa de estudiantes que esperaban oír palabras aún más combativas. En aquel momento (17 de agosto de 1961), Guevara, el Che, dijo:
“nosotros iniciamos [en Cuba] el camino de la lucha armada, un camino muy triste, muy doloroso, que sembró de muertos todo el territorio nacional, cuando no se pudo hacer otra cosa. Tengo las pretensiones personales de decir que conozco a América, y que cada uno de sus países, en alguna forma, los he visitado, y puedo asegurarles que en nuestra América, en las condiciones actuales, no se da un país donde, como en el Uruguay, se permitan las manifestaciones de las ideas. Se tendrá una manera de pensar u otra, y es lógico; y yo sé que los miembros del Gobierno del Uruguay no están de acuerdo con nuestras ideas. Sin embargo, nos permiten la expresión de estas ideas aquí en la Universidad y en el territorio del país que está bajo el gobierno uruguayo. De tal forma que eso es algo que no se logra ni mucho menos, en los países de América”.
El representante mítico de la revolución armada en América Latina daba la cara ante sus propios admiradores para confirmar y reconocer, sin ambigüedades, algunas radicales virtudes de aquella democracia:
“Ustedes tienen algo que hay que cuidar, que es, precisamente, la posibilidad de expresar sus ideas; la posibilidad de avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir; la posibilidad, en fin, de ir creando esas condiciones que todos esperamos algún día se logren en América, para que podamos ser todos hermanos, para que no haya la explotación del hombre por el hombre, ni siga la explotación del hombre por el hombre, lo que no en todos los casos sucederá lo mismo, sin derramar sangre, sin que se produzca nada de lo que se produjo en Cuba, que es que cuando se empieza el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último”. (Ernesto Guevara. Obra completa. Vol. II. Buenos Aires: Ediciones del plata, 1967, pág. 158)
El mismo Che, en otro discurso señaló que el pueblo norteamericano “también es víctima inocente de la ira de todos los pueblos del mundo, que confunden a veces un sistema social con un pueblo” (Congreso latinoamericano de juventudes, 1960, idem Vol. IV, pág. 74).
Un latinoamericano podría sorprenderse de la existencia de “izquierdistas” (aceptemos provisoriamente esta eterna simplificación) en Estados Unidos, porque la simplificación y la exclusión es requisito de todo nacionalismo. De la misma forma, los británicos vendieron la idea existista del libre mercado cuando ellos mismos se habían consolidado como una de las economías más proteccionistas de la Revolución industrial. La imagen de Estados Unidos como un país (económicamente) exitoso donde sólo existe el pensamiento capitalista es una falacia y fue creada artificialmente por las mismas elites conservadoras que monopolizaron los medios de comunicación y promovieron una agresiva política proselitista. Y, sobre todo en América Latina, por las clases conservadoras, enquistadas en el poder político, económico y moralista de nuestros pueblos desgastados.
Tampoco existe ninguna razón sólida para descartar la fuerza interventora de las superpotencias del mundo en la formación de nuestras realidades. Sí, seguramente América Latina es responsable de sus fracasos, de sus derrotas (no reconocer sus propias virtudes es uno de sus peores fracasos). Pero que nuestros pueblos sean responsables de sus propios errores no quita que además han sido invadidos, pisoteados y humillados repetidas veces. Quizás la primera sea una verdad incontestable, pero los pecados propios no justifican ni lavan los pecados ajenos.
Jorge Majfud
The University of Georgia
Marzo 2007
by Jorge Majfud
Published by redvoltaire.net, 8 de diciembre de 2004
Custom-made for the consumer
In the 17th century, the mathematics genius Blaise Pascal wrote that men never do evil with greater pleasure than when they do it with religious conviction. This idea – from a deeply religious man – has taken a variety of different forms since. During the last century, the greatest crimes against humanity were promoted, with pride and passion, in the name of Progress, of Justice and of Freedom. In the name of Love, Puritans and moralists organized hatred, oppression and humiliation; in the name of Life, leaders and prophets spilled death over vast regions of the planet. Presently, God has come to be the main excuse for excercises in hate and death, hiding political ambitions, earthly and infernal interests behind sacred invocations. In this way, by reducing each tragedy on the planet to the millenarian and simplified tradition of the struggle between Good and Evil, of God against the Devil, hatred, violence and death are legitimated. There is no other way to explain how men and women are inclined to pray with fanatical pride and hypocritical humility, as if they were pure angels, models of morality, all the while hiding gunpowder in their clothing, or a check made out to death. And if the leaders are aware of the fraud, their subjects are no less responsible for being stupid, no less culpable for their criminal metaphysical convictions, in the name of God and Morality – when not in the name of a race, of a culture - and from a long tradition, recently on exhibit, custom-fit to the latest in hatred and ambition.
Empire of the simplifications
Yes, we can believe in the people. We can believe that they are capable of the most astounding creations – as will be one day their own liberation – and also of incommensurable stupidities, these latter always concealed by a complacent and self-interested discourse that manages to nullify criticism and any challenge to bad conscience. But, how did we come to such criminal negligence? Where does so much pride come from in a world where violence grows daily and more and more people claim to have heard the voice of God?
Political history demonstrates that a simplification is more powerful and better received by the vast majority of a society than is a problematization. For a politician or for a spiritual leader, for example, it is a show of weakness to admit that reality is complex. If one’s adversary expunges from a problem all of its contradictions and presents it to the public as a struggle between Good and Evil, the adversary undoubtedly is more likely to triumph. In the final analysis, the primary lesson of our time is grounded in commercial advertising or in permissive submission: we elect and we buy that which solves our problems for us, quickly and cheaply, even though the problem might be created by the solution, and even though the problem might continue to be real while the solution is never more than virtual. Nonetheless, a simplification does not eliminate the complexity of the problem in question, but rather, on the contrary, produces greater problems, and sometimes tragic consequences. Denying a disease does not cure it; it makes it worse.
Why don’t we talk about why?
Let’s try now to problematize some social phenomenon. Undoubtedly, we will not plumb the full depths of its complexity, but we can get an idea of the degree of simplification with which it is treated on a daily basis, and not always innocently.
Let’s start with a brief example. Consider the case of a man who rapes and kills a young girl. I take this example not only because it is, along with torture, one of the most abhorrent crimes imaginable, but because it represents a common criminal practice in all societies, even those that boast of their special moral virtues.
First of all, we have a crime. Beyond the semantics of “crime” and “punishment,” we can evaluate the act on its own merits, without, that is, needing to recur to a genealogy of the criminal and of his victim, or needing to research the origins of the criminal’s conduct. Both the rape and the murder should be punished by the law, and by the rest of society. And period. On this view, there is no room for discussion.
Very well. Now let’s imagine that in a given country the number of rapes and murders doubles in a particular year and then doubles again the year after that. A simplification would be to reduce the new phenomenon to the criminal deed described above. That is to say, a simplification would be to understand that the solution to the problem would be to not let a single one of these crimes go unpunished. Stated in a third way, a simplification would be to not recognize the social realities behind the individual criminal act. A more in-depth analysis of the first case could reveal to us a painful childhood, marked by the sexual abuse of the future abuser, of the future criminal. This observation would not in any way overturn the criminality of the deed itself, just as evaluated above, but it would allow us to begin to see the complexity of a problem that a simplification threatens to perpetuate. Starting from this psychological analysis of the individual, we could certainly continue on to observe other kinds of implications arising from the same criminal’s circumstances, such as, for example, the economic conditions of a specific social underclass, its exploitation and moral stigmatization by the rest of society, the moral violence and humiliation of its misery, its scales of moral value constructed in accordance with an apparatus of production, reproduction and contradictory consumption, by social institutions like a public education system that helps the poor less than it humiliates them, certain religious organizations that have created sin for the poor while using the latter to earn Paradise for themselves, the mass media, advertising, labor contradictions… and so on.
We can understand terrorism in our time in the same way. The criminality of an act of terrorism is not open to discussion (or it shouldn’t be). Killing is always a disgrace, a historical curse. But killing innocents and on a grand scale can have no justification or pardon of any kind. Therefore, to renounce punishment for those who promote terrorism is an act of cowardice and a flagrant concession to impunity.
Nevertheless, we should also remember here our initial caveat. Understanding a social and historical phenomenon as a consequence of the existence of “bad guys” on Earth is an extremely naive simplification or, to the contrary, an ideologically astute simplification that, by avoiding integrated analysis - historical, economic, political - exempts the administrators of the meaning of “bad”: the good guys.
We will not even begin to analyze, in these brief reflections, how one comes to identify one particular group and not others with the qualifier “terrorist.” For that let it suffice to recommend a reading of Roland Barthes - to mention just one classic source. We will assume the restricted meaning of the term, which is the one assumed by the press and the mainstream political narratives.
Even so, if we resort to the idea that terrorism exists because criminals exist in the world, we would have to think that in recent times there has been an especially abundant harvest of wicked people. (An idea explicitly present in the official discourse of all the governments of countries affected by the phenomenon.) But if it were true that in our world today there are more bad people than before, surely it isn’t by the grace of God but via historical developments that such a phenomenon has come to be. No historical circumstance is produced by chance, and therefore, to believe that killing terrorists will eliminate terrorism from the world is not only a foolish simplification but, by denying a historical origin for the problem, by presenting it as ahistorical, as purely a product of Evil, even as a struggle between two theological “essences” removed from any social, economic and political context, provokes a tragic worsening of the situation. It is a way of not confronting the problem, of not attacking its deep roots.
On many occasions violence is unavoidable. For example, if someone attacks us it would seem legitimate to defend ourselves with an equal degree of violence. Certainly a true Christian would offer the other cheek before instigating a violent reaction; however, if he were to respond violently to an act of aggression no one could deny him the right, even though he might be contradicting one of the commandments of Christ. But if a person or a government tells us that violence will be diminished by unleashing violence against the bad guys – affecting the innocent in the process – not only does this deny the search for a cause for the violence, it also will serve to strengthen it, or at least legitimate it, in the eyes of those who suffer the consequences.
Punishing those responsible for the violence is an act of justice. Claiming that violence exists only because violent people exist is an act of ignorance or of ideological manipulation.
If one continues to simplify the problem, insisting that it consists of a conflict produced by the “incompatibility” of two religious views – as if one of them had not been present for centuries – as if it were a matter of a simple kind of war where victory is achieved only with the total defeat of the enemy, one will drag the entire world into an intercontinental war. If one genuinely seeks the social origin and motivation of the problem – the “why” – and acts to eliminate and attenuate it, we will most assuredly witness a relaxing of the tension that is currently escalating. We will not see the end of violence and injustice in the world, but at least misfortune of unimaginable proportions will be avoided.
The analysis of the “origin of violence” would be useless if it were produced and consumed only within a university. It should be a problem for the headlines, a problem to be discussed dispassionately in the bars and in the streets. At the same time, we will have to recognize, once again, that we need a genuine dialogue. Not a return to the diplomatic farce, but a dialogue between peoples who have begun dangerously to see one another as enemies, as threats – a disagreement, really, based on a profound and crushing ignorance of the other and of oneself. What is urgent is a painful but courageous dialogue, where each one of us might recognize our prejudice and our self-centeredness. A dialogue that dispenses with the religious fanaticism – both Muslim and Christian – so in vogue these days, with its messianic and moralizing pretensions. A dialogue, in short, to spite the deaf who refuse to hear.
The True God
According to the true believers and the true religion, there can be only one true God, God. Some claim that the true God is One and he is Three at the same time, but judging by the evidence, God is One and Many more. The true God is unique but with different politics according to the interests of the true believers. Each one is the true God, each one moves the faithful against the faithful of other gods, which are always false gods even though each one is someone’s true God. Each true God organizes the virtue of each virtuous people on the basis of true customs and the true Morality. There is only one Morality based on the true God, but since there is more than one true God there is also more than one true Morality, only one of which is truly true.
But, how do we know which one is the true truth? The proper methods for proof are disputable; what is not disputed is the current practice: scorn, threats, oppression and, when in doubt, death. True death is always the final and inevitable recourse of the true truth, which comes from the true God, in order to save the true Morality and, above all, the true believers.
Yes, at times I have my doubts about what is true, and I know that doubt has been condemned by all religions, by all theologies, and by all political discourses. At times I have my doubts, but it is likely that God does not hold my doubt in contempt. He must be very busy concerning himself with so much certainty, so much pride, so much morality, behind so many ministers who have taken control of his word, holding Him hostage in a building somewhere so as to be able to conduct their business in public without obstacles.
Translated by Bruce Campbell.
Jorge Majfud is a Uruguayan writer. His most recent novel is La Reina de América (Baile de Sol, 2002).
© 1995-2005 Resource Center of the Americas